Postales GaF: De la cinefilia

*Esta pieza forma parte de la Segunda Edición de Postales GaF, el intercambio de textos entre colaboradoras de Girls at Films, un espacio para celebrar el cine y la amistad. Esperamos que estas postales sean un abrazo caluroso para las participantes y lectoras.

De: Daniela García Juárez | @danigcjrz 

Para: Lily Droeven

No sé si te pasa, Lily, pero a veces desprecio profundamente la connotación popular (para nada reciente) que se la ha dado al concepto de la cinefilia. Pareciera que para ser un buen cinéfilo (y uso el masculino genérico a propósito) hace falta una gran dosis de soberbia. Y entre más cinefilia más soberbia. Y entonces uno ve centenares de películas con la esperanza de volverse un buen cinéfilo. Y eso le da a uno más soberbia. Lo desprecio porque este modus operandi implica que el conocimiento es un medio para un fin, y no un fin en sí mismo. Ver una película, entonces, es parte de una cuota a cubrir, y no de una experiencia emocionalmente compleja contenida en un mosaico de tiempo finito e infinito a la vez, y de todo lo que esto tiene por ofrecer.

Te cuento esto Lily, porque creo que es común que como mujeres jóvenes, interesadas en el cine, nos topemos con los esquemas impuestos por la comunidad masculina que ha moldeado y definido al cine durante los últimos cien años. Una comunidad en la que impera el estatus otorgado por la superioridad intelectual de ser un diccionario cinematográfico andante, de usar el lenguaje más codificado para expresar opiniones e imponerlas sobre aquellos que se consideran menos cultos, partes de la masa. Como morras llega a ser difícil encontrar nuestro lugar en un mundo que no inventamos, cuyas reglas no nos acomodan y que parece no estar diseñado para nosotras, pero que nos llama fervorosa e inevitablemente ¿Qué nos queda en esas circunstancias? Yo creo que redefinir a la cinefilia.

En realidad no sería una redefinición como tal, solo una vuelta a la conceptualización original. La cinefilia es el amor al cine y la soberbia es contraria al amor. Aunque parezca contradictorio, acumular capital cultural es un efecto superficial del proceso de ver películas en la cotidianidad. Eso no quiere decir que no se buscará aprender, y que dicho aprendizaje no se volverá más complejo al crecer dicho capital, pero yo creo posible un aprendizaje distinto, uno que añada valor a la emoción, a la experiencia diversa y matizada, que se sitúe en un contexto amplio y utilice al pensamiento crítico para cuestionar y desafiar ideas preconcebidas, dogmas inventados por hombres y teorías eurocéntricas no tan cuestionadas.

Pensar la mirada puede ser una forma de iniciar. Mirar una película puede ser todo el proceso en sí mismo, lo posterior importa, sí, pero no tanto como el momento presente –que se extiende infinito– en el que se sitúa la apreciación. El momento en el que la carne siente, el corazón palpita, las memorias se activan y las transformaciones ocurren. Experimentar las películas en lugar de pensarlas –tanto–, es algo que considero, corresponde más a la socialización femenina. Socialización de la que podemos llegar a renegar por el afán de encajar en un ámbito que parece escrito

únicamente para los hombrea, a quienes, al contrario, se les socializa para admirar siempre y cuando sirva, funcione, se ponga por encima de algo más.

A veces, mirar el cine como nos nace es simplemente lo mejor que podemos hacer. No tenemos que ser activas reaccionarias ni ir, explosivamente, en contra de lo institucionalmente masculino, basta con validar nuestras opiniones, pensamientos y, sobre todo, emociones, respecto a las películas que vemos. Leerlas en clave de nuestra experiencia de sexo-genérica, también se vale. Nadie nos puede decir que nuestra historia particular no delimita la manera en que experimentamos el mundo, incluyendo a las artes, y que esa forma de ver y redefinir las mismas no propone cambios paradigmáticos importantes.

Te platico todo esto, Lily, porque eso es lo que me inspira al leerte. Te veo y me recuerdas lo que es la cinefilia. Ese amor al cine que se da el tiempo de mirar y amar como fin en sí mismo. Ese que resiste a la soberbia.

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