Film Review #FICM2022: La Caída de Lucía Puenzo

Por: Daniela García Juárez | @danigcjrz

Un nudo en el estómago. Ganas de vomitar pero la boca seca. Cansancio físico, real, tangible. Emociones que huyen de la naturaleza heterogénea entre el espectador y la pantalla. Así describiría lo que experimenté la primera vez que vi Mysterious Skin de Gregg Araki (2004), una película que explora las consecuencias psicológicas del abuso sexual en la infancia, a través de dos personajes que manifiestan peculiares conductas en su sexualidad adulta e imaginan mundos de ciencia ficción como defensa ante recuerdos mucho más oscuros. 

Amazon Prime Video

Lo que me parece más interesante de Mysterious Skin es la manera en la que Araki organiza la información disponible dentro de la trama, brindando al espectador los mismos trazos de imágenes ambiguas, recuerdos bloqueados y emociones inexplicables, fluctuantes entre la imaginación y la realidad, que viven en la mente de los personajes. Presenta, de forma simultánea, el camino  a la resolución del misterio en el mundo social (para el resto de personajes incidentales y para las personas fuera de la pantalla) y el misterio en el mundo interno del protagonista, creando una radiografía del trauma en su esencia caótica, no-lineal, y contradictoria, situada en el terreno de lo inconsciente, usualmente inaccesible para la comprensión colectiva.

Amazon Prime Video

En la realidad fuera de la pantalla –y del oasis que es la representación artística–, donde la comunicación entre los seres humanos es esencialmente vocal, el esfuerzo por entender el mundo ajeno a través de las descripciones literales se ve truncado por la barrera comunicativa del ego. Los procesos de cognición que parten de adentro hacia afuera, y que nos ponen como centro y punto de partida en nuestra interpretación del mundo, dificultan la comprensión de fenómenos particulares en la diversidad de pensamiento y emoción de los demás, y para contrarrestarlo, ejercitamos la empatía hasta conseguir no ser indiferentes, pero eso no quita que podamos realmente comprenderlo. 

Ana Laura Rascón. Fotografía: Daniela García Juárez

Los sentimientos expresados a flor de piel –las lágrimas, los gritos, la risa incontenible, el vacío en la mirada– suelen ser los mejores aliados de una empatía que se acerque al acceso de la piel ajena. Las palabras no son suficientes porque carecen de la visceralidad que más nos conmueve, que nos conecta al lenguaje primario de la emoción y despierta nuestra sensibilidad. Las experiencias sensoriales que ofrece el arte, especialmente el cine, son eficaces traductoras de lo incomprensible, facilitadoras de la disolución del ego. Como plantea Laura Marks (2009) en The skin of film: en el cine, el ojo se convierte en un órgano táctil, y como espectadores, no podemos escapar de la respuesta física de nuestros cuerpos al mirar películas que nos afectan.

A lo Gregg Araki en Mysterious Skin, esta cualidad del cine es aprovechada al máximo el más reciente largometraje de la directora argentina Lucía Puenzo, escrita en colaboración con Mónica Herrera, Samara Ibrahim y la actriz Karla Souza, y producida por Ana Laura Rascón, la cual, recrea un proceso de denuncia por abuso sexual en el ámbito deportivo, explorando los estragos psicológicos y el mundo interno de las víctimas, entrelazando al espectador y a la protagonista en uno solo, develando la información al mismo tiempo que es asimilada dentro de la diégesis y creando puentes de empatía a partir de la esencia háptica del aparato fílmico. 

La película se centra en Mariel (Karla Souza), una veterana clavadista de élite a punto de competir en sus últimos Juegos Olímpicos, cuyo mundo es sacudido al enterarse, tan solo unas semanas antes de la competencia, que su entrenador de toda la vida ha sido acusado de abuso sexual. Debido a que su prestigio lo precede, Braulio –el acusado– cuenta de inmediato con el respaldo de toda la asociación del deporte, así como de familia y amigos que, incluyendo a Mariel, lo defienden ciegamente. La víctima en cuestión, una menor recientemente añadida al equipo, lo niega todo, dejando a su madre con un testimonio vacío y la herida abierta. 

Fotografía: Daniela García Juárez

A partir de ese momento, los mundos físico y psicológico de Mariel se desmoronan de a poco. Aunque ella afirma –sin rastros de mentira– nunca haber vivido ningún abuso por parte de Braulio, algo en su entorno simplemente no cuadra con su versión de los hechos. Hay banderas rojas inmediatas en su historial –relaciones sexuales impulsivas, infecciones vaginales recurrentes, dificultad para ver videos de su infancia, tendencias perfeccionistas y autolesivas–, que indican una disonancia entre aquello que ella cree saber de si misma y lo que realmente pudo haber pasado. La verdad reside en un lugar inconsciente al que no puede acceder, y la/el espectador/a, al ver la historia desde el punto de vista de Mariel, también es detenida/o de cerrar el caso por completo. 

La capacidad para resolver el misterio, irá más allá de un proceso intelectual de construcción de significados, para darle prioridad a la conexión visceral que el espectador creará con las imágenes y Mariel con los sucesos detonantes en la trama. Anclarse a la sabiduría sensorial para finalmente fiarse de sí misma será la liberación del laberinto construido sobre el gaslighting y el grooming aplicados a la protagonista. La película así, se vuelve una representación radiográfica del mundo interno de una sobreviviente de abuso, mostrando la parte invisible, lo abstracto, aquello que ni una misma puede entender, reconocer o admitir con facilidad. 

La  minimización del ser que ocurre tras un episodio de violencia sexual, nos obliga a desconfiar de nuestra verdad; sentir vergüenza, culpa, “indiferencia”. La memoria se vuelve un territorio engañoso, la vida, un holograma mal proyectado, y los mecanismos de defensa por el trauma, fenómenos tan ambiguos que resultan inexplicables sin la realidad material como aliada. Resulta en cúmulos de personas que no pueden entender que las contradicciones internas en el proceso de denuncia son, en realidad, heridas de guerra.  

“A veces nos cuestionan ‘¿pero por qué no denunciaste antes? ¿Por qué no dijiste nada hasta ahora?’ Pues la idea con esta película es mostrar un poco de todo lo que hay antes de que una pueda admitir que sufrió un abuso. Un poco de todo lo que no se ve antes de llegar a la denuncia.”. 

Aquellas fueron algunas de las palabras de la actriz Karla Souza posterior al estreno de La caída en Morelia. Tras escucharla, no puedo evitar pensar en el Cine-Ojo de Vertov. La teoría que describe al cine con la cualidad omnipresente de la integración: mientras los sentidos se limitan a la captación de una experiencia a la vez, en una sola locación y a través de un único punto de vista a cada momento, el cine nos teletransporta a distintos fragmentos de vida en una unidad compacta a través del montaje. Es así como consigue lo imposible, vivir mil vidas dentro de una sola, indagar en cosas más allá de los límites de nuestro territorio físico y corporal. 

Amazon Prime Video

Películas como La Caída son epítomes del principio de la empatía conducido por la profunda sensibilidad de la imagen en movimiento. La espectadora y el espectador –este último quizá lo necesita más– podrán entrar a la piel del personaje mas allá de lo superficial, tocando la naturaleza contradictoria en la mente de una víctima de abuso. La defensa que no pudo ser, las palabras que cuesta levantar, el temblor en la voz al tratar de explicar lo inexplicable, lo inaceptable, lo incognoscible; la laguna mental que se desearía dejar para siempre en el vacío de la memoria, pero se tiene que sacar, una y otra vez, con el afán de brindar luz y justicia a una misma –y a las que sigan–. Un esfuerzo sumamente valiente. 

Amazon Prime Video

La Caída demuestra que, gracias al cine, si es posible aprender en cabeza ajena, y nos recuerda la importancia de alejarnos de la polarización mediática en medio de la desesperanza colectiva. Mejor regresemos al arte. Siempre regresemos al arte. 

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.