The Final Cut: Resistencias contraculturales y cine: un contraste entre Ema y Ya no estoy aquí.

por Daniela García Juárez | @danigcjrz

Las voces brotan tras el estreno en streaming de Ema (Pablo Larraín, 2020) y Ya no estoy aquí (Fernando Frías de la Parra, 2020). En tiempos inciertos de cines cerrados y pantallas protagonistas, los ojos se mueven con facilidad hacia las representaciones de la vida y sus contrastes, las relaciones humanas como las conocemos y no cómo son en el presente pandémico. Quizá por ello ambas películas han recibido tanta atención, como palomas que se acercan a la luz vamos en búsqueda de rastros de conexión a través de las historias de ficción. En este caso, ambas contienen tramas que retratan movimientos contraculturales latinoamericanos con miradas hacia sus fuerzas revolucionarias y presencias sociales en sus contextos respectivos, pero que distan mucho una de la otra en el fondo y la forma de sus discursos. Aunque ambas imaginan puentes, una lo hace desde la observación y la otra desde la imposición.

Ema cuenta la historia de una mujer homónima que baila reggaetón por las calles de Valparaíso, se acuesta indistintamente con sus amigues e intereses románticos, y goza de incendiar cosas por las noches, mientras sufre el duelo de una pérdida maternal, haciendo catarsis emocional y recuperando algo de lo perdido mediante la explosión y el desacato. Los subtextos son tan claros como tajantes. El autor chileno asegura que su película busca reflexionar alrededor de una generación a cual no pertenece, y que por lo tanto no termina de entender, pero que, por ese mismo desconocimiento, le atrae. Él mismo declara en una entrevista para Mubi, que el uso del reggaetón como uno de los símbolos discursivos más importantes en la trama surge de la especulación e investigación junto con el compositor oficial de la cinta, Nicolas Jaar, del género musical más escuchado por los jóvenes chilenos. Desde allí se descubre una notoria separación entre el autor y su objeto de estudio, distancia que incrementa conforme la trama avanza.

Algunas interpretaciones que se le han dado a los símbolos dentro de la película por parte de la crítica especializada y algunos sitios periodísticos, y que se relacionan con lo que el director ha dicho sobre ella, son: 1. la mujer como emblema de la liberación, representación de una generación libre, portadora de un espíritu revolucionario al ritmo del reggaetón. 2. El baile como acción política y libertaria; redención, manifestación social, desobediencia y moda. 3. La música como mecanismo emancipador, vehículo para la liberación y bofetón a la progresía; y por último, el cuerpo como medio de expresión. El conjunto de estos elementos se traduce en una postura feminista (aunque Larraín no use este término por sus condiciones creadoras pero sí lo describa en sus intenciones creativas), anárquica y marginal, que busca reivindicar los valores de la mujer “ideal” y “patriarcal”, mediante un personaje que deconstruye los estándares sociales impuestos para dar pie a una expresión fluida de su sexualidad, toma de espacios públicos masculinizados, reclamo de un nuevo tipo de familia y revalorización de su tribu conformada por mujeres.

El desarrollo anterior suena bien en teoría, es en la práctica donde se da varios tropiezos sobre sí mismo.

Sobre la postura que toma la película en torno a la “reivindicación de la mujer” (por evitar decirle feminista, como Larraín lo ha preferido), hay que mencionar que más allá de una reflexión acerca de la liberación femenina por medio de la apropiación del espacio público, parece más una declaración concisa y poco abierta al juego entre símbolos (basta mirar una entrevista con el director en la cual se crispa en cuanto desafían sus concepciones personales sobre el personaje que ha creado). En otras palabras, estamos ante la perspectiva de un hombre mayor sobre el cómo y cuándo se liberan las mujeres jóvenes chilenas a través del reggeatón y la danza callejera, con poco interés en entender a profundidad la verdadera fuerza revolucionaria del movimiento contracultural en el país, y como atraviesa a los actores sociales de su historia (las mujeres o disidencias).

Como ejemplo, las únicas canciones de reggaetón que suenan en la película son interpretadas por Tomasa del Real, artista chilena representante de una variación del género muy popular en la contracultura latinoamericana, abanderada especialmente por mujeres, el Neoperreo. Pero como menciona la cantante en el cortometraje Hasta abajo (2018), el neoperreo no es reggaetón. Nace como un subgénero para poder explicar una música de artistas que no eran de Puerto Rico y que hacían algo que «sonaba a perreo pero no era reggaetón», pues surgía de otro lugar y tenía una estética muy específica, una estética del internet. En esta diferenciación recae un elemento clave en la significación feminista que se le otorga a la música dentro del filme.

Está claro que la postura de Larraín es en defensa del reggaetón ¿pero de cuál? Históricamente, aunque Chile ha experimentado un espíritu revolucionario, éste se ha vinculado más con resistencias estudiantiles y la apertura de la sexualidad femenina al espacio público, lo cual no ha resultado en un beneficio inmediato para las mujeres. Uno de los antecedentes al neoperreo en la propia evolución del reggaetón es el surgimiento y el auge de Ivy Queen en los 2000s. El éxito de su sencillo ‘Yo quiero bailar’ se debió a la necesidad de las mujeres de encontrar su propio espacio dentro de la pista del perreo, territorio no necesariamente masculinizado pero sí de dominio masculino. Ivy Queen cuenta en el mismo documental que cuando iba a la discoteca veía que a las mujeres los hombres las agarraban y querían llevarlas a bailar partiendo de un contacto agresivo. Por lo que ella, con sus canciones, propone una democratización del baile que abarcara el sentimiento de las mujeres, y se alineara con la toma del espacio público pero desde un lugar auto dignificante. Música que se compartiera y fuera de todas, todes y todos, antecediendo la libertad que el neoperreo lograría con más contundencia tras la explosión del internet.

El neoperreo es entonces la bandera más cercana a la idea de la revolución sexual femenina en los espacios de baile latinoamericanos, la subversión y reapropiación de un género en todos los sentidos: desde su origen creador, dentro de un escenario mayormente compuesto por hombres, pasando por el sentido de sus letras, de autonomía y dominio sexual, hasta la praxis de su baile, de elección, creatividad anti-hegemónica y consentimiento relacional.

“Es curioso que en canciones donde se habla tan explícitamente del sexo, hoy sean las mujeres quienes bailan todas juntas y sean las que ostentan el alcohol, las drogas y el dinero.” (Ivy Queen en el cortometraje Hasta Abajo, 2018)

Al no problematizar sobre la distinción entre el neoperreo y el reggeatón, el discurso de Ema pierde su fuerza revolucionaria y descubre su falta de inmersión en el público que intenta representar. Lo que conocemos como reggaetón es un género comercial, masculinizado y predilecto en las listas de consumo musical, que se beneficia económicamente de la sexualización y cosificación de las mujeres. Es un concepto muy distante del neoperreo dentro la historicidad del género. En el reggaetón comercial, los artistas se jactan de ser feministas por marketing, utilizando símbolos asociados con el movimiento mientras y los sexualizan, incluso, adscribiéndose esta versión deseada de «la mujer empoderada» de feminismos blancos, pero que continua insertándose en un orden patriarcal y clasista de las cosas. Su única intención es lucrar con un movimiento que no entienden.

Una contradicción que refuerza este error se da en la psicología del personaje protagónico y como es representado. Por un lado, se defiende que Ema es una mujer anárquica, que se aleja de los cánones sociales de la mujer ideal: desafía la autoridad de su marido y la maternidad obligatoria, es iconoclasta, y tiene relaciones sexuales con mujeres en fiestas, deconstruyendo los vínculos, regresando al estado de tribu y unión femenina primigenias (supuestamente). Lo anterior elige mostrarse en escenas rebosantes de male-gaze en su proyección del erotismo lésbico. Además de que muchos de estos encuentros, que supuestamente representan la sexualidad fluida y libre de su protagonista, no hacen más que mostrar actos deliberadamente cosificadores y egoístas, pues son un medio para un fin en el plan artimaña de Ema, quien usa a los demás para resolver suss conflicto interiores

Larraín falla en entender que la disidencia sexual no es revolución por sí sola si está enmarcada en los límites del amor romántico y sus violencias, y que el feminismo no busca «quemarlo todo» para resolver problemáticas personales. Ema es entonces una mujer que no habita y resuena con su presente histórico, sino en la fantasía de un hombre que la mira solo de reojo, a través de sus gafas hegemónicas.

El problema principal que percibo en este desarrollo es que falla en comprender, tanto a la comunidad a la que retrata, como a la contracultura por medio de la cual supuestamente ésta resiste. Y es ahí donde cobra sentido la comparación con Ya no estoy aquí.

La historia de Ya no estoy aquí revive, de la mano de Ulises (Daniel Garcia Treviño) a un movimiento contracultural regiomontano actualmente casi extinto, conocido como ‘Kolombia’, distinguido por el amor de los jóvenes de las periferias de Monterrey a las cumbias rebajadas, y caracterizado por una serie de códigos de vestimenta, peinado y corporalidad semejantes a la de los cholos estadounidenses, enmarcado en un contexto social de violencia, pobreza y migración. En esta película, la postura del director acerca del movimiento cholombiano y su relación con el entorno mexicano también es clara pero nunca impositiva. Se queda en lo sugerente, en la observación reflexiva, que da lugar a preguntas y se reconoce como ente que mira. A diferencia de Larraín, Frías no busca retratar a partir de asunciones a una comunidad que no comprende, al revés: es mediante la película que busca comprender a esta comunidad, alejándose así de prejuicios fáciles o quedándose en la elaboración floja de tesis sin sustento.

En Ya no estoy aquí la resistencia es la humanidad que se vislumbra en sus personajes, incomprendidos pobladores de uno de los estados mas racistas del país, a quienes les marginó y ridiculizó al punto de su extinción. Este camino tampoco romantiza a los personajes que presentta, pues no los deslinda de su inevitable vínculo con el crimen organizado y otros tipos de delincuencia, pero en lugar de condenar el hecho con frialdad o señalarlo con condescendencia, ofrece una mirada compleja hacia la desigualdad socioeconómica y escasez de oportunidades que viven los jóvenes como Ulises, que en primera instancia no son problemáticos pero se vuelven al no hallar otras opciones. Frías le brinda al espectador la posibilidad de sacar sus propias conclusiones respecto a la culpabilidad de los personajes, sobre su historicidad y ecos en los tejidos sociales del país, mientras advierte su complejidad. Advierte el punto ciego. Se reconoce despojado de la verdad absoluta y hace de su cine punto de partida y no de arribo.

En contraste con el cine mexicano inclinado a la denuncia, aquel que le otorga cualidades exóticas a la pobreza y marginalidad, mediante retratos crudos, sangrientos y pornográficos de la misma, la cinta de Fernando Frías enseña otro lado de las clases populares: la complejidad en su cultura y la humanidad en su carácter. La Kolombia regia se muestra como un movimiento germen para la camaradería, la formación de familias callejeras (las llamadas pandillas), el desafío a las normas sociales, la creatividad, el placer de la recreación y la formación de identidad en un proceso de autoconocimiento; enseñanzas de viva voz de los actores no profesionales que formaron parte del elenco y que, en la vida real, fueron cholombianos en su tiempo.

Ya no estoy aquí no sólo es brillante en su entramado cinematográfico, donde el color y el encuadre destacan en su poder contextual y simbólico, sino también en su formación de discursos. La mediación entre elementos surge de una mirada con flexibilidad y humildad, adjetivos que no podrían describir a Ema. Un acercamiento mas empático y consciente sobre las relaciones sociales y el poder de las resistencias culturales mediante la re-apropiación de la música y el baile. Ya no estoy aquí formula una premisa que roza la que intenta pronunciar Larraín en Ema, pero que consigue, gracias a su humildad, sembrar algo verdadero admitiéndose ignorante, sin querer abarcar toda la verdad incluso desde sus puntos ciegos.

VIDEO: Resistencias contraculturales y cine: un contraste entre Ema y Ya no estoy aquí.

Fuentes:

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Mi cine, tu cine. (2019, 4 diciembre). #Entrevista crew «Ya  no estoy aquí» 1/2 [Archivo de vídeo].        En YouTube. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=MlGA_w8Pims

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undefined Daniela García

Comunicóloga en proceso y muchas otras cosas más que me gusta empezar y a veces terminar. Primero están mis amigos, después el cine y luego todo lo demás.


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