The Final Cut: Resistencias contraculturales y cine: un contraste entre Ema y Ya no estoy aquí.

por Daniela García Juárez | @danigcjrz

De las cosas buenas que me ha dejado esta cuarentena, una ha sido la oportunidad de ver la exhibición en streaming de dos películas sumamente sonadas en el circuito festivalero (en un caso internacional y en el otro nacional) y controvertidas en la representación de sus discursos: Ema de Pablo Larraín y Ya no estoy aquí de Fernando Frías de la Parra. Ambas contienen tramas que retratan a distintos movimientos contraculturales latinoamericanos con miradas hacia sus fuerzas revolucionarias y presencias sociales en sus contextos respectivos, pero que distan mucho una de la otra en el fondo y la forma de sus discursos. A continuación, desarrollaré un análisis personal sobre esta discrepancia.

Ema cuenta la historia de una mujer homónima que baila reggaetón por las calles de Valparaíso, se acuesta con sus amigas, amigos e intereses románticos, indistintamente, y goza de incendiar cosas por las noches (o prender fuego nada más por que sí, al parecer), todo mientras sufre el duelo de una pérdida maternal, buscando hacer catarsis de sus emociones y recuperar algo de lo perdido mediante las prácticas antes mencionadas. La película maneja una serie de subtextos bastante claros y, hasta cierto punto, tajantes y unívocos. El autor chileno asegura que su película busca reflexionar alrededor de una generación a cual no pertenece, y que por lo tanto no termina de entender, pero que, por ese mismo desconocimiento, le atrae. Él mismo declara en entrevista para el sitio de streaming, Mubi, que el uso del reggaetón como uno de los símbolos discursivos más importantes en la trama surge de la especulación e investigación junto con el compositor oficial de la cinta, Nicolas Jaar, del género musical más escuchado por los jóvenes. Desde ahí, podemos notar una separación innegable entre el autor y su objeto de estudio, lo cual, en primera instancia no es reprochable ni tendría porque demeritar la fuerza de su discurso, sin embargo, crea y refuerza una amplia distancia a lo largo de su desarrollo.

Algunas interpretaciones que se le ha dado a los símbolos dentro de la película, por parte de la crítica especializada y algunos sitios periodísticos, y que se relacionan con lo que el mismo Larraín ha dicho sobre ella, son: la mujer como emblema de la liberación, representación de una generación libre, portadora de un espíritu revolucionario al ritmo del reggaetón; el baile como acción política y libertaria, redención, manifestación social, desobediencia y moda; la música, más específicamente, al reggaetón, como mecanismo emancipador, vehículo para la liberación y bofetón a la progresía; y por último, el cuerpo como medio de expresión. El conjunto de estos elementos se traduce en una postura feminista (aunque Larraín no use este término por sus condiciones creadoras pero sí lo describa en sus intenciones creativas), anárquica y marginal, que busca reivindicar los valores de la mujer “ideal” y “patriarcal”, mediante un personaje que deconstruye los estándares sociales impuestos para dar pie a una expresión fluida de su sexualidad, toma de espacios públicos masculinizados, reclamo de un nuevo tipo de familia y revalorización de su tribu conformada por mujeres. El desarrollo anterior suena bien en teoría, pero en la práctica se da varios tropiezos sobre sí mismo.

Hablemos de la postura que toma la película sobre la “reivindicación de la mujer” (por evitar decirle feminista, como Larraín lo ha preferido). Debo decir que Ema, más que una reflexión acerca de la liberación femenina por medio de la apropiación de del cuerpo propio hacia la del espacio público (la calle), parece más un statement que una reflexión, una declaración concisa y poco abierta al juego entre símbolos y re-interpretaciones de los significados (basta ver una entrevista con el director en la cual se crispa al momento que desafían sus concepciones personales sobre el personaje mismo). En otras palabras, es la perspectiva de un hombre mayor (o varios) sobre cómo se liberan las mujeres jóvenes chilenas a través del reggeatón y la danza callejera, con poco interés en entender a profundidad la verdadera fuerza revolucionaria del movimiento contracultural que provoca este género en el país y para los actores sociales que representa en su historia (mujeres). Como ejemplo está el hecho de que las únicas canciones de “reggaetón” que suenan en toda la cinta son interpretadas por Tomasa del Real, artista chilena fundadora y representante de una variación del género muy popular en la contracultura latinoamericana, principalmente experimentada y abanderada por mujeres, llamada “Neoperreo”. Pero como bien lo dice la cantante en el cortometraje Hasta abajo (2018), el neoperreo no es reggaetón. Éste nace como un subgénero para poder explicar lo que hacían artistas que no eran de Puerto Rico y que empezaron a hacer un tipo de música que sonaba a perreo pero no era reggaetón, pues surgía de otro lugar y tenía una estética muy específica, una estética del internet como su ‘país de origen’. Parecerá una diferenciación absurda e innecesaria, pero en ella recae un elemento clave en la significación feminista que se le otorga a la música dentro del filme.

Está claro que la postura de Larraín es en defensa del reggaetón ¿pero de cuál? Porque históricamente, aunque Chile ha experimentado su espíritu revolucionario, éste ha tenido más que ver con resistencias estudiantiles y el emplazamiento de la sexualidad en el espacio público, libre, cosa que no ha sido necesariamente en beneficio de la liberación sexual femenina. Lo demuestra muy bien uno de los antecedentes al neoperreo en la propia evolución del reggaetón, en la época de los 2000: el surgimiento y el auge de Ivy Queen. El éxito de su sencillo ‘Yo quiero bailar’ se debió a la necesidad de las mujeres por encontrar su propio espacio dentro de la pista del perreo, territorio no necesariamente masculinizado pero sí de dominio masculino.

Ivy Queen cuenta en el mismo documental que “cuando iba a la discoteca veía que a todas las pretty girls los hombres las agarraban y querían llevarlas a bailar, pero con un contacto agresivo”. Por lo que ella, con sus canciones, propuso una democratización del baile. Algo parecido al fenómeno que describe Tomasa del Real con el neoperreo siendo un género que surge y se comparte por medio del internet.

El neoperreo es entonces la verdadera revolución femenina, la subversión y reapropiación de un género en todos los sentidos: desde su origen creador, dentro de un escenario mayormente compuesto por hombres, pasando por el sentido de sus letras, de autonomía y dominio sexual, hasta la praxis de su baile, de elección, creatividad antihegemónica y consentimiento relacional.

“Es curioso que en canciones donde se habla tan explícitamente del sexo, hoy sean las mujeres quienes bailan todas juntas y sean las que ostentan el alcohol, las drogas y el dinero.” De Neoperreo: La ruptura del reggaetón

Al no dejar clara esta distinción, el discurso de Ema pierde su fuerza revolucionaria, pues el reggaetón como género que se beneficia económicamente de la hipersexualización y cosificación de las mujeres está lejos de ser revolucionario. Ya ni se diga ejemplos más actuales con canciones como ‘Yo perreo sola’ de Bad Bunny que, por un lado, se jactan de ser feministas, utilizando símbolos asociados con el movimiento (la famosa frase ‘Ni una menos’), y por otro, representan versiones hipersexualidadas y erotizadas de las mujeres, cuya única intención es lucrar con un movimiento que no entienden.

Una contradicción parecida al fenómeno que acabo de describir se da en la misma psicología del personaje protagónico. Por un lado, se defiende que Ema es una mujer anárquica, que se aleja de los cánones sociales de la mujer ideal, pues desafía la autoridad de su marido (dentro de la compañía de baile y en el matrimonio), supuestamente la maternidad obligatoria (aunque esté hecho si la atormenta al grado de hacer un plan artimañas para conseguir de vuelta a su hijo), tiene tendencias destructivas, o más bien piromaniacas (porque claro, el fuego, aunque esté fuera de contexto, representa revolución feminista, a.k.a. «¡quemenlo todo chicas!»); y que, (lo peor de todo, en mi opinión) por tener relaciones sexuales con mujeres en fiestas y bajo el efecto de las drogas, simboliza el regreso al estado de tribu y unión femenina. Lo anterior mostrado específicamente en escenas hipersexualizadas saturadas de male-gaze hacia el sexo lésbico. Además de que muchos de estos encuentros, que supuestamente representan la sexualidad fluida y libre de su protagonista, no hacen más que mostrar actos deliberadamente cosificadores y egoístas, pues son un medio para el plan artimaña de Ema, cuyo objetivo es resolver su conflicto interno, usando a todas y a todos a su alcance. ¿Qué tiene de feminista y revolucionario este comportamiento? El lesbianismo no es revolución solo por existir, y el feminismo no busca quemarlo todo para resolver problemáticas personales.

El problema principal que yo noto en este desarrollo es que falla en comprender, tanto a la comunidad a la que retrata, cómo a la contracultura por medio de la cual supuestamente ésta resiste. Y es ahí donde creo que surge un contraste interesante al compararla con la más reciente película distribuida por Netflix Latinoamérica, Ya no estoy aquí de Fernando Frías.

Esta historia revive, de la mano de Ulises, su protagonista, a un movimiento contracultural regiomontano actualmente casi desaparecido conocido como ‘Kolombia’, distinguido por el amor de los jóvenes por las cumbias rebajadas, caracterizado por una serie de códigos de vestimenta, peinado y corporalidad semejantes a la de los cholos estadounidenses y enmarcado por un contexto social de violencia, pobreza y migración. Pero, a pesar de que la postura del director acerca del movimiento cholombiano y su relación con el entorno mexicano también es clara, no es impositiva, sino sugerente y reflexiva. A diferencia de Larraín con el reggaetón y los jóvenes, Frías no busca retratar, a partir de la asunción, a una comunidad que no comprende, sino que, mediante la película, busca comprender a esta comunidad, alejándose así de los prejuicios fáciles sobre el comportamiento de sus personajes, sin quedarse en la simple teorización de resistencias metidas con calzador. Porque en Ya no estoy aquí la resistencia reside en la humanidad de sus personajes, una humanidad negada por un México clasista y racista que les marginó y ridiculizó hasta el punto de su extinción. Y no por tomar este camino disculpa completamente a sus personajes, pues no los deslinda del todo de su inevitable vínculo con la delincuencia, pero en lugar de condenar fríamente este hecho o señalarlo con condescendencia, ofrece una mirada compleja hacia la desigualdad socioeconómica y escasez de oportunidades que viven los jóvenes como Ulises, que en primera instancia no son problemáticos, pero se vuelven, al no quedarles otra opción.

Frías no justifica estos actos, y considero que parte de su postura sugerente permite al espectador sacar sus propias conclusiones sobre la culpabilidad de los personajes, pero siempre diciendo «ey, mira, aquí hay más de lo que normalmente ves, más de lo que podrías pensar a simple vista».

En contraste con el cada vez más popular cine de denuncia mexicano, principalmente aquel que exotiza la pobreza mediante un retrato marginal crudo y pornográfico (la llamada ‘pornomiseri’), la cinta de Fernando Frías nos enseña el otro lado de las clases populares: la complejidad en su cultura y la humanidad en su carácter. La Kolombia regia se muestra como un movimiento germen para la camaradería, la formación de familias callejeras (las llamadas pandillas), el desafío a las normas sociales en su estilo físico, la creatividad, el placer de la recreación y la formación de identidad en un proceso de autoconocimiento; enseñanzas de viva voz de los actores no profesionales que formaron parte del elenco y que, en la vida real, fueron cholombianos.

Ya no estoy aquí no sólo es brillante a nivel cinematográfico, donde el color y el encuadre destacan en su poder simbólico, sobre todo contextual, pero también, y quizá más importante, a nivel discursivo. La mediación entre los elementos que pone sobre la mesa le otorga a su mirada una flexibilidad y una humildad de la que Ema carece, un entendimiento profundo y empático de las relaciones sociales y la resistencia contracultural de las masas mediante la reapropiación de la música y el baile. Como vemos, Ya no estoy aquí formula una premisa muy parecida a esa por la que intenta pronunciarse la película de Pablo Larraín, pero que sin duda alguna, consigue todo aquello que ésta no logró.

VIDEO: Resistencias contraculturales y cine: un contraste entre Ema y Ya no estoy aquí.

Fuentes:

Burstein, S. (2020, 30 mayo). El director de «Ya no estoy aqu» revalida a los «cholombianos» en esta impresionante cinta – Los Angeles Times [Archivo de vídeo]. En YouTube. Recuperado de https:// www.latimes.com/espanol/entretenimiento/articulo/2020-05-29/el-director-de-ya-no-estoy-aqui-revalida- a-los-cholombianos-en-esta-impresionante-cinta

Canal Trece Colombia. (2019, 20 marzo). Tomasa del Real, La Reina del Neo-Perreo | RESONANTES [Archivo de vídeo]. En YouTube. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=HBDTetyeNbY

Chavarro, J.D. (2019, marzo 7). Neo-Perreo: cuando el reggaetón promueve otra forma de mover el culo. Recuperado de https://www.shock.co/musica/neo-perreo-cuando-el-reggaeton-promueve-otra-forma-de- mover-el-culo-ie4516

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Rebolledo, C. (2017, 22 febrero). Cholombianos: la memoria de una cultura inédita y extinta. Recuperado de https://www.chilango.com/cultura/cholombianos-la-memoria-de-una-cultura-inedita-y-extinta/

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undefined Daniela García

Comunicóloga en proceso y muchas otras cosas más que me gusta empezar y a veces terminar. Primero están mis amigos, después el cine y luego todo lo demás.

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