Especial #AgnèsVarda: Varda por Agnès — El arte como expresión personal

Por: Ana Iribe | @ritualclean

Hace ocho meses estaba en Morelia, queriendo escapar de la recurrente idea de cualquier estudiante universitario con abandonar la carrera, para asistir a un evento que irónicamente tenía que ver con mi mayor miedo: hacer películas. Fue mi primera vez asistiendo al Festival Internacional de Cine de Morelia e impulsivamente compré los vuelos dos semanas antes de la venta de boletos, todo por querer escapar de la incertidumbre de hacer cine… yendo a un festival de cine. Mi primera función fue Varda por Agnès (2019), presentada por Rosalie Varda, hija de la recién difunta Agnes.

Realmente no sabía qué esperar, incluso tenía la duda de si era buena opción verla si solo había visto una película de ella. Antes de iniciar la película, Rosalie menciona sobre el legado de su madre y el amor que le tenía a muchas cosas, y una de tantas era México. Al terminar su discurso, pregunta que cualquiera que hubiera visto al menos una película de su madre, levantara la mano: la sala estaba repleta de brazos estirados y con una Rosalie muy feliz. Yo no sabía exactamente por qué había escogido la película como mi primera función, pero había algo en Varda que me hacía sentir bien y querida, y solo tenía las palabras de su hija más una película que termina con la muerte y separación de un matrimonio —La felicidad—. Dos polos opuestos, que solo me dejaban con más dudas sobre lo que vería en lo que ahora considero, el motor que me hace seguir adelante. 

La pasión de Varda es lo que considero la respuesta referente a su arte. Su gusto inició en la fotografía, especialmente la de teatro, pero luego se inclinaría a capturar a su familia, sus amigos, y las personas que encontraba en la calle o en sus viajes. Con sólo este conocimiento y 20 películas vistas a sus 25 años, Varda debutó con La Pointe Courte (1955), donde retrataba el estudio de una relación complicada y al mismo tiempo era un documental de las luchas diarias de un pueblo pesquero. Después de ahí no hubo marcha atrás. Varda desarrollaría un gusto por lo que está afuera de su entorno y experimentaría incluso fuera del cine de ficción, como en el documental, y en otros campos artísticos como la fotografía e instalación. Estaba hecha por varios puntos que conectados formaban su persona, y fueron las razones por las que permaneció como única en lo que hacía. 

La inspiración máxima de Varda fue la curiosidad ante lo desconocido y el escoger de qué hablar en una obra artística podía llegar directa o indirectamente a su vida, pero la clave para hacerlo bien era encontrando un completo interés en contarlo y en la búsqueda. Tanto en sus proyectos cinematográficos como en su trabajo en instalaciones hablaban sobre personas marginadas con un toque de realismo y comentario social, y uno de los más explorados por Varda fue el feminismo, en donde ella lo representaba al poner a sus personajes femeninos con características tridimensionales, en donde cuestionan las circunstancias y se expresaban por medio de parámetros impuestos por ellas, no por una sociedad. 

Varda consideraba que al momento de indagar y por consecuencia crear tu obra, sería como armar un rompecabezas, y si no logran encajar ciertas piezas, no sería problema alguno, ya que el trayecto era más importante.Lo que más me llamó la atención sobre esto fue que su cine era reflexivo, todo con base a datos y su gran curiosidad, y yo coincidía con esa idea. Esto recae en la reflexión, en conectar puntos que me harán cambiar la perspectiva de algo, aún si duro mucho tiempo en encontrarlo. 

Para llegar a la honestidad, es necesario llegar a una contradicción. Para Varda, la ignorancia solo la hacía motivar más en la creación de sus obras y reconocía que tenía errores, pero no era algo malo ya que al reconocer por ejemplo, sus privilegios al tener comida servida en su hogar, pudo entender lo que carecían las personas en su documental Los espigadores y la espigadora (2000). Las diferencias que tiene con las personas dentro del ambiente que quiere descubrir, sea en un documental o solo un extracto realista en una película de ficción, la vuelven empática y le resultaría más fácil encontrar el camino hacia las respuestas. Ella adoraba hablar sobre personas en sus momentos más cotidianos, en cómo ganaban la vida y sus diversas perspectivas de la misma, y para ella no eran actores reales, sino personas reales. Un trabajo honesto también implica tener intenciones honestas, es por ello que ganó varios colaboradores en su trayectoria, últimamente siendo JR en Rostros y lugares (2017). Varda mencionaba que al querer impresionar más que compartir un tema, los espectadores no podrían llegar a comprender la verdadera esencia del trabajo, y que el creador debía estar consciente de su posición y privilegios para transmitir bien su mensaje. 

El buscar impresionar o fingir que me gustaba tal área en la carrera no me llenaba al hacer los trabajos, se sentían huecos y solo existían para una calificación. Hace poco pude identificar mi pasión, que es escribir sobre cine y tras entender que la crítica va dirigida hacia una mayor comprensión de un tema dentro de la película y no como una persona arrogante con gustos peculiares, fue en ese instante cuando pude llenar el vacío y cada momento donde no me sentía como pez en el agua durante la carrera. 

No por ser honestos en nuestro arte significa que contaremos una realidad absoluta, ya que todo artista, por más que quiera hablar sobre un tema, problemática o situación de la forma más objetiva y sin una ideología que lo maneje, siempre tendrá un toque de subjetividad que le dará pie a la manipulación. Para Varda esto era una herramienta para enfocar con mayor intensidad cualquier punto que quisiera demostrar: cine-escritura. Mostraría un ensayo que a su vez lo llevaría a un lado más personal, una especie de autobiografía que obtendría con la reflexión del camino que recorrió, ordenándose para también hacer reflexionar al espectador. 

Se menciona que Varda fue de las primeras en hacer cine de la Nouvelle Vague y, aunque no se sentía identificada con esa idea, tenía ciertos elementos que eran el contrario a lo que era el cine comercial: el uso de no-actores y locaciones reales eran las principales, y los seguiría usando en todos sus trabajos, realzando principalmente lo mundano de la vida misma. Una de las películas que me llamó la atención de esto fue Jacquot de Nantes (1991), siendo un retrato de su esposo Jacques Demy desde su infancia con imágenes en blanco y negro, y su vejez, siento esta parte la única con naturaleza documental, en donde Varda capturaba con planos cerrados, los detalles de un moribundo Demy. La combinación entre la realidad y la ficción prevalecía aquí, honestamente el acomodo y el resaltar lo más personal de Varda con relación a Demy fue muy cautivador. 

Recurriendo a identificar un estilo visual, Agnes no tenía uno fijo, puesto a las características de la cine-escritura. Se resaltan los travellings en Sin techo ni ley (1985), película que relata la historia de Mona, una joven que vaga por Francia rural y que tras su muerte, los personajes que llegaron a interactuar con ella ponen su pieza en el rompecabezas para describirla. Hay una conexión muy notoria al escoger estos movimientos de cámara para reforzar la historia, pues como lo dice su traducción al español, Mona va viajando. En La felicidad (1965) recurre a las contradicciones tanto visual como narrativamente, representando una crítica a lo que supone es una familia y un matrimonio perfecto, usando locaciones que fueron referencia para pinturas del impresionismo y música de Mozart, para mostrar la infidelidad por parte del esposo. Con solo el título, demuestra lo satírico que es —la misma Agnès menciona que era un durazno de verano con un gusano adentro—. Todas estas decisiones se basaban en lo que ocurría en aquella actualidad, también era influenciado por otras artes, incluso llegó a mezclarlas en sus instalaciones. 

Al acabar la función en Morelia, hay una ronda de aplausos y continúa la sección de preguntas y respuestas. No la escuché porque había salido de la sala con mis amigos, y no me importaba haberme ido. Estaba lloviendo cuando salí del cine, no tenía paraguas y estaba muy enferma, tampoco me importó. El final de Varda por Agnès no parecía uno como tal, solo una despedida de Agnes en la tierra, pero no en las mentes de cada persona que llegó a tocar. Me quedaba más con toda la historia artística que la misma autora presentaba por medio de una masterclass en forma de video ensayo. Y fue original, fue muy Varda, fue muy personal. Agnes se conformó como artista desde esa instancia: disfrutaba el cine como su vida y quería compartirnos ese mismo goce con nosotros. Transmitía una calidez solo con ser ella misma, incluso resulta cómodo ver sus películas y la belleza que transmiten en medio de temas delicados, contradictorio como ella. 

Con Varda por Agnès descubrí que el trayecto era lo más importante al momento de crear, el ir descubriendo y experimentado. La película no cambió mi perspectiva de hacer cine, yo seguía con la misma idea, pero me hizo descubrir que con mi pasión podría hacer lo que quisiera y estaría contenta con mi trabajo. Ella tenía una pasión gigante por el cine, y yo acababa de reconectar con ella. Incluso es casi terapéutico hablar y estudiar sobre ella en estos momentos, pareciendo que cada que me encuentro en el borde del caos, recurro a ella para que al menos pueda sentir que, a pesar de todo, puedo encontrar un poco de belleza. 

Foto
Ana Iribe
Estudiante de Medios Audiovisuales. Fotógrafa y editora ocasional. Le interesan las historias coming-of-age y las que adapta Lynne Ramsay, además considera que Anton Yelchin fue alguien que no merecíamos.

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