Review: Mother! — Películas sobre rebelión femenina escritas y dirigidas por hombres

Por: Ximena Chávez Prado| @centaureadivina

En este punto, en el momento en que escribo esto: irónicamente un 10 de mayo, día de la madre… han pasado ya tres años desde el estreno de Mother! (2017), la cinta de Darren Aronofsky, protagonizada por Jennifer Lawrence y Javier Bardem. Entonces estaba en mi último semestre de la carrera y aunque tenía ganas, no había tiempo de ir al cine. Recuerdo incluso que uno de mis profesores de literatura la elogió bastante y nos incitó a verla, decía que era de las pocas que valían la pena de todas las que estaban en cartelera. Entre el ir y venir de los días, las entregas finales y mis líos emocionales la olvidé sin llegar a verla hasta, como dije, hoy. Sin embargo, me alegra haberlo hecho hasta ahora: creo que algunas películas y algunos libros, algunos lo que sea llegan en el momento indicado. Hace tres años era otra persona y mi lectura de la película también hubiese sido una muy diferente a la de hoy. 

El punto es que, si bien hace tres años ya tenía “la espinita”, no fue hasta hace unos cuantos meses que ya no pude dejar de ver las cosas a través del filtro feminista. Y eso ha pasado. Conforme avanzaba la cinta, no podía dejar de preguntarme por qué. ¿Por qué en los últimos años hemos visto películas sobre la rebelión femenina como son Mother! y Midsommar, filmes que han sido escritos y dirigidos por hombres? Ambas me gustan, ambas tocan la fibra de mi experiencia femenina y ambas me han conmovido al verlas; pero también me generan cierto grado de desconfianza al ver a dos hombres hablar tan cómodamente sobre temas femeninos… sobre todo Mother! Ya sabemos que los hombres hablan de cualquier cosa con toda la confianza de estar en lo correcto. También es cierto que hay películas para mujeres hechas por mujeres; quizá sea solo mi propio sesgo, fruto de la imposibilidad de ver todas las obras habidas y por haber pero me pregunto, me imagino cómo sería una adaptación cinematográfica de “Las cosas que perdimos en el fuego”, cuento de Mariana Enríquez, dirigida por una mujer. Muy a menudo me pregunto sobre el derecho de algunos a hablar de ciertas cosas… Sólo me pregunto.

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No hay manera, pensaba al ver a Jennifer Lawrence proteger como una fiera a su recién nacido, de que un hombre comprenda esto. Incluso dudo de mi punto de vista puesto que no soy madre. La idea me carcome el cerebro y la experiencia estética durante los últimos treinta minutos de la cinta. Incluso despierta en mí un miedo implantado por la experiencia: el maltrato que recibe el personaje de Lawrence es tal en esas escenas finales que me pregunto bajo cuánta presión se habrá visto en el set, me pregunto si Aronofsky no habrá cruzado “la línea” con ella como tantos otros directores han hecho con tantas actrices: Lars von Trier con Björk, Quentin Tarantino con Uma Thurman, Abdellatif Kechiche con Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux… Nombres sobran, y muchas veces dichos directores han sido aclamados por llevar al límite a “sus” actrices. Es desconfianza porque sé que en la industria cinematográfica el abuso se premia.

Sólo me queda esperar que no… y sigo preguntándome si aquello que veo en Mother! y que reconozco como visión femenina habrá salido de la mano de Aronofsky. Un amigo me recordó que gran parte de la creación del personaje es obra de los actores, en este caso de Jennifer. Entonces todo cobra más sentido para mí, porque me parece obvio que en Mother! hay una mano que no es del todo la de su guionista y director, que esa visión femenina del hogar, de la vida en pareja, de la maternidad, del amor no pueden venir de un hombre; quién sabe, el punto es que importa mucho de quién viene el discurso. ¿Por qué estos hombres hablan sobre nuestro sufrimiento? Lo han hecho siempre, pero ahora nos preguntamos sobre su derecho a hablar de ello… Y claro que son buenas películas, Mother! y Midsommar, y claro que reconocemos el trabajo de Jennifer Lawrence y de Florence Pugh, pero creo que debemos preguntarnos también por qué son Aronofsky y Aster quienes nos hablan de ello…

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Dejando todas estas ideas a un lado, pero solo un poco, me gustaría hablar de lo que sucede en la película. Al inicio, yo diría que durante la primera hora del filme, no entendía mucho. Me intrigaba saber de qué iba todo, por qué mostrar esa invasión del espacio íntimo que me recordó mucho a “Casa tomada”; incluso temí, como me sucede a menudo, no entender nada nunca, pero al final todo estaba claro. De hecho, al final estaba enojada y triste. A pesar de las dudas que me generó ver a un hombre hablar de ciertas cosas, debo decir que concuerdo con él.

El personaje sin nombre de Jennifer Lawrence pelea con el poeta, Javier Bardem, cuando éste le pide que perdone a los que han matado a su hijo. Sé, porque vivimos contextos muy diferentes, que Aronofsky no pensaba en el México violento; pero no puedo no pensar en el país feminicida que habitamos, no puedo no pensar en las madres que buscan a sus hijas e hijos, pienso en aquellas a quienes se los arrebataron. Recuerdo cuando fui a ver La casa de Jack, del ya mencionado Von Trier y lo incómodo que me resultaba ver la reacción del público con el que compartí sala: reían con un asesino.  Aquella vez pensé “claro, no es igual ver esto en Cannes que verlo en México”. Y con Mother! sucede lo mismo porque es 2020, porque la miro desde mi casa en el Estado de México, porque soy mujer y porque la sociedad juega un papel importante en esta cinta: ellos son el enemigo. Retrocedo un poco: la madre se niega a perdonar. Me pregunto dónde cabe el perdón. Incluso, porque siempre nos reflejamos en cierta medida en los que vemos y leemos, me atrevo a pensar en todas las veces que me han dicho que perdone a quiénes me han hecho daño. Y recuerdo las palabras de una amiga: no tienes que ser perfecta, puedes odiar. Palabras más, palabras menos. El perdón como la culpa son herramientas que la mayoría de las veces se usan contra las mujeres. El perdón, más que ser un camino hacia la paz, es para nosotras una exigencia, una obligación. Y la cosa es que hay cosas que no tenemos por qué perdonar o que no podemos olvidar tan fácil. Por eso me parece liberador ver al personaje de Jennifer gritarle a su esposo que no lo hará, no le dará la satisfacción de ser perdonados, no le dará paz a los asesinos de su hijo. Y es liberador verla descargar su ira contra todos. Me alegra verla vengarse y no quedarse en la pasividad oculta del perdón. 

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Luego ocurre algo que, a mi parecer, lo resume todo: es un diálogo breve: “Yo soy yo […] y tú eras mi hogar”. “Yo soy yo”, enuncia Bardem con una sonrisa en el rostro y es cierto: su personaje, el esposo, el poeta es el único con identidad y poder, el único que decide, el único importante: el sol. “Yo soy”, yo en el ahora; “tú eras”, tú estás en el pasado, es decir, no existes ni importas más, niego tu presente y por la tanto también tu futuro. La esposa no es por sí misma, sino por lo que puede dar al sol: un hogar, alimento, sexo, un hijo, inspiración. La esposa no es, no tiene decisión, no tiene opinión, no tiene voz aunque trabaja todo el día para construir un hogar que el esposo todopoderoso se encarga de romper cada día. La esposa se arrastra entre la muerte cargando a su bebé en las entrañas y sabe que todo es un peligro, que tiene que protegerle incluso de ese hombre al que ama. La vida va entre la muerte como cualquier mujer por las calles de México. 

Mother! es un retrato de esa figura que todos tenemos en casa e ignoramos y quebramos cada día; es un retrato de lo que es la mujer dentro de la vida en pareja: un ser que no es pero está, que es reemplazable; de la mujer en la sociedad: la amargada, la que arruina todo, una mojigata y una zorra, algo que se golpea y que se mata entre todos; de la mujer en el arte: musa, nunca ser, solo objeto admirable. Incluso cuando es una diosa quemada, luego de que ha odiado tanto a su esposo y de que éste la ha dañado de mil formas posibles, la madre le entrega lo último que tiene: su amor. Y aquello fue lo más doloroso para mí. Recordé que hace unos meses, cuando se denunció públicamente al escritor Juan José Arreola y cuando todos los periódicos recordaban Minotauromaquia de Tita Valencia, que la artista a pesar de su denuncia y de todo su dolor, no pudo dejar de querer al escritor. Quizá lo más cruel que muestra la cinta sea eso:  el poeta tomando ese amor incondicional, que extrae violentamente del cuerpo moribundo de su esposa luego de hacerle gaslight con ese sencillo “tú eras mi hogar”, que la deje sin nada luego de quitarle cuánto podía, su ir a por la última gota, ¿para qué?, para sí mismo, para su goce, su creación, su ego y para terminar reemplazándola; para exprimirla en pos de una obra para la humanidad. Nos muestra que la mujer es para todos, menos para sí.

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 Mother! nos dice que la mujer es la fuente de la vida, de todas las cosas, es lo más sagrado y también es el ser más explotado por el hombre y la sociedad entera en todos los niveles posibles: físico, psicológico, económico y emocional; pero lo más cruel es que la mujer es explotada bajo el pretexto y la exigencia del amor. 

Ari Aster, como explico en un par de entrevistas, hizo Midsommar para hablar del duelo; posiblemente nunca pensó que su película terminaría convirtiéndose en un símbolo acogido por muchísimas mujeres para hablar sobre su propia lucha. Quizá ello sea producto de lo que estamos viviendo y no de Aster. Aronofsky, por su parte, hizo una crítica sobre los hombres y la sociedad patriarcales. Quizá deberíamos preguntarnos, aunque no haya modo de obtener una respuesta, qué tanto de autocrítica hay en su filme, qué tanto de él hay en ese esposo poeta. Hacerlo porque nuestro contexto lo exige. No digo que debamos sepultar estas películas ni a sus directores, no hablo de censurar ni prohibir ni dictar de qué hablar y qué no, ni pretendo decir a quiénes le tocan ciertos temas aunque esto último me parece no sólo pertinente sino también justo. Estas y otras son películas que nos gustan y tienen mucho para decirnos, nos reflejamos en ellas y dialogamos con ellas. En este caso particular es una que nos toca de manera que puede ser  muy personal y también política, por ello creo que no hay que dejar de pensar de dónde y de quién viene; desde dónde y quiénes la vemos. 

 

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Ximena Chávez Prado
Estudié Lengua y Literaturas hispánicas. Mi propuesta estética son las palomitas de mantequilla y caramelo combinadas. Me busco en los libros y en las películas, a veces me encuentro.

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