Postales GaF: ¿La chica next door en los romances vampíricos de los 2000’s está de vuelta?

Por: Sofía Ponce | @sofindiee

Para Andrea Rendón

*Esta pieza forma parte de la Segunda Edición de Postales GaF, el intercambio de textos entre colaboradoras de Girls at Films, un espacio para celebrar el cine y la amistad. Esperamos que estas postales sean un abrazo caluroso para las participantes y lectoras. 

De todas las nostalgias que nos hemos permitido a inicios de la nueva década, la de romances vampíricos adolescentes es una de las que más me sorprende no solo en su retorno, sino en el recibimiento obtenido por las nuevas audiencias (¿quién habría dicho que Bella Swan sería el aesthetic de las tiktokers Gen Z?).

Nos queda claro que estamos atravesando tiempos pandémicos extraños, por decir lo mínimo, pero la última vez que el mundo colapsó a esta escala fue con la Pandemia de la Gripe Española en 1918. La misma en la que Edward Cullen murió para convertirse en vampiro. Pero en la saga de los libros de Stephenie Meyer el año es 2004, casi 100 años después de aquel suceso, y la historia está narrada (en su mayoría) desde el punto de vista de Bella Swan, la joven de 17 años de quien se enamora Edward y con quien comienza una historia de amor tanto pasional como terrorífica. 

Crepúsculo fue un éxito redondo en el mercado juvenil que no tardó en ser criticado y ridiculizado a extremos cuestionables (¿los orígenes de la cancel culture?). Era común escuchar comentarios alegando que Edward era demasiado bello como para ser heterosexual o que Bella era una z*rra que no merecía el amor de ningún vampiro o lobo. Incluso Muse comparó su participación en la banda sonora de las películas con “vender su alma”, a pesar del éxito que obtuvieron gracias a ellas. 

Nos guste o no, Crepúsculo fue un parteaguas en las novelas fantásticas young adult que se adaptaban para la pantalla grande o chica (dejando de lado Harry Potter, que se categorizaban como libros infantiles). Y a ese auge se unió The Vampire Diaries, producida por Warner Bros para CW y que perduró por 8 temporadas con un spinoff.

Hubo muchos factores involucrados para que The Vampire Diaries intentara lo imposible: superar el éxito de Crepúsculo. Primero que todo, ¿no estábamos hartos ya de los vampiros? Los Cullen sabían jugar al béisbol, sí, pero fuera de eso no dormían, no comían, no se bronceaban y no tenían sexo a menos que fuera con otros vampiros. No eran personas que quisieras invitar a una fiesta y esto dificultaba que se relacionaran con aquellos fuera de su círculo.

Los vampiros de Mystic Falls tampoco necesitan cubrir las necesidades fisiológicas básicas, pero aún así lo hacen porque las disfrutan. Comen barbacoas, tienen resacas, pueden curar a humanos con su propia sangre y sobre todo, viven una sexualidad mucho más abierta: con humanos, vampiros, lobos, brujas o doppelgängers.

Tanto Crepúsculo como The Vampire Diaries son dramas juveniles fantásticos, pero la diferencia que yo encuentro está en el humor. Crepúsculo es más seria en sus temas de mortalidad y existencialismo, quizás hasta ceniza, buscando provocar el asombro con la decapitación de sus personajes en primer plano (en una segunda lectura, este asombro se desvía al cringe). TVD es más juguetona con el concepto de la muerte, utilizándola como un gag o como un suceso que se puede revertir. 

La serie además fue creada por Kevin Williamson y Julie Plec, el guionista y la directora de las películas de Scream, que ya venían familiarizados con el género al momento de adaptar para la televisión. Pero incluso en esta estrategia de diferenciación con el éxito de Crepúsculo hay una similitud (impostada) entre los personajes de Bella Swan y Elena Gilbert: las protagonistas que son chicas corrientes -en el fondo especiales- que fallan en conectar con sus audiencias.

Bella y Elena vienen de familias “rotas”, usan converse blancos y guardan una fascinación por los vampiros. Especialmente aquellos que las pueden amar por toda una eternidad. Están rodeadas del amor y cariño de todos los personajes y al no tener superpoderes, la única manera que tienen de ayudar es sacrificándose a ellas mismas. Pero fuera de su papel de mártir, no tiene un rol activo en sus tramas: todo el tiempo les pasan cosas a las que solo reaccionan con quejas o lágrimas. 

Esta pasividad recae en parte por aferrarse a permanecer humanas incluso cuando su vida corre peligro. Y aunque no juzgo a Bella ni a Elena por esta resistencia, no hay razones sólidas que les justifiquen a cambio del sufrimiento de aquellos que las rodean. Pasan de ser chicas angelicales y nobles a egoístas y teatrales que sabotean la historia misma.

Antes mencionaba que esta similitud fue impostada y es debido a que, en los libros de Crónicas Vampíricas, Elena es un personaje frío y obstinado que manipula a Stefan para que la ame. Kevin y Julie lo cambiaron al hacer la adaptación para que fuera dulce e inocente, como Bella. Una decisión deliberada quizás para atraer a las audiencias de Crepúsculo.

Pero incluso con estos fallos, ambas sagas han encontrado un nuevo público en 2022: que recrean los aesthetics en tiktok, hacen tours para visitar los pueblos donde fueron los rodajes y recuperan la fan merch de los bazares de segunda mano. Sea porque ya no se hacen dramas juveniles con vampiros o porque regresan a estar disponibles en las plataformas de streaming, su legado continúa.

Y Andrea, espero que lo disfrutes mucho.

Sofía Ponce de León
Escribo sobre cine pa’ entender el cine que (algún día) quiero hacer. Actualmente resido en Barcelona y mi sueño es tomarme un vermut con Carlos Vermut.

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