Film Review: El diablo viste a la moda 2

Por: María Alejandra Bernedo

¿Qué hizo icónica a The Devils Wears Prada? Veinte años han pasado desde que llegó a salas de cine sin pretender tener una secuela y se convirtió en una de las comedias más referenciadas de lo que va del siglo. Meryl Streep y Anne Hathaway vieron sus carreras marcadas por haber encarnado el aura insuperable de Miranda Priestly y el carisma audaz de Andy Sachs. Curiosamente, al igual que con Scarface o El lobo de Wall Street, películas sobre el costo de las ambiciones sin medida que fueron recibidas por el público como una pastilla reflexiva para el éxito, esta sátira glamorosa de los espacios laborales abusivos que ocupan a Andy dentro y fuera de los horarios laborales era vista como aceptable. Hoy, ya no. El diablo viste a la moda 2, al igual que su predecesora, parece ser sobre un tema (la moda y los looks más envidiables), pero tiene un punto de partida más complejo. El mundo editorial y periodístico hoy está en crisis, y lamentablemente, esto no es algo que ocurra solo en la ficción.

En el momento exacto en que Andy es galardonada por su labor periodística de investigación, ella y su equipo son notificados del despido masivo, obra de los nuevos dueños del diario que pasará de ser un medio impreso a digital. Andy denuncia lo sucedido en su discurso, el cual circula luego en redes sociales y, por cuestiones no tan casuales, hace que sea convocada por el CEO de Elias-Clarke. Runway está bajo críticas por haber promovido una marca de la que se comprobó el uso de mano de obra explotada. Incluir a una periodista seria que redacte columnas informativas puede mejorar la reputación recién afectada de la revista que sigue dirigiendo Miranda Priestly. “Un millón de chicas matarían por ese puesto” en Runway, pero Andy encontrará al volver a sus oficinas que las dificultades de la prensa en papel son generalizadas. En nuestro mundo, hace casi tres meses, vimos cómo los despidos masivos afectaron a más de 300 trabajadores del Washington Post y la eliminación de secciones como el de Crítica literaria y corresponsalías de Medio Oriente y Ucrania, todo tras la compra del medio por parte de Jeff Bezos.

La digitalización del oficio periodístico pone a los medios en competencia con la creación de contenido ligero, en el que los indicadores de éxito son métricas de alcance y clicks. Y aunque el filme propone como un problema actual el que los medios requieran de la publicidad para subsistir, los que hemos leído Vogue en años anteriores sabemos que decenas de páginas de la revista estaban dedicadas a anuncios de marcas como Dior, quienes tienen un product placement sumamente presente en la película. Sin proponérselo, El diablo viste a la moda 2 refleja una dinámica similar a la que critica, pero en el mundo cinematográfico. Los verdaderos villanos en la ficción y la realidad son los parámetros capitalistas de esta era, manejados por dueños ambiciosos y ridículamente risibles. Pero ya llegaremos a ese punto.

Miranda aquí ya no puede arrojar su abrigo sobre su asistente como si fuera un perchero humano. Su primera asistente, Amari (Simone Ashley), la respeta pero no le teme, y tampoco duda en aconsejarle con prudencia sobre sus repentinos gestos inapropiados. El centro de la película no está en proponer cambios en la industria de la alta moda, ciertamente, pero recoge un poco los aires del hoy (o incluso, del ayer más reciente). La gordofobia y la normatividad blanca no han desaparecido del todo, pero ya no es sostenible su aplicación absoluta en estos espacios. Aunque en 2026, la delgadez extrema ha vuelto a estar en tendencia en pasarelas y alfombras rojas, la discusión sobre la validez de ciertos cuerpos dentro de los cánones publicitarios es más abierta que hace dos décadas. Hay también una ambigüedad mayor respecto al vestir de lujo. Andy recibe de Nigel (Stanley Tucci) unos conjuntos de diseñador de la última temporada para mejorar su vestir, pero también se mira con buenos ojos el hallazgo de prendas de lujo de segunda mano por menos de 20 dólares. Valioso cambio de filtro de aprobación, que sigue sin romper el filtro de que quienes no visten con marcas de renombre son de menor nivel. La industria del lujo no puede dejar de ser aspiracional por su propia naturaleza, aunque algunos de sus discursos, felizmente, parecen menos homogéneos.

Como decíamos, esta secuela satiriza directamente a los millonarios que desean amplificar su dominio a todos los rubros, incluso si no están especializados en ellos. La posible venta de Runway a Benji Barnes, un empresario de dudosas capacidades -una aparente mezcla de Elon Musk y Jeff Bezos- se vuelve la principal problemática de Andy en esta ocasión. No puede permitir que Miranda pierda así el lugar que ha manejado excepcionalmente por tantos años… o quizás, es Andy misma quien no quiere perder el último resquicio de esperanza que le queda en que exista la prensa impresa (y de poder trabajar en ella). El filme parece crear una oposición entre los de naturaleza creativa versus los de naturaleza comercial (Miranda tilda peyorativamente a Emily de “vendedora”), asumiendo que todo en el mundo de la moda es totalmente artístico, cuando siempre ha sido híbrido y muchas veces, muy mercantil. A su vez, está la oposición entre la esfera old money de Miranda y la de los nuevos ricos como Benji y su nueva pareja que, sin spoilear, parece referenciar directamente a Lauren Sánchez y los rumores de que Bezos pensaba regalarle Vogue a Sánchez como obsequio de bodas. Es una buena y oportuna crítica, sin que esté a su vez libre de los tintes clasistas que emergen de conversaciones sobre el alto valor inherente a la clase alta; cosa curiosa, pues el capitalismo mismo promueve el anhelo de escalar en clases. Aunque, como vimos con la más reciente MET Gala que tuvo a Bezos como su gran socio, hay también un intento de artwashing, un deseo de no simplemente ganar capital cultural y simbólico, sino de comprarlo.

Vale resaltar también el encontrar personajes femeninos movidos por sus propios objetivos. No entran en conflicto por la relación romántica con una figura masculina. En ese sentido, una subtrama poco interesante es la de Peter, la pareja de Andy, que no sabemos si se debe al guion o al montaje, pero es lamentablemente plano. ¿El objetivo era que Andy no estuviera soltera porque esto iría en desmedro de su buena imagen? ¿No se quiso suprimir la parte romántica de la película para crear conexión con el público? En el caso de personajes como Charlie, segundo asistente de Miranda, y Jin, asistente de Andy, su participación es colaborativa aunque los personajes son presentados de modo demasiado esquemático. Entre lo discutible, se encuentra también el comentado cambio de estilo de Miranda (obra de la vestuarista Molly Rogers, quien tuvo una recepción mixta con su trabajo en And Just Like That…) que puede leerse positivamente como un síntoma de la nueva década así como un extraño intento de la vestuarista de poner su sello en un personaje que tenía un concepto pretrabajado.

Si hay flores por ofrecer a esta película, tal como sucedía en la primera, es en particular a dos personajes y actores que, con su presencia, le dan mayor ‘sabor’ a este universo paralelo: Nigel y Emily, interpretados por Stanley Tucci y Emily Blunt, dos agentes mentores y contrapuntos de Andy y Miranda, cada uno en su momento. La secuela se contradice con la primera película respecto a los motivos por los que Miranda deja de lado a Nigel: en ese entonces, ella elige relegar a Nigel en nombre “del bien de la revista”; aquí, da a entender que solo ocurrió que no se dio cuenta de que Nigel quería asumir un rol de liderazgo que ella había ocupado y acaparado a costa de todos, incluso de la distancia con su familia (ese era el diablo de la historia). Hoy, las cosas parecen poder cambiar para Nigel. Y en cuanto a Emily, la validación que sentía que estaba netamente atada a ser algún día una nueva Miranda (en una cadena como Andy siendo la nueva Emily), hoy se transforma mediante la sencilla afirmación que Andy le dice como amiga: “eres icónica”, por ser quien es, con sus matices. 

Tucci y Blunt tienen un talento especial para la comedia deadpan que funciona a la perfección para enriquecer una cinta cómica sencilla que, como virtud principal, no está buscando superar a su filme predecesor y sabe entender su lugar como secuela. No tiene pretensiones de rivalizar con ella ni de forzar escenas «memeables» pensadas en redes sociales. Eso es valioso en estos tiempos en los que, como lo critica la misma El diablo viste a la moda 2, todo es contenido pensado en formato 9:16 de menos de 60 segundos, incluso lo que no necesita tener ese objetivo. El diablo viste a la moda 2 es una secuela que se mueve entre chispazos de nostalgia y la sinceridad de reconocer a su antecesora como un fenómeno inimitable. Lauren Weisberger escribió una carta publicada en Vogue sobre la extrañeza que le genera que un libro suyo, escrito desde la frescura de su juventud acerca de una muy desagradable experiencia laboral que nunca vio como admirable, haya dado pie a deseos de trabajar en el mundo de la moda al lado de Anna Wintour. Sin duda, esta es una ocasión para nutrir las conversaciones que surgen desde la película con el libro homónimo y con La venganza viste de Prada, secuela en la que los villanos también son los empresarios monopolizadores, entre los que Miranda se mueve cómodamente en tacones.


Descubre más desde Girls at Films

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Let’s connect

Instagram

Descubre más desde Girls at Films

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo