Women in Arts: Alejandra, la poeta

Por: Liz Mendoza @tangerineliz

La primera vez que leí a Alejandra Pizarnik fue como un golpe a la estabilidad emocional, la inventada, la que existe a veces para darle sentido a la vida que muchas veces no sabemos por dónde va.

Ella llegó con sus poemas oscuros, tan honesta, tan profundamente triste.

Después conseguí un libro epistolar en el que conocí a la otra Alejandra. A la de todos los días, la que hacía bromas y agradecía a sus padres el dinero que le enviaban a París y les contaba que se había comprado zapatos nuevos.  

Me dieron unas ganas enormes de escribir cartas y hacer dibujos bonitos como los que adornaban sus cartas a amigos y familiares, y después leía sus inquietudes, su capacidad increíble de crear, de escribir, de pasarse la noche en vela leyendo y trabajando en su proceso creativo, y también en las traducciones por las que le pagaban.

Sin duda, leer a Alejandra Pizarnik es lanzarte al vacío, saberte habitante de otros planetas, entrar a los temas escabrosos que son lo opuesto a los poemas de amor.

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Leer a Pizarnik es dejar de tener miedo a sentir, y a decir lo que piensas. Fue una mujer sin tiempo, sin prejuicios, que escudriñaba su mente hasta adentrarse tanto, que cada pequeño pensamiento, se hacía poema, se hacía ensayo, se hacía palabra.

Leer sus poemas, sus cuentos cortos, sus ensayos, sus palabras que nos dejan en vilo. Eso es para mí conmemorar la fecha en que llegó al mundo, eso y dedicarle unas palabras para que sepa que la leemos, que sigue siendo la poeta que nos inspira a leer mucho y dormir poco.

Por aquí comparto algunas frases que me obligaron a subrayar mis libros, a doblar las páginas, a la marginalia a la que ahora me siento obligada cuando tengo entre las manos a poetas que queman, como la inigualable Alejandra Pizarnik:

Sala de psicopatología

“Y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada,

y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo,

aquí estoy entre las inocentes almas de la sala 18”.

 

Extracción de la piedra de la locura

“Mi oficio, también en el sueño lo ejerzo, es conjurar y exorcizar”.

 

La carencia

Yo no sé de pájaros,

no conozco la historia del fuego.

Pero creo que mi soledad debería tener alas.

 

La última inocencia

He de partir

no más inercia bajo el sol

no más sangre anonadada

no más formar fila para morir.

 

Si no la conocen, léanla.

Si ya forma parte de sus favoritas, ya le perdimos el miedo a la oscuridad.

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