Review: Never Rarely Sometimes Always

Por Julia Bonetto | @juliebonet

El cine, como la poesía, es translingüístico: sobrepasa el momento de enunciación, el mecanismo técnico, para convertirse en una dinámica de sentimientos, afectos, pasiones, ideas, en el momento de la recepción. 

Teresa de Lauretis

 

Sobre el escenario iluminado Autumn Callahan (Sidney Flanigan) canta con su guitarra, tímida; en el estribillo de la canción contrae su espalda. Tiene los párpados llenos de glitter plateado, luminoso. Es el acto de fin de año del colegio, la exposición de las destrezas, y pareciera que Autumn es frágil para recibir abucheos de sus compañeros pero también es fuerte para seguir de pie en el escenario cantando su canción indie favorita. 

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Así comienza Never Rarely Sometimes Always, el tercer largometraje de Eliza Hittmann, la directora estadounidense que nada como pez en el agua cada vez que produce algo y lo estrena en los grandes festivales. En esta ocasión, su film se estrenó en enero en Sundance y en febrero pasó por la Berlinale. 

Se trata de la historia de una adolescente de 17 años que atraviesa la experiencia de abortar en Nueva York; la narración se pone en escena con crudeza, alejada de la moral discursiva, con la potencia de las emociones más viscerales. 

En el punto de ataque, después del acto del colegio, vemos una anticipación del argumento: Autumn cena con su familia ensamblada, siente el abandono, su madre (Sharon Van Etten) intenta felicitarla pero nadie más la reconoce ahí, solo se percibe el temblor de la indiferencia. Sigilosa, Autumn se va y camina con su guitarra a cuestas por la pequeña ciudad de Pennsylvania en la que vive. A partir de ahí, la transformación del personaje se hace en slow motion. No en términos técnicos, sino en términos narrativos. De a poquito, la película pulveriza la historia sin mucho firulete: diálogos escasos, poco ruido, con una semiosis simple y sutil, una semiosis de acciones y silencios. 

Never Rarely Sometimes Always cambia la forma de ver, percibir y leer un texto fílmico porque desplaza al espectador, lo incomoda y lo angustia. Es decir, es una película que puede tener una heterogeneidad de lecturas, pero hay algo inevitable: es un relato necesario, desgarrador, que nos acerca al cine hecho por mujeres. Las figuras y los cuerpos femenino aparecen ya no como objetos eróticos, sino como cuerpos que desean, que eligen, que agencian. Hittmann desmenuza la experiencia de abortar a partir de un conglomerado de imágenes sombrías -con cierto guiño a Lady Bird, de Greta Gerwig- que muestran la angustia natural y la natural tristeza de ese proceso. 

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En la sucesión de escenas de este coming of age, Autumn se hace un test de embarazo en un centro de atención un tanto retrógrado. Allí, la ginecóloga intenta persuadirla. Primero, diciéndole que una vez que tenga al bebé en brazos se irán todas sus dudas. Después, le pregunta si está a favor del aborto y, acto seguido, le muestra un video pro-vida. Esa insistencia molesta le da el impulso a la protagonista para buscar otras alternativas: googlea cómo hacer un aborto en casa, toma mil pastillas, se pega en la panza, llora. Su prima Skylar (Talia Ryder), quien aparece como un personaje secundario que contiene al principal, la acompaña, se roba plata del supermercado (en el que ambas trabajan como cajeras) y compra dos pasajes a Nueva York. A diferencia de las leyes que rigen en Pennsylvania, en el estado de Nueva York las chicas sub 18 pueden abortar sin la autorización de sus padres. Entonces, parafraseando a Jonas Mekas, ambas emprenden una long journey to New York. Las imágenes ruteras en 16mm danzan con el clima de la ciudad y la hostilidad de esa odisea: dos adolescentes llegan a Manhattan y no saben, no quieren, se equivocan, pero lo importante es que están juntas. ¿Existe algo más generoso que esa compañía? 

Si el cine se trata de poner el cuerpo, ésta es una película que retrata esa tesis. Como dice Giulia Colaizzi, “el sujeto tiene que entenderse siempre como sujeto encarnado: situado, necesariamente parcial, incompleto y contradictorio, marcado por un mundo de percepciones, sensaciones, afectos, por valores y discursos preexistentes”. En el centro médico de Planned Parenthood, Autumn está sentada respondiendo un cuestionario. Como en Los niños perdidos, el libro de Valeria Luiselli, un plano y contraplano de varios interrogantes en forma de embudo -de lo más general a lo más particular- busca representar la fragilidad de las decisiones y los costados más silenciosos de la violencia.

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Mientras Autumn responde con las cuatros palabras que tiene a mano Never, Rarely, Sometimes, Always, se va quebrando y toda la verosimilitud del mundo se condensa en esa escena. En este sentido, la película no es placentera ni dentro ni fuera de la diégesis porque ahí está nuestra historia como mujeres, nuestra fragilidad y nuestra experiencia involucrada. El proceso de percepción-representación-significación se muestra en esta película como cuerpo humano y cuerpo fílmico que puede ser lingüístico, icónico y las dos cosas a la vez, o quizás ninguna. Se liga lo social a lo subjetivo: ¿cómo representar el proceso de abortar?, ¿cómo elaborar un marco conceptual y cinematográfico sobre esa dialéctica de la visibilidad y la invisibilidad de ciertos hechos? Pues en esta película el cuerpo femenino no se construye como objeto de la mirada masculina, como sede del placer y del deseo del Otro.

Entonces, es ahí cuando como mujeres -cineastas, adolescentes, escritoras, etc.- accedemos a la posibilidad discursiva, a códigos narrativo-cinematográficos diferentes. Se trata de “sacar a la luz las contradicciones del deseo femenino y de las mujeres en cuanto sujetos sociales”, dice de Lauretis, y esto es lo que hace la película de Hittmann. 

Finalmente, luego de la intervención, Autumn regresa con su prima a Pennsylvania. La música realizada por Julia Holter acompaña esa soledad desmedida de las imágenes y esa actitud de suspensión en la que se encuentra la protagonista. Pareciera que las opciones de ese multiple choice todavía resuenan en el viaje de vuelta a Pennsylvania porque retratan la violencia del mundo real, los costados oscuros de la soledad y el dolor atragantado. 

 

Julia Bonetto:
Filmo, escribo y juego. Me encanta andar en bicicleta.

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