Especial #AgnèsVarda: Salut les Cubains!— experimentación, exotización y la estampa de una ilusión perdida

Por Sofía Sánchez| @sofiarevoltillo

Entre diciembre de 1962 y enero de 1963 la cineasta francesa de origen belga Agnès Varda viajó a Cuba, una más entre la fila de intelectuales franceses (y de otros países) que fascinados por la revolución que recién se declaraba socialista visitaron la isla que hasta poco antes era conocida como el patio de juegos de EU.

En aquel momento, Varda era ya una cineasta reconocida, después del estreno de la que es hasta hoy su obra más icónica: Cleo de 5 a 7. Así fue recibida en Cuba, como una testigo especial, a la que se le dio acceso a las figuras más importantes de Cuba: músicos, escritores, pintores, militares, políticos y hasta el mismísimo Fidel Castro, a quien tuvo acceso unos 30 minutos en un restaurante de La Habana.

De aquella visita salieron cerca de 1,800 fotografías. Como agradecimiento y como una especie de álbum fotográfico de ese viaje, Varda hizo el cortometraje documental Salut les cubains! de 30 minutos de duración. Narrado por la misma Varda y por el actor francés Michel Piccoli (El desprecio y Bella de Día), da cuenta de algunos de los logros de la Revolución, repasan personajes de la lucha e intentan explicar ‘la cubanidad’ a su público, francés, imagino.

El único momento en el que hay imagen en movimiento es al inicio de la cinta, que ocurre en París durante una exposición de fotos sobre Cuba en 1963. Un grupo de rumba cubana ameniza la noche y los franceses miran fascinados y desconcertados el ‘despelote’ que forman los músicos. Tras estos pocos minutos, el resto de la cinta es pura imagen fija, y sin embargo la sensación de movimiento es innegable.

Las fotos de Agnès Varda bailan al ritmo de Benny Moré, una leyenda de la música cubana que murió meses después de ser retratado bailando en algún hotel de La Habana. Me pregunto cómo habrán reaccionado los franceses al saber que se le conocía como El Bárbaro del Ritmo (en Cuba, es como decir ‘el máximo’ del ritmo), nada que ver con las invasiones bárbaras.

Bailan en muchos más momentos, porque los cubanos parecen siempre estar bailando, siempre en movimiento, siempre con cadencia, siempre con ritmo. En parte es verdad, en parte es la edición, como en todo documental. Y es que la exotización está muy presente en la cinta, aunque provenga desde un lugar cariñoso no deja de haber cierta fascinación en la ‘otredad’ y sus bailes, su música, y sobre todo sus cuerpos.

Para mí es innegable ver la película con ojos muy personales. Yo nací en Cuba y fue el escritor Fernández Retamar -a quien nunca había visto tan joven como en las imágenes de Varda- en su calidad de Ministro de Cultura firmó mi carta de salida para poder venir a vivir a México con mis padres, cuando yo tenía 4 años.

Al cierre de la película sale la cineasta cubana (entonces una jovencísima asistente de dirección) Sara Gómez. Una de las pocas mujeres directoras de Cuba, dejó su última cinta a medias, murió diez años después de la visita de Varda. A la figura de Sara no la conocí porque me encante el cine, la conocí porque es la madre de una de mis tías políticas. Varda la fotografía con un cariño que resulta conmovedor, y es con ella bailando que cierra el pequeño documental.

La cinta se mueve entre estos momentos íntimos y sin pose, y los momentos más oficiales. Los primeros fueron obtenidos en gran medida a que la cineasta hablaba español y pudo comunicarse con los cubanos de a pie sin necesidad de traducción oficial, de acuerdo con una entrevista a Varda. En esa época, la Revolución cubana era esperanza pura. Varda lo describe de la siguiente manera: “Un país orgulloso de haber sido Cuba LIBRE, estaban muy entusiastas”.

Con sus imágenes capturó esa etapa en la que la alfabetización de los campesinos era la labor primordial de muchos adolescentes, acompañó a Raúl Castro y amigos al barco Granma, en el que los barbudos viajaron desde costas mexicanas a iniciar la lucha contra el gobierno del dictador Batista. Todo, por supuesto, con permisos del gobierno.

Agnès Varda volvió a Cuba varias veces más, ya no le dedicó otra cinta, pero probablemente sí le dedicó muchas fotos a sus paredes propagandísticas, sus mujeres desenfadadas, sus hombres escandalosos y sus niños, esos a los que les brilla la mirada al verse frente a la cámara.

Más que ‘película’ o ‘documental’, esta pieza me parece que es por encima de todo un documento histórico, una estampa de un momento particular e irrepetible. Como Varda, como Castro, esa Cuba y esa Revolución, ya no existen. Pero la esperanza que dejaron, la belleza de las imágenes capturadas, perdurará, mientras exista una pantalla para reproducirla y un par de ojos para admirarla. Saludos a los cubanos.

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Sofía Sánchez
Era periodista pero se volvió bloguera y podcastera. Escribe de cine (y otras cosas) en elrevoltillodesofia.com y habla de películas (y otras cosas) en @temandoaudio.

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