Essay: La puesta en escena de la(s) fragilidad(es)

Por Julia Bonetto | @juliebonet

La única cosa segura acerca del clima es que cambia. REBECCA SOLNIT, Una guía sobre el arte de perderse

Cientos de post it pegados en la pared de una habitación; corte, una chica con el pelo rosa espera un taxi en una calle de Italia, inquieta, fuma un cigarrillo; corte y título: I May Destroy You

Este ensayo no se trata de la serie escrita y protagonizada por Michaela Coel, pero sí sobre lo que vi en la serie y sobre lo que me llevó a pensar y preguntar. En esos capítulos había una banda sonora que reverberaba en cada plano, que me hacía bailar; colores contrastados como vórtices de luz que seguían el beat de la música, una Londres trash, nocturna y oscura donde se encuentran tres amigos que lidian con las violencias, con las contradicciones, con sus propias guerras y ponen en escena sus fragilidades, y también sus capacidades para no decir, para hacer daño, para destruir. 

Creo que la última vez que ví algo que me haya conmovido tanto fue el año pasado, en los meses finales de eso que parecía algo más feliz que lo que vendría después, ahora, en 2020. Creo que fue Fleabag. No, no es que creo, fue, fue Fleabag. Desde ahí no vi muchas más cosas que me movilizaran, que me hicieran pensar. 

Por eso, quiero tomar el título de la serie de Coel para el ensayo, para las preguntas de este ensayo: ‘I May Destroy You’ se traduce al español en algo así como ‘puedo destruirte’. Sí, yo también como mujer puedo generar dolor, destruirte y destruirme, mostrarme vulnerable, con grises, vacilante. Y, creo que -sin pretensiones de parásita ilustrada- esto es la punta del hilo de oro de este ensayo.

HBO, 2020

Es abundante y extensa la literatura acerca del proceso de estetización y desestetización feminista de la pantalla. Sobre todo, aquella que hace hincapié en el desafío discursivo que supone perturbar la continuidad de un relato y filmar cuerpos femeninos que no se constituyen como objetos eróticos. Pienso, por ejemplo, en el artículo emblemático escrito por Laura Mulvey para la Revista Screen en 1975, Placer visual y cine narrativo, que descansa en la tesis de que el cine clásico alinea la feminidad con la reproducción social y la pasividad, y la masculinidad con la actividad y la esfera de la producción. También, pienso en La mujer y el cine, de Annette Khun (1991), donde se plantea una pregunta que no pierde contemporaneidad: el feminismo de una obra, ¿está ahí por las características del autor, por ciertas características de la obra o por el modo en que ‘se lee’? 

Textos que marcaron formas de pensar el cine hecho por mujeres y que aún hoy tienen vigencia porque sirven para acercarnos a una película o a una serie y también porque siguen teniendo utilidad política. Es decir, un poco en connivencia con lo que apunta Teresa de Lauretis en Alicia ya no (1992): existe allí un deslizamiento del significado entre lo subjetivo y lo social que se estructura históricamente además de horadar ideológicamente sobre el espectador-sujeto. Estos textos también horadan, y su lectura se vuelve imprescindible para reflexionar sobre cierto cambio en cómo escribimos, filmamos y vemos las representaciones de las mujeres en pantalla y detrás de la cámara, claro. 

El cine es una fuerza persuasiva, no es un espejo o un instrumento neutral, sino que articula el imaginario individual y social en un entramado de relaciones que producen, autorizan y regulan tanto al sujeto como a las representaciones. En este sentido, la teoría no se despega de la práctica; en los últimos años, la industria audiovisual abrió más el espacio para las historias creadas y protagonizadas por mujeres en un intento por aggiornarse con los movimientos y teorías feministas del Siglo XX. Esto no es total pero sabemos que, en paralelo al advenimiento de una nueva ola feminista en el Siglo XXI, las producciones audiovisuales sembraron condiciones institucionales de recepción y distribución de películas y series capaces de representar sujetos femeninos ya no como objetos de deseo masculino sino como sujetos con prácticas heroicas: mujeres que no necesitan nada, que pueden solas. 

HBO, 2020

Se manifiesta así un fenómeno curioso en esta “tendencia” política y mercantil en el seno de la industria: la peligrosa reducción del espacio para la puesta en escena de personajes femeninos con matices. Lo vemos una y otra vez, y nos damos cuenta de la circunscripción hacia películas o series donde las mujeres aparecen como heroínas con particularidades y caracterizaciones que -en lugar de representarlas- se acercan a una posición subjetiva sin fisuras, a extremos que parecen marcar el binarismo mujer frágil-mujer heroína. 

Esa mutación es visible y sin dudas merece una celebración, un reconocimiento, una esperanza porque también implica hacer(nos) lugar en un universo laboral mayoritariamente masculino. Quizá este fenómeno tenga que ver con una demanda epocal de los espectadores o con una inquietud “ideal” de las mujeres que hacemos cine. No lo sé. Creo que esto es un hecho reivindicativo -con límites y limitaciones- que abre la pregunta sobre si esa demanda epocal se ha transformado en una necesidad mercantil, en un sí a la reproducción de obras audiovisuales que ponderan personajes en los extremos por sobre otras obras que muestran la capacidad de hacer y sentir de las mujeres de otra manera, que abren el espectro, que hacen cuerpo la diversidad de miradas, que no etiquetan. Como dice Sontag en Contra la interpretación (2008), “El estilo es el principio de decisión en una obra de arte, la firma de la voluntad del artista. Y, como la voluntad humana es capaz de un número indefinido de posiciones, existe un número indefinido de posibles estilos para las obras de arte”. Pero, a riesgo de proponer una hipótesis ridícula, las convenciones artísticas pueden cercar los espacios y los estilos en lugar de abrirlos a otros modos posibles de narrar las historias de mujeres en el cine. 

Entonces creo que, la emergencia actual supone crear un espacio que represente la escucha, que cuente lo que se ve y lo que se percibe cuando, como mujeres, miramos para adentro, que plantee el problema acerca de cómo decir “nosotras” y resquebraje aquellas reglas artísticas que se están imponiendo en la actualidad. Quizá sea más interesante valorar la experiencia de nosotras como una sensación en sí misma, en la pantalla y fuera de ella, y ver cómo produce una infinidad de invenciones discursivas, como los fuegos artificiales cuando estallan y siembran un bosque de luces en el cielo. 

***

Una chica almuerza con su mejor amiga, corte; a esa chica se le vienen imágenes a la cabeza de cuando fue violada, corte. La amiga le pregunta si entregó el borrador de su próxima novela, ella dice que sí y miente. Corte y título: I May Destroy You.  

En la serie, luego de ser violada y abusada sexualmente, Arabella se lleva puesto el mundo en busca de justicia y, con eso, se lleva puestos a otros a su alrededor. Ahí, hay una fuerza que convoca a devastar un entorno privado y público; una fuerza que, por “empoderar” (pongo esa palabra entre comillas porque me hace ruido), también puede causar soledad, daño y algo parecido a “en nombre del bien” o “por el bien de todas”. 

Lo más brillante de la serie es que pone en pantalla ese accionar para interrogarlo y, con eso, ir más allá: ¿qué significa no poner en escena la fragilidad que se esconde detrás de esa fuerza arrolladora?, ¿cómo mostrar la contracara endeble, hiriente y auténtica de las mujeres en pantalla?, ¿cuál es la recompensa de ese yo transformado que pendula entre la fragilidad de la protagonista y su capacidad de agencia?, ¿qué implica mostrar personajes femeninos que causen dolor, que desobedezcan sin llevar la capa de la mujer maravilla?

En Una guía sobre el arte de perderse (2020), Rebecca Solnit dice, “El mundo es azul en sus extremos y en sus profundidades. Ese azul es la luz que se ha perdido. La luz del extremo azul del espectro no recorre toda la distancia entre el sol y nosotros. Se disipa entre las moléculas de aire, se dispersa en el agua. El agua es incolora, y cuando es poco profunda parece del color de aquello que tiene debajo. Cuando es profunda, en cambio, está llena de esa luz dispersa; cuanto más pura es el agua, más intenso es el azul”. Creo que esta metáfora sirve para ir a la profundidad del asunto, la profundidad que implica mostrar lo inconsistente, lo quebradizo de nosotras como mujeres y ponerlo en pantalla, desactivando las operaciones de prohibición de las fragilidades. 

El mundo cambió, cambia como el clima del que habla Solnit, y quizá ya no es imprescindible revitalizar los modos de representación heroica en las mujeres o como meros objetos sexuales, o mejor dicho, revitalizarlos y representarlos en esos extremos del mundo. Quizá sea momento de mostrarnos en esa profundidad para producir nuevos sonidos e imágenes donde los personajes femeninos naveguen en sus grises, en sus azules oscuros fluctuantes, sin la necesidad de censurar la puesta en escena de la debilidad.

¿Acaso nos incomodan estos personajes que languidecen? Quizá sea momento de que al poner play a ciertas representaciones de las mujeres en pantalla, no veamos a la llorona con tetas y curvas o a esa señora de overol que puede con todo, sino que se produzca algo que se pueda ver y oír por fuera de los extremos, algo que esté en ese entre que contiene dos extremos, en ese entre cercanías y distancias

***

Ego Death Bar se refleja en la puerta de un vidrio esmerilado. Esas dos amigas están tomando algo. Ya pasaron varios meses. Arabella tiene la cabeza rapada ahora y reconoce a su abusador desde la mesa del bar. De nuevo, la mente le proyecta las imágenes del lugar donde sucedió todo. Flashbacks, brindis, taxi, baño, los ojos grandes bien abiertos. Corte y título: I May Destroy You. 

El lenguaje audiovisual no es inocente. Al contrario, produce prácticas discursivas que se sitúan en espacios y tiempos determinados. Prácticas que forman un caminito en el pasto salvaje, que de tantos pasos se vuelve tierra, que dibuja un recorrido y que, de repente, parece imposible trazar otro camino. Creo que, sin embargo, en ese camino de prácticas y representaciones que muestran a las mujeres en 2D como heroínas o víctimas, cabe la posibilidad de perderse y andar los territorios del deseo de hacer cine para encontrar otras formas de narrar, otras formas de decir(nos) que impliquen piruetas retóricas, que interroguen, que hagan cuerpo a mujeres nómadas, mutantes, y pongan en escena la multiplicidad de apropiaciones, de maneras de filmar la naturaleza delicada de la condición humana porque ciertas convenciones, reglas del arte, nos pueden asfixiar. 

Playlist de I MAY DESTROY YOU

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Julia Bonetto:
Filmo, escribo y juego. Me encanta andar en bicicleta.

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