Film Review: Minari, una dulce y desgarradora melancolía

Por: Celia Sutton | @celsut

La conmovedora cinta Minari, escrita y dirigida por Lee Isaac Chung, nos ubica en Estados Unidos durante la década de los ochenta.

Una cámara activa sigue a un camión de mudanzas, con todo el significado que aquella imagen puede representar. Las expectativas que un cambio de residencia conlleva se pueden adivinar cuando seguimos a dicho camión por un largo trecho; las ilusiones contenidas que forcejean con la incertidumbre y el miedo a lo desconocido, la falta de seguridad sobre lo que deparará el destino, la añoranza por lo que se está dejado atrás, y tantas otras emociones comprendidas en la sola apertura del filme.

En este cambio, Jacob Yi (Steven Yeun), inmigrante coreano, ha puesto especial empeño y esperanza; augura que éste será el camino a la completa realización de su sueño, por lo que, junto con su mujer y dos hijos pequeños, emprende la travesía desde California hacia un poblado rural en Arkansas, para ubicarse en una –no muy acogedora- casa remolque, al lado de una enorme extensión de tierra, en la que planea sembrar vegetales coreanos, ante el desencanto y decepción de Mónica (Han Ye-ri), su esposa, preocupada por la lejanía y el aislamiento en que se encuentran.

Mientras Jacob comienza a trabajar su tierra, la pareja debe de seguir ganándose la vida en pesadas jornadas separando pollos de acuerdo a su sexo, mientras los niños recorren los alrededores, adaptándose al nuevo entorno. Sin embargo, los problemas no tardan en aparecer, la superficie no resulta tan fácil de labrar, ni el agua tan sencilla de conseguir.

La acción se desarrolla principalmente en la intimidad del hogar de los Yi, las conversaciones son en coreano. La historia, por lo tanto, se construye de momentos cotidianos, de instantes familiares, de problemáticas diarias y de las rencillas domésticas.

En medio de tantos apuros, el espectador se encuentra compartiendo el punto de vista narrativo del pequeño David, quien con solo 7 años, sufre una afección coronaria que no le permite hacer esfuerzos, jugar o correr como cualquier otro niño de su edad. Desde su mirada, entre inocente y despierta, vamos conociendo y comprendiendo una deteriorada dinámica familiar que se complica aún más con la llegada de su impertinente abuela Soon-ja (Youn Yuh-jung) madre de Mónica.

El principal acierto del filme es precisamente ese: ubicarnos en el lugar del personaje infantil, para así poder ver con sus ojos ilusionados las infinitas posibilidades del sueño de su padre; o con sus ojos curiosos descubrir y explorar el nuevo entorno; con su mirada indiscreta espiar la vejez al compartir habitación con su abuela, pero también con sus ojos tristes y preocupados observar el creciente desacuerdo y distanciamiento de sus padres.

Sin duda es David el eje narrativo y el detonador emotivo de Minari, que nos regala momentos entrañables y jugosos diálogos, y nos permite a la vez dimensionar que lo que está en juego en esta historia se halla cargado con el peso de los sueños, la esperanza y la desaliento de saber que no siempre resultan las cosas como se deseaba.

El argumento de Minari despliega tintes autobiográficos, comunes a la propia experiencia de Chung como hijo de inmigrantes coreanos, que tiempo atrás tuvieron que adaptarse a la vida y cultura estadounidenses, dejando atrás su propia tierra en busca de un futuro mejor prometido por el ideal del “sueño americano”, realidad compartida con tanta gente envuelta en una dicotomía de ilusión y nostalgia. Chung logra un apreciable concepto visual y una fotografía notable, a cargo de Lachlan Milne.

Destacan especialmente los tonos cálidos de los paisajes, los interesantes encuadres de las parcelas de tierra trabajada, o la iluminación que acentúa el brillante color verde de la naturaleza, acompañando con su belleza a Minari, y transmitiendo a la vez, la esencia de un mensaje universal, tan dulce como melancólico, tan adorable como trágico, tan emotivo como estremecedor.

Celia Sutton

Comunicóloga y Maestra en Humanidades.

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