Por: Natalia Albin
En una de las películas más meticulosamente construidas del año, Los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi) crean un mundo sobre tres hilos temporales. Coescrita con Alberto Conejero y basada tanto en su obra, ‘La piedra oscura’, como en la pieza del mismo título inacabada de Federico Garcia Lorca, La bola negra cuenta la historia de tres hombres españoles en tres épocas distintas: Carlos (1932), Sebastián (1937) y Alberto (2017). La narrativa brinca entre tiempos e historias, y los tres, en circunstancias totalmente diferentes, buscan lo mismo: un espacio en donde pertenecer, encontrarse y sentirse queridos.

Abrimos con Sebastián, en plena Guerra Civil española, interpretado por el músico Guitarricadelafuente. En su primer papel como actor es sensible y eficaz: su presencia en el escenario, tan imponente que se vuelve íntima, se traduce sorprendentemente bien a la pantalla. Sebastián es un músico y de los únicos sobrevivientes a un ataque contra su pueblo que, para evitar ser fusilado, se une a las Fuerzas Armadas Españolas. Durante su servicio le encargan la vigilancia de Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau), un prisionero cuyas conexiones al mundo del arte se revelan poco a poco. Su relación, de descubrimiento, prohibición y un amor que nace de confianzas tácitas, se desarrolla a lo largo de la guerra. Es su historia la que hila las otras dos y, aunque al principio no queda claro cómo, siempre se siente como la columna vertebral de la película.

Luego retrocedemos cinco años para encontrarnos con Carlos (Milo Quifes, también en su primer papel en cine y con una sensibilidad propia de escritor), un jóven de familia rica que, a petición de su padre, intenta hacerse socio de un casino. Los socios deciden quién entra y quién no mediante un sistema de votación de bolas blancas (aceptado) y negras (rechazado). Carlos es contundentemente rechazado y, entre susurros y miradas, entendemos que es por la sospecha de que es homosexual. Es una historia contada casi como un sueño, con momentos un tanto surreales y diálogos efímeros, que llega al corazón de la narrativa: la bola blanca como lo que deseamos, la pertenencia que facilitaría una vida ya de por sí compleja, pero que exige sacrificar una parte de nosotros; la bola negra como lo que no debemos ser, lo prohibido a pesar de ser honesto.

Entramos entonces en la tercera historia, la más realista de las tres y la más cercana a nuestro tiempo. Alberto (Carlos González), historiador y ex dramaturgo, recibe la noticia de que su abuelo materno ha muerto y le ha dejado una herencia. Alberto, que ni siquiera sabía que su abuelo seguía vivo, confronta a su madre (Lola Dueñas). La palabra confronta es intencional: en su relación prácticamente nada es una conversación normal, y el trauma de ambos se siente en cada frase (el de él, por haber crecido con ella; el de ella, por múltiples abandonos). Ninguno de los dos logra sentirse parte de nada ni de nadie. Ella le prohíbe ir a recibir la herencia, pero, impulsado por su novio, Alberto viaja al pueblo de su abuelo. Ahí descubre que su historia familiar es más cercana y más grande de lo que habría podido imaginar. La actuación de González es probablemente la más silenciosamente devastadora de la película: un dolor nacido de sentirse a la deriva, claro sin ser evidente, que conforme avanza el relato cambia de maneras sutiles y profundas al encontrar respiro en la vida de su abuelo.

El cine es quizá una de las pocas maneras que tenemos de extenderle la mano al pasado, de hilar nuestros presentes, de pedir perdón y perdonar a nuestros pasados. Eso es lo que La bola negra logra tan bien: extender esa mano y, a la vez, desenterrar las historias de amor prohibidas que con tanto empeño se sepultaron en la historia española, particularmente en tiempos de la Guerra Civil. Pero no es una historia exclusiva de ese país: las historias queer han sido sepultadas en todo el mundo occidental y, poco a poco y a través del arte, no toca tomarlas de la mano y traerlas al presente.

Desde su estreno en Cannes, donde Los Javis se llevaron el premio a mejor dirección, ha sido de las películas más esperadas y aclamadas del año. Y si bien se debe a su construcción, su fotografía por Gris Jordana y unas actuaciones que no dejan nada que desear, probablemente tiene más que ver con su temática. Es difícil salir de La bola negra sin sentir algún tipo de catarsis, porque quizá todos perseguimos la bola blanca; pero, si escarbamos lo suficiente, tal vez la pertenencia también pueda encontrarse siendo la bola negra.

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