Review: Pienso en el final y las metaficciones del cine de Charlie Kaufman

por Daniela García Juárez | @danigcjrz

Después de ver la última película de Charlie Kaufman, Pienso en el final (2020), la figura de su autor rondó por mi mente durante varios días, mientras crecían en mi cabeza fuertes sospechas de una tensión inseparable entre él y su obra. Había algo que se sentía profundamente honesto y vulnerable en aquello que había presenciado, algo “autoral” más allá de un sello inconfundible a nivel cinematográfico, de un juego con la forma y el fondo o de un reinvento radical del género. Era como si acabara de husmear dentro de la mente de alguien, y no de Jake –el protagonista–, como lo apuntan muchas teorías, sino del mismo Kaufman. Lo interesante de esta sensación extraña de “estar dentro de la mente de alguien” es que fácilmente recuerda a una trama parecida en una película escrita por el mismo Charlie Kaufman: Siendo John Malkovich (1999).

Esta historia se caracteriza porque sus personajes tienen la curiosa posibilidad de acceder mediante un portal a la mente del actor John Malkovich, y vivir la vida a través de sus ojos. Quizá por necedad mía, a negarme a ver esa relación como una simple coincidencia, hallé ciertas similitudes en las tramas de sus demás obras, tanto en las que ha trabajado como guionista hasta las 3 dirigidas por él. Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos (2004) es una película que transcurre dos de sus tres actos dentro de la mente –tal cual– de Joel, el protagonista, mientras recibe un tratamiento “médico” para borrar sus recuerdos; El ladrón de orquídeas (2002) es una metaficción  cuyo personaje principal es el mismísimo Kaufman, intentando escribir una adaptación de un libro sobre el cual estamos viendo la película, por lo que, de manera menos literal que las otras, somos espectadores de su proceso creativo privado y voyeurs de su debraye mental, lleno de ansiedades, miedos y fantasías; Sinécdoque, NY (2008), su debut como director además de guionista, es una obra donde destaca el realismo mágico, manteniendo a sus espectadores siempre en el límite entre lo real y lo irreal, siendo partícipes de una existencia deformada y borrosa en la que reside su protagonista, Caden, un hombre apesadumbrado por el pasar de la vida y la muerte; en Anomalisa (2015) parecemos estar dentro de la pesadilla de Michael, un hombre atormentado por la ilusión de que todo el mundo es una sola persona menos él, pudiéndose relacionar con el síndrome de Fregoli, que comparte las mismas características de lo que vive este sujeto, otra vez, en una versión deformada de la realidad; y finalmente, la reciente Pienso en el final, cuya relación con la mente es menos textual en un primer instante, pero se vuelve apremiante cuando surge la inevitable pregunta ¿es todo lo que acabamos de ver una simple fantasía del protagonista?

I’m Thinking of Ending Things (2020)

Tras hacer este repaso por la filmografía de Kaufman, ver que el personaje protagónico de Pienso en el final sea una mujer, resulta extraño e inconsistente con el resto de sus películas, cuyos protagonistas siempre son hombres –y hombres con características muy particulares que abordaré en un momento–. Este personaje femenino, cuyo nombre no queda claro durante la película, pues cambia de Lucy a Louisa a Lucia en un ir y venir, abre la trama en un dilema contradictorio: quiere terminar la relación con su novio actual, Jake, al mismo tiempo que se dirigen juntos a conocer a los padres de éste. Y es en el trayecto de ida como durante la estancia en la casa, que empezamos a notar bifurcaciones de un plano de realidad a otro. De repente, no sabemos si nos encontramos dentro de un recuerdo, un alucine o un sueño. Y aunque quien narra la película es esta figura femenina, no parece ser una historia sobre su vida, ni suyas las ideas expuestas en sus monólogos mentales, sino de alguien más. 

Entre más se diluyen las diferencias entre Jake y su novia, más somos empujados a germinar la teoría de que estos dos personajes son uno mismo, o que uno es parte del imaginario del otro. Pero, a lo largo de la película, hay un cabo suelto que no es unido a su trama hasta el tercer acto. Paralelo a las acciones experimentadas por Jake y su novia, vemos a un personaje misterioso cuyo trabajo es limpiar una escuela preparatoria, un señor solitario de la tercera edad, que ve películas románticas clichés en sus tiempos libres y observa a los estudiantes con temor y admiración. 

I’m Thinking of Ending Things

Después de su estreno, surgió la popular intención de parte de los espectadores por analizar la película a un nivel principalmente narrativo, buscando unir los puntos inconclusos y resolver el misterio. Muchos apuntan que, en efecto, se trata de una distorsión de la realidad experimentada en la mente del conserje misterioso, y que Jake y la chica sin nombre son proyecciones fantasiosas dentro de un sueño a mitad del día. Esta popular hipótesis generó impresiones divididas. Por un lado, están aquellos que se quejan de la falta de claridad y confusión a la que se presta la película, en un tenor más bien incómodo y aburrido. Otros, apuntan a este giro de trama como lo más sustancial que posee, encasillándola al tipo de thriller psicológico que plataformas como Netflix estarían más que dispuestas a vender. 

Personalmente, considero que quedarse con este tipo de respuestas, tratándose de un autor tan desafiante y personal como lo ha sido Kaufman en el pasado, es incompleto y despoja de complejidad a la historia desde ambos puntos de vista. Parece más bien que la película está construida para trascender la noción de respuestas únicas y tajantes, pero no con la finalidad de una confusión gratuita, sino, al menos desde mi perspectiva, de la metaficción que caracteriza los escritos de Kaufman, en los que es capaz de insertarse a sí mismo dentro de las tramas y llevarnos por un recorrido vulnerable de su idiosincrasia: una carta abierta de sus preguntas existenciales, sus más oscuros miedos y pesares, dispuesto a la desnudez de saberse con la incertidumbre de tener o no las respuestas y de estar en el medio de conflictos sin resolución.   

Synecdoche, New York (2008)

Las similitudes entre la personalidad de Kaufman, –al menos, lo que deja ver en su versión de El ladrón de orquídeas–, y los personajes protagónicos de sus películas son vastas: hombres marginados (por la sociedad o por ellos mismos), recelosos del mundo, inadecuados e incomprendidos, que a su vez sienten una especie de superioridad intelectual, un don de arte que los hace diferentes, y cuya diferencia les provoca fuertes ansiedades sociales y pesares existenciales, hasta recurrir a la fantasía para sustituir aquellas vivencias que sus personalidades no les dejan experimentar y desenredar nudos imposibles en la vida real.

En Siendo John Malkovich, Craig, el protagonista, empieza a vivir su vida a través del envase del actor, sólo así puede tener éxito, reconocimiento, fama, y a la mujer de sus sueños; en cambio, siendo él mismo, es desplazado y lo pierde todo. En El ladrón de Orquídeas, el personaje de Kaufman fantasea constantemente con el reconocimiento y admiración de las mujeres en su vida, y solo puede obtenerlo hasta que se despoja de su personalidad y se adapta al entorno que lo margina. En Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, Joel enfrenta sus conflictos con Clementine, su ex pareja sentimental, cuando se encuentra dentro de su mente reviviendo sus recuerdos, pero no en la vida real. En Sinécdoque, NY, Caden recrea su vida a través de una macro obra de teatro que nunca se presenta ante un público, sino que se vive al mismo tiempo que su vida, siendo así otra metaficción, y constantemente sus problemas son encarados por los actores que performan de él y sus seres queridos. En Anomalisa, Michael evade su realidad, –no queda muy claro si lo hace voluntaria o involuntariamente– distorsionándola de una manera en que no puede conectar con nada ni con nadie, por lo que vive apartado del mundo, en una pesadilla constante. 

Being John Malkovich (1999)

El mismo Kaufman, en diversas entrevistas y pláticas, ha optado por tomar a sus inseguridades y miedos de la mano y mostrarlos al público con vulnerabilidad y valentía, dejando ver a través de sí mismo de manera transparente en una especie de búsqueda por quitarse de encima las cosas que lo atormentan, poniéndolas allá afuera, como Caden, en Sinécdoque, NY. Algo parecido podemos notar en sus películas, es como si, cada vez que podemos ver dentro de la mente de uno de sus personajes, como sucede en las tramas, también estuviéramos dando un vistazo directo a la mente de su autor. Es el conjunto de este elemento narrativo, los viajes a la psique, y su capacidad de autorreferencialidad y honestidad al escribir sus historias, que hacen de sus películas, más que biográficas, metaficcionales. 

En el caso de Pienso en el final estamos ante una de sus metaficciones más ingeniosas, parecido a lo que hizo con Sinécdoque, NY. pero con más misterio que ésta. Aunque conserva el formato de situar la trama entre la fantasía y la realidad, realmente no hay manera indudable de encontrar el lugar donde la fantasía empieza y termina, como el portal mágico de Siendo John Malkovich o la práctica de borrado de memoria en Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos. En las tres películas que ha dirigido, Kaufman huye de ese tipo de explicaciones, que independientemente de su nivel de lógica, podrían ser reconfortantes para las y los espectadores, pero limitantes en sus posibilidades retóricas. Y es a través de esa decisión, que Pienso en el final se expande en sus juegos visuales y literarios, abriendo las puertas ante una cascada de temas y símbolos superpuestos unos con otros, sin crear un resultado final digerible y conciso sino existiendo bajo sus propios términos y configurando su sentido a partir de sí misma. 

Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004)

Estamos ante una historia sobre la memoria, el recorrido de una vida con pesares, arrepentimientos y heridas abiertas. Sobre las contradicciones internas y la cultura que nos nutre y nos transforma. A momentos Jake funge como la autocompasión y a veces como el rencor, a veces la chica sin nombre es un sueño idílico de la autorrealización como persona: representa reconocimiento, amor romántico y estabilidad y otras, es la cruel realidad, el recordatorio del error fundamental que llevamos dentro, de la forma en que no pertenecemos, cuando en muchas ocasiones es lo único que quisiéramos hacer. Es de todo y de nada. Como la vida, al menos según los ojos de Kaufman. Y eso es parte de  lo maravilloso de su cine, que por más autorreferencial que sea y lo egocéntricos que parezcan sus personajes, al final nos habla desde un sinfín de voces y experiencias que nos conectan con lo más profundo de nuestras historias personales humanas. 

Kaufman es un escritor honesto respecto a los profundos defectos de sus personajes masculinos, seres atrapados en su propia miseria, incapaces de ser héroes de la historia y tener arcos triunfantes, pero no los victimiza, pues reconoce sus deficiencias y las juzga, con la misma sutileza y contradicción con las que se ejerce la autocrítica. Llevó este ejercicio a sus últimas instancias al escribirse a sí mismo, literalmente, en El ladrón de Orquídeas, en medio de la angustia y la inseguridad al intentar realizar ese mismo guión que estábamos viendo en pantalla. En sus otras películas, la culpa de los malestares que caracterizan a los protagonistas muchas veces caen sobre sus propios hombros. Son conscientes de sus tragedias autoinflingidas, frecuentemente acaban solos y las mujeres, llenas de vida y autonomía, son el recordatorio de aquello que está mal en ellos. En Pienso en el final, la protagonista es quien le muestra a Jake sus ingenuidades y equivocaciones, incluso tratándose de rasgos profundos de su construcción identitaria, como sus opiniones de cine, poesía y diversos elementos de la cultura popular y el arte. Es como si Kaufman se juzgara a sí mismo antes de que lo hagamos nosotros y utilizara ese proceso para exponerse por haberse juzgado. Un maestro de la metaficción, que logra esto despojado de pretensiones y lleno de vulnerabilidad como herramienta discursiva. 

“Someone has to be a pig infested with maggots” – Pienso en el final, 2020. 

Después de reflexionar, concluí que realmente no puedo saber con certeza si los personajes masculinos de Kaufman sean una representación de él y sus múltiples facetas, o si el de las mujeres en sus obras, un reflejo de añoranzas, recelos y golpes de realidad. Como Kaufman, haré uso de la metatextualidad para referir a lo difícil que fue escribir sobre este director, sin casarme con mis suposiciones sobre  qué tan autorreferenciales puedan ser sus obras, o si el proceso creativo era incluso parte de una metaficción similar al que vemos en Sinécdoque, NY, en el que el protagonista vive a través de su arte. Aunque son posibilidades coherentes y añaden un misterio interesante a la figura de Kaufman como creador, creo que me quedo con la idea sola de que sus películas, por más enredadas, y fantasiosas que sean, no apelan a la confusión barata ni a un rompecabezas cliché para entretener mentes intelectuales, sino a la conexión que se pueda generar entre el autor y sus espectadores a través de la franqueza. 

“Me he escrito a mí mismo en el guión. Es autoindulgente. Es narcisista. Es solipsista. Es patético. Yo soy patético” – El Ladrón de Orquídeas, 2002.

undefined Daniela García

Comunicóloga en proceso y muchas otras cosas más que me gusta empezar y a veces terminar. Primero están mis amigos, después el cine y luego todo lo demás.

 

Un comentario sobre “Review: Pienso en el final y las metaficciones del cine de Charlie Kaufman

  1. Felicidades, muy buen texto. Es difícil escribir sobre Kauffman. En Pienso en el final, quise entender por momentos que el personaje masculino principal se descrifra y al mismo tiempo se construye y destruye en la protagonista. Ella es quien le da vida, lo crítica, lo alienta, le da estatus, poder y sin ella no es nada. Creo que para Kauffman, sus personajes masculinos necesitan la aprobación de una mujer, y sin ella se pierden.

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