Women We Love #FICM2022: Natalia Beristáin y Ruido

Por: Daniela García Juárez | @danigcjrz

Entre críticos y espectadores, se han apresurado a catalogar el nuevo largometraje de la directora mexicana Natalia Beristáin, Ruido, como una docuficción. La recreación de momentos conocidos ante el ojo público, como la iconoclasia incorporada a las marchas feministas de los últimos años y la toma de las instalaciones de la CNDH, es de una precisión tan impecable, en términos visuales y sonoros, que la espectadora promedio podría cuestionarse, en varios puntos de la trama, si se trata acaso de una filmación guerrillera, o si solo es solo una dramatización hiperrealista y cuidada de los hechos que le son familiares. 

Fotografía: Andrea Rendón

Cabe resaltar que, para lograr esta fidelidad, Beristáin no se vale de un naturalismo técnico y dramático al estilo de películas como Manto de gemas o Sin señas particulares que también abordan el tema de la desaparición forzada en nuestro país–, o incluso de su ópera prima No quiero dormir sola. En Ruido, el estilo fotográfico de Dariela Ludlow ya visto en Los Adioses o la multipremiada Noche de Fuego, crea una distancia brechtiana que nos recuerda de manera constante la ficción que tenemos delante. La composición simétrica, la iluminación artificial, la cámara fija, los colores brillantes, sumados a la perfección sonora, la estructura de viaje del héroe, y actuaciones realistas pero simbólicas, cargadas de intencionalidad y proyección, hacen de Ruido un caso atípico: hermana del documental en el fondo, pero cercano a la ficción más tradicional –heredada de la institución estadounidense– en su forma.

En todo caso, el estilo escogido por Beristáin podría dar pie a preguntas respecto al lugar que ocupa la película en medio de un mar de representaciones cinematográficas –realistas y naturalistas– de la violencia que se vive en el país. Dijo Alejandro G. Iñárritu, en la conferencia inaugural de la surrealista Bardo: “A mi ya no me interesa la realidad (en referencia a la distancia estilística de Bardo con Amores Perros) […] Creo que el cine nos brinda las posibilidades de imaginar la vida de otras maneras”. Un par de días después de tal aseveración se estrena Ruido, película que no solo retoma el valor de la representación de la realidad en el cine, sino que lo abraza como estandarte y sello del nuevo peldaño en la trayectoria de la directora.

Fotografía: Andrea Rendón

Decir que Ruido es una docuficción es una descripción superficial y una conclusión falaz a partir de los elementos aislados que la conforman. Sumado a la recopilación hiperrealista de situaciones contemporáneas en el imaginario colectivo, Beristáin se permite crear momentos de verticalidad simbólica que unen recursos también utilizados por otros realizadores en tiempo reciente. 

En uno de ellos, vemos los rostros de mujeres que pertenecen a asociaciones de búsqueda reales, apareciendo una tras otra en primer plano, mirando directamente hacia la cámara. Esto ocurre después del final de una secuencia en disolvencia a negros, por lo que, de manera inmediata se podría pensar que estamos ante una división entre la ficción y el documental al estilo Ruizpalacios en Una película de policías, y que, a partir de ese momento, veremos un reportaje no guionizado de las experiencias de las madres buscadoras. No demora en revelarse que el reportaje también es diegético y está siendo realizado por Abril, una periodista dentro de la trama. Aún así, la secuencia mantiene la esencia de rompimiento brechtiano, que nos recuerda que, aunque seguimos en una ficción, cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia

Fotografía: Andrea Rendón

El segundo recurso al que refiero es similar a lo que Marcela Arteaga recurre en el premiado documental El guardián de la memoria: como la imagen de los objetos de víctimas  que se extienden, descontextualizadas, sobre el inmenso desierto, así la madre de una hija desaparecida camina en medio de una llanura infinita, donde el vacío frente a ella se presenta desolador, como la falta de respuestas, la desesperanza, el tiempo pasado perdido y el futuro incierto que se avecinan y se convierten en el limbo que es tener a un ser querido desaparecido. El mundo sigue corriendo, pero para los familiares de las víctimas, se ha detenido para siempre. 

Esta imagen se repite en el momento final de la película con el encuentro simbólico de Julia –la madre– con Ger –su hija–, quien ahora viste un atuendo característico del bloque negro, en medio de la llanura. Con este final, Natalia entrega el promisorio reencuentro que la estructura de su guión sugiere, pero que la realidad a la que jura lealtad no le permite: es improbable que bajo las circunstancias de la trama, el personaje de Ger apareciera con vida, si lo hiciera, Ruido se alejaría de la incómoda esencia que le importa representar. En su lugar, Natalia sugiere el encuentro simbólico entre la pérdida individual y el legado de la lucha colectiva. Los movimientos sociales –en este caso representados por el movimiento feminista– como una respuesta emotiva ante la falta de respuestas reales por parte de las autoridades. Lo único que queda ante lo irrevocable, es el ruido colectivo. 

Fotografía: Daniela García Juárez

Un final tan doloroso como esperanzador, que destaca a Beristáin de la crudeza adscrita al naturalismo de sus contemporáneos, y defiende, no sólo la tesis de la película sino también su predilección por la recreación precisa de hechos de actualidad en combinación con estilos que parecen muy ajenos a ella. Es a través de un trazo que juega con el periodismo, que se erige ante los elementos formales del cine institucional pero que rompe ambos paradigmas incluyendo elementos vanguardistas, que la directora construye una inteligente, elegante y compasiva propuesta de reflexión activa hacia la situación planteada. 

Fotografía: Luis Gerardo LoGar

Ruido no es una película que concientice desde el dolor, es por ello que a pesar de los puntos dramáticos más crudos, carece de un tono oscuro –tanto en el fondo, como en la forma–. Beristáin trae luz al dolor para recordarnos lo que hay más allá de él. El ruido colectivo es síntoma y alivio, es el futuro que no se menciona en las tragedias contemporáneas naturalistas, cuyos finales se inclinan a las peores circunstancias y cuya respuesta post-película suele ser el incómodo silencio del espectador, quien se reconoce como actor pasivo, hundiéndose en un nihilismo sin salida. Lo que Natalia nos muestra del futuro es la resiliencia, un resultado injusto e indeseable, pero palpable y posible dadas las circunstancias. Ruido es la reconciliación argumental de una corriente que se ha prometido como forma de concientización, y hasta ahora, se ha mantenido más cercana a la pornomiseria condescendiente y fetichista del dolor ajeno.

Fotografía: Daniela García Juárez

Además, los entrecruces entre la realidad y la ficción, no solo se sitúan en lo reconocible dentro de la diégesis. En los créditos de la película, vemos los rostros y nombres de personas desaparecidas, acompañados de lúgubres voces que los enuncian, visibilizando aquello que las instituciones desean invisible. Asimismo, tanto en la alfombra roja como en la premier, se encontraban presentes las fundadoras de la asociación Voz y Dignidad por los Nuestros, quienes, en medio de las preguntas y respuestas, cantaban la consigna “¿Por qué los buscamos? ¡Porque los queremos!”. 

Fotografía: Luis Gerardo LoGar

Estos momentos me recuerdan a una analogía que hace Zizek en el documental The Pervert’s Guide to Cinema, respecto a Bleu de Kieslowski: en una escena en la que el personaje interpretado por Juliette Binoche, es incapaz de enfrentar el tormento de una terrible pérdida, descubre un nido de ratas recién nacidas en su apartamento. Algo se quiebra dentro de ella al mirar la fragilidad de la vida tan desnuda y directa, sin cortinas o velaciones. Están ahí: la verdad y la vulnerabilidad, en un punto de no retorno. 

La delgada frontera entre la realidad y la ficción que Natalia crea a partir de los recursos ya mencionados, sumada la cercanía física de la naturaleza de la historia –las vivencias de personas reales– ante el público presente durante su estreno, son ese inescapable recordatorio de la verdad más absoluta y desgarradora. Una que habrá resultado incómoda para muchos de los presentes y seguirá incomodando en su visionado por streaming, una a la que se le juzgará de innecesariamente precisa, que se le cuestionará por salirse de los límites del purismo cinematográfico (el cine politizado es bueno mientras siga situándose como ente aislado de los hechos, nunca in situ, y siempre sugerente, poético, evocador). Pero, al menos para mí, la poesía de Ruido reside, además de en su inteligente entramado estilístico, en su valentía para desobedecer las ideas de Iñárritu y el mandato tácito de la sala oscura: una vez que se apagan las luces el espectador se desconectará de su realidad.

Ver Ruido, en cambio, es como ver cara a cara a los ratones recién nacidos de Kieslowski. Más que crudo y provocativo, simplemente, verdadero e inescapable. Pero Natalia ofrece una tregua, y entregarse a lo factual no resulta tan difícil cuando la esperanza se reconoce como un componente esencial en la naturaleza de la verdad. 

Agradecimientos especiales de la sesión de fotos a Salma Torres, Karla Ricalde, Thelma Ruiz, Karla Ortiz, Cecilia Cortinas y al staff del hotel.

Fotografía de portada: Luis Gerardo LoGar

Lentes de sol propiedad de la producción

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