Review: Overseas

Por: Pamela Guzmán | @pammgs

Yoon Sung-A, en su segundo largometraje, Overseas, narra una (de las muchas) realidad invisibilizada en el mundo occidental, la trata legal de trabajadoras domésticas. 

En el mundo moderno, no basta con presentar tu solicitud para hacer labores de limpieza (un trabajo que los ricos nunca quieren hacer ni para sí mismos) en hogares ajenos; existen casas de adiestramiento, en donde no sólo se enseña a limpiar mejor, colocar la vajilla de forma correcta o ser sumisa y obediente mientras se habite la vivienda, sino a cómo comportarse frente a los posibles escenarios que se puedan presentar con los empleadores: acoso o abuso sexual, intimidación, maltrato físico o psicológico, etc. Entre las reglas de comportamiento se encuentra “no llorar delante de ellos”, para no mostrar debilidad, mientras la primera de las normas es pensar que, ante a cualquier intento de deserción, “la familia que las espera en casa necesita este dinero para comer y vivir”. 

Así, el filme retrata a mujeres que han migrado desde distintos países hasta Filipinas para recibir este entrenamiento y certificación, convirtiéndose en simple mercancía para los más ricos del mundo, quienes olvidan que también son personas. Irónicamente, es el presiente de este país quien las ha nombrado como heroínas, debido a que se sacrifican a sí mismas en busca de mejores oportunidades y condiciones de vida para los suyos. Pero ellas tienen muy claro por qué se les considera de esta manera: llevan dólares a Filipinas por un trabajo que se realiza fuera de ahí, “héroes de la economía”. 

Yoon Sung-A nos muestra el lado humano de las trabajadoras domésticas que reciben esta formación, aquellas que, saliendo de ahí, sólo son un objeto más (cuya función es servir a quien tiene para pagarlo). Dentro del centro de adiestramiento, podemos ver cómo estas mujeres construyen comunidad. Las que tienen experiencia cuentan sus vivencias y consejos, otras tantas platican sus sueños personales y profesionales, deseando que algún día puedan cumplirse, pero sabiendo que jamás se harán realidad. Este lugar, la antesala del infierno capitalista, se convierte en un espacio para aprender a obedecer y servir, pero también crea hermandad y empatía entre compañeras. Es un sitio en el que pueden despedirse de sus emociones, gustos, tiempos libres y hasta de sus difuntos que llevan siempre en el corazón; porque aquel lugar al que van ahora, no se les permite siquiera extrañarles, pensarles ni sentirles.

Uno podría imaginar que es la esperanza lo que las mantiene con esa fuerza y determinación, pero es en realidad el amor a sus familias.

El desplazamiento forzado al que se han visto obligadas a vivir, es sólo un castigo más para la gente pobre, porque no se puede imaginar a una familia rica sin trabajadoras domésticas. 

Pamela Guzmán
Literata e investigadora social de la Ciudad de México.

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