Film Diary #FICUNAM11: Destello bravío

Por: Celia Sutton | @celsut

El primer largometraje de la directora madrileña Ainhoa Rodríguez, Destello bravío, que forma parte de la sección de competencia internacional del FICUNAM, es un trabajo novedoso y arriesgado que se sumerge a profundidad en atmósferas de desolación, soledad, pero también de sororidad.

Se trata de una narrativa no lineal, que se construye a partir de episodios o fragmentos de conversaciones entre los pocos habitantes –especialmente mujeres– que viven en un pueblo del sur de España, el cual podemos intuir que ha sido abandonado por los más jóvenes, quienes, a falta de oportunidades, dejaron atrás a sus viejos para labrarse un futuro en otro lugar.

Estas enigmáticas viñetas, que en todo momento nos asoman a lo cotidiano, comparten instantes de varios personajes hablando sobre sueños, desazones y preocupaciones, para desplegar de forma veraz un inquietante panorama.

Las situaciones se presentan a medias, se muestran veladas, las podemos observar a través de los marcos de las puertas que dividen el encuadre en dos o más partes. La cámara se esconde dentro de las capillas, en los interiores de las cocinas o recámaras, custodiadas con telas o cortinas ondeando con el viento que se cuela por las ventanas. Gran parte de los monólogos, las pláticas casuales y las frases entrecortadas que escuchamos provienen de algún cuerpo que da la espalda al espectador o que mira a otro lado, que suelta discursos al aire o hacia algún escucha diegético, sin preocupación por inmiscuirnos en sus asuntos. Por el contrario, Destello bravío es una invitación a compartir tan solo sensaciones, emociones y ambientes, marcados por el transcurrir del tiempo y la vejez. Ainhoa Rodríguez logra certeramente descifrar los juegos complejos de la memoria y el dolor de los recuerdos.

Still Destello bravío, Dira. Ainhoa Rodríguez.

Los personajes tan humanos y reales que no siempre encuentran lugar en las pantallas, despiden un aire de autenticidad. Gente común que vive en el sitio retratado, y que audicionó para participar en el filme, consigue aportar un sentimiento documental a la historia.

Un rol primordial es el que toman las mujeres –la mayoría de edad avanzada–, que son parte de este pueblo y se han deteriorado y envejecido con él; dentro del sistema patriarcal se tienen unas a otras: se apoyan, se escuchan y se comprenden, cómplices de una soledad acompañada. Buscan el acercamiento para cobijarse en espacios de camaradería, en eventos de mujer a mujer, en los que se habla en tono alto, encimando las palabras para dejar estallar la risa sanadora, permitiendo así, aflorar la libertad de lo femenino.

El aspecto visual es poderoso. Busca que el encuadre sea bloqueado por algún elemento para que la mirada no alcance a percibir su completitud. Las líneas formadas por los caminos y carreteras determinan los encuadres y los organizan, para pasar de las enormes y estremecedoras panorámicas que nos dan a conocer el pueblo, a los planos mucho más cerrados, casi claustrofóbicos de las pequeñas habitaciones al interior de las sencillas casas, a las que de incógnitos nos asomamos para espiar trozos de vida y pensamiento.

De la misma forma, el manejo de los reflejos en los cristales y espejos, sirven como elementos tanto distanciadores como confrontantes, funcionan como obstáculos que desvían la mirada y refractan la imagen. Así, las palabras sin consuelo llegan a nuestros oídos, mientras el ojo busca la fuente de las mismas en el fragmento del rostro que un espejo captura.

Still Destello bravío, Dira. Ainhoa Rodríguez.

La realizadora busca proyectar la radiografía rural de un poblado atravesado por la religión, la fe y el abandono. Lo hace con tono narrativo cambiante y sorpresivo, incluso parece como si por momentos el espíritu del cine de Buñuel se asomara para asombrarnos y guiarnos por rumbos no anticipados, demoliendo los límites de la realidad y la ficción.

A la postre, Destello bravío resulta una experiencia completamente distinta, a partir de una aproximación aventurada al ejercicio clásico de contar historias, y en ello radica la originalidad de su propuesta. Más que un relato, el filme se vive como un viaje hacia un ambiente desconocido, como una inmersión a una atmósfera emocional; nos confina en un rincón abandonado y suspendido en el tiempo, para incitarnos a mirar –y a mirarnos–, a través de sus espejos.

Celia Sutton

Comunicóloga y Maestra en Humanidades.

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