Por: Andrea Rendón |@andrearendon__
Había muchísima expectativa alrededor de Amarga Navidad, incluso después de su estreno en salas comerciales españolas. Y es que, honestamente, si vas a Cannes aunque sea una vez en la vida, creo que una experiencia obligatoria es ver una película de Pedro Almodóvar en competencia. Su cine nos ha marcado de innumerables maneras y siempre existe una emoción colectiva cada vez que regresa al festival. Por eso mismo me costó aceptar que esta película no estuviera al nivel de Dolor y Gloria.

Amarga Navidad sigue a un director consumido por el desgaste emocional y creativo. Un hombre encerrado en sí mismo, que exige atención constante sin ser capaz de dar algo a cambio, ni siquiera afecto a su pareja. Alguien que parece incapaz de separar su vida personal de las historias que escribe. Todo lo que vive y todo lo que conoce termina convertido en material narrativo; no puede concebir ideas originales sin apropiarse de experiencias delicadas y personales de quienes lo rodean. Y aunque esa premisa podía ser muy interesante, la película nunca logra ir más allá de contemplar “la tragedia” de su propio director y guionista.

Me hubiera encantado que explorara más el tema de la ansiedad y los ataques de pánico que menciona tanto en la película como en la conferencia de prensa. Creo que una cinta en donde pudiéramos contemplar estas experiencias con su estilo, sería algo maravilloso (totalmente en mi opinión subjetiva).

Hubo momentos donde parecía que la película esperaba que empatizáramos automáticamente con él solamente porque sufre para crear. Pero conforme avanzaba, me costaba más entrar emocionalmente porque los personajes que lo rodean terminan funcionando casi como extensiones de su proceso creativo, no como personas reales dentro de la historia.
Y creo que eso fue lo que más me alejó de la película: la sensación constante de estar viendo a alguien utilizar emocionalmente todo lo que tiene cerca para seguir escribiendo, mientras la película nunca termina de cuestionar realmente ese comportamiento. Más bien lo contempla desde un lugar muy poco crítico.

Eso sí, me gustó muchísimo la manera en que Pedro se burla de sí mismo durante los primeros minutos de Amarga Navidad. Los diálogos, las referencias al cine de culto y esa capacidad de autorreferenciarse sin caer inmediatamente en lo solemne o deprimente siguen siendo una genialidad. Pero llega un punto en el que resulta cansado ver al mismo personaje quejándose constantemente y utilizando a los demás sin llegar nunca a un verdadero punto de quiebre.
El ritmo de la película también termina siendo tedioso. La edición entre historias y la manera en que va saltando entre la vida del director y la película que está escribiendo confunden por momentos, pero sobre todo cansan. Hay varias ocasiones donde parecería mucho más interesante seguir la historia de la película que él mismo está desarrollando —particularmente la relacionada con su exmanager—, pero la narrativa siempre termina regresando al bloqueo creativo y al encierro emocional del protagonista.
Eso no significa que la película sea mala. Almodóvar usa sus colores distintos, los espacios, su sello está al elegir a las actrices, en la elección musical y en ese dramatismo tan particular que solamente él sabe construir. Pero algo simplemente no termina de encajar.

Aunque sí hubo un momento donde la película finalmente encontró un instante de verdadera emoción: la escena de Las simples cosas de Chavela Vargas interpretada por Amaia. Honestamente, podría darle la Palma de Oro solamente a esa escena. Hay algo muy profundo en la forma en que Almodóvar utiliza la música dentro de sus películas y, aunque podría parecer “cliché” volver a recurrir a Chavela Vargas, termina funcionando por completo. En ese momento sí aparece un sentimiento real de despedida y la voz de Amaia logra romper la distancia emocional que la película había construido hasta entonces.

Al final, salí pensando que Almodóvar parece estar cansado de sí mismo, atrapado dentro de un universo creativo que conoce demasiado bien y del que no logra salir por completo desde hace algunas películas. Siempre será Pedro y siempre habrá algo fascinante en verlo filmar, pero aquí sentí a un director intentando regresar desesperadamente a su propia grandeza sin detenerse realmente a respirar, descansar o replantear su mirada. Y quizás lo más triste es que todavía se siente todo el potencial que sigue teniendo para explorar cosas nuevas.


Andrea Rendón
Directora y fundadora de Girls at Films. Periodista de cine y moda.





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