The Final Cut: Spider-Man, más allá de la alienación y los parques de diversiones

Por: Daniela García Juárez | @danigcjrz

A lo largo de los años me he declarado desde una abierta oposición hacia el crecimiento rampante de Marvel como fenómeno mediático-masivo. No con un gran alcance comunicativo pero sí desde un desprecio personal, desde la elección privada de pasar de largo sus películas, rechazar el morbo que provocan y huir del fan-service. En un desacuerdo con los elementos fundamentales de un tipo de cine que considero problemático para la diversificación de los contenidos producidos año con año, así como al acercamiento de los públicos a la multiplicidad de miradas que existen detrás del lente cinematográfico, suelo buscar que mi propio consumo (o falta de él) sea mi resistencia ante la tiranía de las grandes franquicias. Pero esto no siempre ha sido así. 

 Durante mi infancia y adolescencia, el cine de acción (superhéroes, espías, fantasía, guerra, épico) fue mi acercamiento mas frecuente a la sala oscura. No crecí viendo a Bergman ni a Buñuel, ni siquiera sabía que existía un cine más allá del que se estrenaba cada domingo en la cartelera local. Ir al cine era recreación, tiempo en familia y, sobre todo, la posibilidad de imaginar otros mundos más allá de las turbulencias alrededor de crecer, que en ese momento me parecían infinitas. Llegué a pensar que entre más efectos especiales tuviera una película más buena era, y fue en ese tenor que se empezó a gestar dentro de mi la posibilidad de acercarme al cine del otro lado de la pantalla.

Las películas de Spiderman, en su momento, fueron parte de ese proceso. Me encuentro también en el gran cúmulo de la población que tiene una especial preferencia por este superhéroe al ser el más “humano” e “identificable” de todos, así que el estreno de Spiderman: No way home (Jon Watts, 2021), se distinguió de mi usual desdén por todo lo que representa Disney como compañía. Estaba emocionada. Desde un lugar muy común, sin meterme en teorías conspirativas, ni agenciándome un fanatismo que no me corresponde, pero, así de repente, me encontré contando los días para verla. Ir al estreno se convirtió en una excusa para reunirme con seres queridos, personas que amo sonreían cada vez que pensaban en la película. Hacia el fin de un año complicado para muchos, me fascinó la ilusión que abundaba por volver a las salas para ver un evento cinematográfico que traería cientos de recuerdos, conexión con una parte de nuestra historia personal y colectiva, y una sensibilidad inmensa a la posibilidad de ser conmovidos y emocionados por razones aparentemente muy simples y superficiales. 

Spider-Man: No Way Home': Las primeras críticas alaban la película y lo  enfocada que está a los fans - eCartelera
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Es a partir de esa experiencia que mi perspectiva respecto al consumo popular de productos industriales se ha modificado un poco, y encuentro importante cuestionar críticas sacralizadas a los significantes detrás de estos fenómenos, críticas que no profundizan en los condicionantes de consumo, ni en las implicaciones culturales de los productos que analizan. Críticas que se quedan en un lugar común lleno de elitismo, fundado en una antigua, pero al parecer, perenne, división entre la baja y alta cultura. Un ejemplo que me gustaría resaltar es la ya muy explotada equivalencia del cine de Marvel con los parques de diversiones.     

Personalmente, la metáfora no me parece más que un remarcado de lo evidente. Los parques de diversiones son lo que son, cumplen una función en la sociedad asociada a la búsqueda de experiencias sensoriales fuertes, distracción, ocio, espectáculo. Las funciones del espectáculo y la fiesta no se discuten bajo parámetros de elitismo cultural hasta que se entrecruzan con el arte. No cuestionamos las pachangas, los fuegos artificiales o las funciones de danza pop. No vamos a una boda tradicional pensando “que desperdicio de mi tiempo, podría estar en una boda más artística”. Hemos normalizado la función de la distracción en nuestra vida, la diversión carnal que escapa a la intelectualidad.

En cuanto al cine de “parque de diversiones” me parece que la connotación negativa solo sucede si se espera de él otra cosa fuera de su esencia, si se le exige que trascienda la espectacularidad que lo origina y lo envuelve. Una asunción que establece que este espectáculo sólo puede ser frívolo, hueco, superficial, intrascendente… claro, en comparación con el verdadero “cine de arte”. Disiento profundamente. No es que no se pueda establecer estos vínculos conceptuales, jamás negaría que Disney es una de las máximas expresiones del capitalismo tardío y que este nos moldea, aliena y despoja de la búsqueda de profundidad, reemplazándola por un desmesurado deseo de consumo y placer. Pero el cine no se acaba en la teoría de autor, ni en las concepciones europeas que se tienen respecto al arte y la cultura. Creo pertinente matizar la conversación para enriquecerla, entender al cine como un fenómeno cultural, además de un producto aislado, de una competencia entre mentes maestras y una excusa para el snobismo intelectual. 

La experiencia intensa, inmediata y placentera que producen las películas de superhéroes está elaborada desde estructuras arquetípicas, cargada de elementos asociados a la identidad colectiva y, por lo tanto, a la nostalgia. Expandiéndose fuera de su naturaleza capitalista, la vivencia corporal del espectador comprometido a experimentar con ímpetu y fervor la emoción del desdeñado fan service, se transforma en un momento de presencia pura, de conexión con uno mismo y con las comunidades extendidas (o como se plantea en la teoría de géneros cinematográficos de Altman (1999), comunidades consteladas) alrededor de los íconos de la cultura popular. Desde el elitismo cultural se denigra la expectación y el fanatismo que recae en los factores sorpresa y el spoiler. Se acusa a los espectadores de ser consumidores irreflexivos, pasivos engañados sin potencia crítica ni profundidad emocional (como aquella que supuestamente ofrece el arte que si es “puro”, aquel que se basa en sí mismo y no en trucos baratos de marketing –muchas comillas aquí también–). El problema con el argumento de la alienación es que, además de clasista, es sumamente reduccionista. No toma en cuenta el peso de la sensibilidad corporal, y no se cuestiona por qué la promesa de experimentar emociones situadas en el cuerpo antes que en la mente es tan atractiva para tantas personas. 

Spider-Man No Way Home: nuevas imágenes de Tom Holland y Jacob Batalon en  el rodaje de la película
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La aseveración de que las películas de superhéroes (e industriales en general) existen para adormecer y manipular a los públicos tiene una construcción argumental sólida, pero si no se toma en cuenta a los espectadores como activos interventores del contenido recibido, si no se le otorga complejidad a “las masas” para establecer relaciones entre fenómenos y respuestas que escapen de una visión colonialista de la cultura, no se está logrando una verdadera oposición a lo que representa Marvel, al contrario, ésta se retroalimenta. En cambio, desde una perspectiva que reconozca la agencia de los espectadores, se puede asumir que lo que se vive en la oscuridad de la sala de cine incluso escapa del maquiavelismo de sus creadores. Le pertenece a la gente, a lxs fans, a las comunidades consteladas que han transformado sus vidas por historias que no fueron creadas para transformar, sino para entretener y vender, como buen parque de diversiones. Eso es re-apropiación, y, aunque parezca paradójico, la re-apropiación también es un esbozo de resistencia. 

La resistencia desde el consumo cultural son los momentos fugaces de unión, que se convierten en gérmenes de posibilidad hacia mejores sociedades, desde una presencia que promueve la camaradería, la amistad y el cariño. Con ese gran suspiro al ver el secreto develado en pantalla después de meses de especulación, todas y todos estamos ahí, admitiendo nuestra desesperada necesidad de un rush de adrenalina, de una sacudida emocional del talón a la cabeza. Y, alienación o no alienación, hacer eso es un acto sumamente vulnerable y valiente. Puntos ciegos del capitalismo y el elitismo cultural.

Creo que es más productivo guardar las críticas y cuestionamientos más despiadados hacia los dueños y creadores de las historias populares. Son ellos quienes deben responder por la calidad de sus productos, la corrupción en sus sistemas, la falta de ética de sus inversiones monetarias y la manipulación en su ejecución publicitaria. A pesar de la apropiación identitaria que se hace a partir de estos fenómenos, las películas industriales, por su lógica natural, siempre están cargadas de ideología y fomentan un discurso que favorece a los sistemas de poder. El género de superhéroes, específicamente, dibuja al nacionalismo estadounidense en todo su esplendor, a través de una marcada dimensión moral que villaniza a la otredad (alienígenas, enfermos, monstruos = grupos disidentes, minorías, extranjeros). Sin embargo, aún viniendo desde la hegemonía cinematográfica, la evolución del género anuncia otras posibilidades discursivas para representar los cambios del mundo, más incluyentes y profundas, y mientras dure el furor del cine de superhéroes, toca abogar y exigir por ello. 

Más allá de lo que representa como fenómeno cultural, No Way Home es una película con inmensas áreas de oportunidad a nivel visual y narrativo, hábito trágico para una producción millonaria que elige no tomarse en serio a sus audiencias y darles lo mínimo necesario en cuanto a calidad cinematográfica refiere. Más triste también aún sabiéndose con las posibilidades de ejecutar películas de cuasi-perfección estética como es Spider-Man into the Spider-Verse (2018). Pero, hay un esbozo de esperanza en No Way Home que podría interpretarse como el camino hacia la evolución del género. La re-configuración de los villanos que se da en la película se aleja de la visión determinista de la moral, aquella que beneficia al hombre blanco heterosexual como ícono de la perfección moral, y, en su lugar, apuesta por hablar de contexto, suerte y capacidad mental en relación a la  criminalidad. 

Por otro lado, la película que se critica por ser, supuestamente, toda expectación, decidió prescindir de una revelación épica, situada en medio de algún punto de alta tensión, para intercambiarla por una trivial escena de sinceridad y vulnerabilidad respecto a los puntos débiles en cada uno de los interpretantes de Spider-Man. Marcados por la diferencia generacional, –el optimismo de Tobey, la frustración de Andrew y la irreverencia de Tom–, los tres son el reflejo de un héroe siempre atravesado por la fragilidad e imperfección humanas. Lo destaco, no porque me parezca una gran hazaña de escritura, sino porque los superhéroes son arquetipos que responden a una necesidad de identificación de los públicos, y que hayan utilizado la oportunidad del siglo para mostrar a sus héroes vulnerables antes que épicos, es también un esbozo de evolución del género. 

Así se ideó Spider-Man: No Way Home, la película más épica del superhéroe  hasta la fecha
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Situar a películas como No Way Home en un marco de estudios culturales, trascendiendo la perspectiva autoral y su evaluación como producto individual, permite trazar ideas que escapan de la concepción blanca y colonialista de la cultura. Nos acercan más hacia la búsqueda de alternativas y soluciones ante el problema que resulta la hegemonía Marvel/Disney/Hollywood/Cine de industria en general sin acudir necesariamente al purismo artístico, el cual resulta en una condena sin empatía, sin dimensión social ni humildad para aceptar que existen múltiples factores atravesando los procesos de fanatismo y la venta masiva. Creo en los matices. Abogo por ello y por una crítica cinematográfica que se expanda fuera del status quo, sobre todo, en un mundo en el que lo más sencillo, pero también lo más divisor, es llamarle a todo lo que no comulga con nuestro contexto particular: “alienación”. 

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