Lo que importa es el misterio: a propósito del documental Cordelia Urueta, de Jaime Kuri Aiza

Por Amelia González |  @AmeliaBacana

El sonido estridente que abarca toda la pantalla. Pareciera que el sonido en este documental tiene una tendencia hacia lo plástico, lo tangible. Una estructura -comprendemos de inmediato que de grandes magnitudes- parece respirar ante el espectador. Todo es una evocación sonora. En este documental los ruidos y las imágenes parten y terminan en un continuo juego de provocaciones distorsionadas, como un sueño que seduce y nunca se concreta en su forma definitiva.

Posteriormente, la cámara lentamente se desplaza por el cuerpo de este objeto de metal. El sonido crece y poco a poco nos encontramos frente a imágenes de fragmentos diversos: clavos, trozos de otros materiales, tornillos. El ruido se mantiene estable en su magnitud. Todavía parece que la gran estructura de metal respira. De pronto surge la artista, pero no podemos verla todavía en un tradicional primer plano: primero observamos sus pies desplazándose por el espacio de la gran estructura. Ahí entonces el ruido que emulaba una respiración se contiene y brotan desde él las siguientes palabras: “El arte es como la vida, siempre estamos dentro del misterio y es un conflicto esto también. Un conflicto entre el mundo exterior que es muy brutal y agresivo y la sensibilidad propia”. En ese instante vemos de frente a la pintora Cordelia Urueta. Usa unos lentes de gran armazón blanco y lleva los labios rojos. Todo en ella expresa color.

Pintora de luna (1952) – Cordelia Urueta

Este cortometraje/documental, titulado sencillamente Cordelia Urueta, fue dirigido en 1980 por el cineasta Jaime Kuri Aiza. El documental forma parte de una trilogía conocida como la “Trilogía plástica”. En ésta, el director construye un tríptico cinematográfico basado en algunas personalidades de la pintura mexicana: José Clemente Orozco, Dr. Atl y la mencionada Cordelia Urueta. Al director de esta trilogía le interesaba construir una suerte de ejercicios cinematográficos que, a su vez, conjugaran elementos vinculados a otros tipos de arte. La Trilogía plástica no consiste en documentar tradicionalmente la vida y obra de estas personalidades, sino que pretende expresar una perspectiva libre -y también bastante arriesgada en cuestiones de montaje cinematográfico- de cómo Kuri concibe la creatividad artística en estos personajes. 

En esta trilogía resalta particularmente el documental dedicado a la pintora mexicana Cordelia Urueta (1903-1995). Sobresale por diversas razones, pero sobre todo porque funge como un testimonio privilegiado e íntimo sobre el proceso creativo de esta artista que, aunque no ha sido tan valorada dentro del arte de nuestro país, logró exponer su obra en algunos de los museos más grandes del mundo. 

Este ejercicio fílmico nos permite (re)conocer a Urueta a través de sus propios ojos: a veces la vemos dentro de unos límites definidos, incluso bastante estrechos; pero, también de pronto se desvanece ante nuestra mirada, como en un territorio de sueños muy cercano a su pintura.

En este cortometraje podemos conocer el proceso creativo y vital de la artista mexicana. El director parece haber tenido interés en emular en la forma de su documental la esencia de la obra de la pintora: así como en la pintura de Urueta, también en este documental las imágenes se desdibujan en sus límites a ratos; pero, después se aclaran y se tornan contundentes. El arte imita al arte. 

A lo largo de los veinticinco minutos de documental, Cordelia Urueta dialoga con el espectador y consigo misma. Pero, la forma en que lo hace no remite a la típica entrevista, sino que parece más bien jugar con esa idea del hablar en voz alta. Hay un tono confesional en el discurso de este documental. A veces el espectador siente que la pintora se dirige a él, pero de pronto pareciera que no busca dirigirse a nadie sino a sí misma, en un amplio y lúdico flujo de pensamiento porque “para saber expresarse, también es importante saber pensar”, como dice en una de las frases de este documental. 

Cordelia Urueta  ©IMCINE

Así, en medio de la intimidad que van gestando las palabras, los sonidos estridentes continúan a lo largo del recorrido fílmico. Los ruidos nunca se callan, acompañan a cada instante lo que vemos. Sin embargo, resulta paradójico que no trastoquen al espectador y que hasta lo motiven a escuchar más a través de ellos. Este documental no se apoya ni en la música ni en los sonidos incidentales. Su búsqueda sonora es otra: posiblemente el director ha querido explorar también las potencias creativas de los ruidos o quizás -siguiendo las palabras de Cordelia Urueta- estos ruidos molestos imitan a esa realidad exterior molesta y amenazante. Mientras los sonidos crecen, la pintora va jugando con una variedad de pigmentos en sus lienzos. “Los símbolos surgen solos y después penetró en ellos”, apunta Urueta a través de una voz en off. 

Kuri ha logrado crear un complejo retrato de Urueta: por un lado, su documental deambula todo el tiempo con esa dupla del arte llamada contenido y forma; y, por el otro lado, al terminar de ver el documental comprendemos que lo visto no es solamente un registro visual de la pintora en su estudio. La labor de Kuri es más bien una interpretación muy personal del ángulo de visión desde el cual Cordelia Urueta miraba el mundo. En este documental se espejean dos maneras de hacer arte. 

Al final, en medio de ese juego que no logramos comprender si es un soliloquio que hemos espiado o si verdaderamente presenciamos una voluntad de diálogo, Cordelia Urueta se burla al autodefinirse: evoca una serie de personajes ricamente femeninos para asegurar que su habitar en el mundo no es nuevo y se renueva a cada instante. Pareciera sugerir que su esencia perdurará en otras posibles vidas, como ya ha sucedido antes. Los límites entre lo evidente y lo onírico vuelven a desdibujarse (como ya se han desdibujado a lo largo de todo el documental) a través de una saturación sonora: es la propia risa burlona de la pintora lo que ahora llena toda la pantalla. “No estoy sola al pintar, la soledad viene después. Los colores y las formas son una compañía maravillosa”.

Amelia González

Estudié literatura. Amo profundamente la lectura y el sencillo acto de compartir con otros lo que nos provocan los libros. Me interesa la comunicación, en todas sus vertientes. Le tengo, también, un profundo y sincero amor al cine. Veo de todo. La escritura y el pan dulce son mi terapia. Ah, también preparo unos cafés muy ricos. 

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