Review: Los Sonámbulos

Por Julia Bonetto | @juliebonet

Entré a la sala con mi amiga Carla, que había sacado las entradas un rato antes y me había mandado un mensaje diciéndome: “parece que todos están comentando que salís un poco conmovida después de ver esta película”. Nos sentamos y durante la cola publicitaria le dije que había escuchado eso, que varios amigos me dijeron lo mismo, pero que el imperativo de “te deja mal” o “hay que verla sí o sí” me parecía aburrido. A mí me tentó ir a ver la película porque su directora es mujer y porque las protagonistas -en su gran mayoría- son mujeres.

En el primer plano de « Los sonámbulos » pensé que se trataba de una película de terror porque el tic tac de un reloj, la oscuridad de una habitación y la cara de Luisa (Erica Rivas) me daban esa premisa, pero no, la última película de Paula Hernández, que acaba de pasar por el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, es una película sobre la familia, sobre los vínculos rotos y vueltos a pegar, sobre una maternidad que sofoca y también comprende.

La reunión familiar para la fiesta de Fin de Año en una quinta alejada de la ciudad es el motivo y la locación que usa Hernández para desglosar las tramas del film. Memé (Marilú Marini) es la matriarca, la anfitriona y la que invita a su tres hijos con sus respectivas familias a pasar unos días calurosos en una casa que tiene su historia y también porta un cartel que dice “se vende” auspiciando uno de los conflictos de la película.

los-20son-c3-a1mbulos-20-20-284-29

En la punta de la mesa se sienta Memé, pero la generación de los hijos se encarga de poner en escena la culpa, el hastío, la tradición familiar, los problemas económicos y las consecuencias que trae el silencio. Daniel Hendler y Luis Ziembrowski son los hijos varones de Memé; el primero, se encarga todo el tiempo de poner un chorro de gin en un vaso con agua tónica, hacer los chistes clásicos con una ironía particular y revelar su paternidad relajada. El segundo, oficia de guardián, proveedor y padre-hijo moralista. El ping pong entre estos dos hermanos se dirime con Inés (Valeria Lois), la hermana que encarna el papel de una madre soltera reciente que no sabe cómo calmar a su hijo cuando llora ni tampoco sabe muy bien qué hacer ante los disturbios familiares.

En este contexto vincular desolador y hostil, la directora concentra el conflicto en Luisa (Rivas), Emilio (Ziembrowski) y su hija Ana (Ornella D’ Elía), quien menstrua por primera vez, adolece, padece de sonambulismo al igual que su abuela Memé y pone en escena la incomodidad típica de un matrimonio que no está en su mejor momento. Entonces, el punto de vista es el de éstas dos mujeres, madre e hija, que se lanzan al encuentro y desencuentro con los hombres de la familia. Rivas, siempre descomunal, lleva de acá para allá el silencio, las onomatopeyas de una mujer que está cansada de los hombres inútiles que la rodean, que cuida y que intenta seguir con su pasión -la escritura- a pesar de que su trabajo como traductora sustente el negocio familiar. Por su parte, D’ Elía lleva adelante el tinte coming of age de la película: el despertar sexual, la inseguridad y la búsqueda de contención aunque eso, en principio, suponga un enfrentamiento con sus padres.

los-20son-c3-a1mbulos-20-20-281-29

A medida que la película avanza la tensión aumenta y, en particular, la tensión entre la pareja de Luisa y Emilio, pero no lo hace solamente por el trabajo narrativo, sino que Hernández hace un gran apuesta a partir del trabajo sonoro y fotográfico, como lo hizo en Lluvia (2008).

El ruido de un ventilador, el llanto insoportable de un bebé y los insectos campestres que no paran de chirriar se superponen a planos cortos, repletos de luz natural que formulan una película que adhiere a lo que Deleuze llamó imagen-afección. No se sabe qué va a provocar la película hasta que el cuerpo, mi cuerpo como espectadora, se va sofocando de a poco, mi respiración se detiene por momentos y hacia el final cataliza un ahogo que deviene en llanto en el momento del climax. Ahí, aparece el punto álgido del personaje de Alejo (Rafael Federman) que, durante todo el film, seduce a las mujeres de la familia hasta conseguir que la violencia y la impunidad se pongan en escena.

Con ciertos guiños a La ciénaga de Lucrecia Martel o Verano del ‘79 de Julie Delpy, Paula Hernández combate los lugares comunes y hace una película sobre la ternura, el cuidado y el consuelo que se formula entre una madre y una hija y las apuestas por salvarse de lo más siniestro y voraz que tiene la condición humana: la violencia.

También, es una película poética porque el encuentro con esta película tiene algo de lo que dice Anne Dufourmantelle cuando habla del amor: “Un encuentro no es un saber, no nos lo apropiamos, es una textura poética que se apodera del cuerpo mismo”.

Al final, mi amiga Carla tenía razón. Los sonámbulos se apodera del cuerpo del espectador, fractura cráneos por la intensidad de sus planos, despliega los roles y alianzas que cualquier familia construye para después romperlos y, sobre todo, te deja sin aliento.

Julia Bonetto:
Filmo, escribo y juego. Me encanta andar en bicicleta.

0D62ECB3-9474-4D3F-B31F-76E00EE1271C

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s