Por: Andii Montoya
En The Drama, Kristoffer Borgli lleva su cine a un terreno aún más resbaladizo: el de las decisiones que creemos correctas… hasta que nos toca sostenerlas. Si en Sick of Myself la sátira apuntaba hacia la necesidad de validación, aquí la incomodidad se desplaza hacia algo más complejo: la fragilidad de nuestras certezas morales.

En los días pasados llegó al cine una de las películas que más me emocionaba de este 2026: The Drama. La razón por la que emocionaba iba más allá de la dupla Zendaya – Robert Pattinson (que ya de por sí es muy poderosa) si no por el director Kristoffer Borgli. Desde que vi su debut Sick Of Myself, supe que encontré un director que escribe los personajes que me interesa ver: los moralmente ambiguos.

The Drama sigue a una pareja en la semana previa a su boda. Emma (Zendaya) y Charlie (Pattison) parecen ser la pareja más bonita que se ha visto en el cine recientemente… hasta que no. En la prueba de menú en una dinámica de amigos, también con la brújula moral quien sabe en donde, Emma confiesa lo peor que ha hecho: planear un tiroteo escolar que finalmente nunca realizó. Y aquí la película se va por el debate de ¿qué haría yo? ¿dejaría pasar esta información de mi pareja? ¿Hay justificación social para la gente con ideas así? ¿el pasado se queda en el pasado?

Borgli construye un relato donde lo “correcto” deja de ser un punto fijo. Las acciones de sus personajes no buscan ser justificadas ni condenadas del todo; existen, más bien, en una zona gris que obliga al espectador a posicionarse. ¿Qué tanto de nuestra ética se sostiene cuando dejamos de observar y empezamos a participar? ¿Dónde trazamos la línea entre entender y justificar?

Es en este punto donde sus personajes femeninos adquieren una dimensión particularmente interesante —y también problemática. Como en su filmografía previa, Borgli se aleja de la representación tradicional de mujeres “agradables” o moralmente legibles. Sus protagonistas femeninas son incómodas, contradictorias, incluso desagradables por momentos. Y eso, en sí mismo, resulta valioso: hay una intención clara de romper con la expectativa de que las mujeres en pantalla deben ser empáticas, comprensibles o redimibles.
Sin embargo, esa misma apuesta abre otra pregunta: ¿hasta qué punto esta incomodidad funciona como una exploración genuina de la complejidad femenina, y en qué momento empieza a rozar una mirada que se alimenta del juicio? Borgli observa a sus personajes con una distancia que puede leerse tanto como honestidad como frialdad. Sus mujeres no están ahí para ser protegidas por la narrativa, pero tampoco necesariamente para ser comprendidas en su totalidad.

El resultado es una tensión constante. Por un lado, hay algo refrescante en ver personajes femeninos que no piden permiso para ser desagradables, egoístas o moralmente ambiguos. Por otro, la película parece consciente de lo fácil que es juzgarlas… y, en cierta forma, juega con ello. La incomodidad no solo viene de lo que hacen, sino de lo rápido que nosotros —como espectadores— queremos castigarlas por hacerlo.
Más allá de esto, The Drama insiste en una idea que atraviesa todo el cine de Borgli: el pasado no es algo que simplemente queda atrás. Es una presencia que se reconfigura, que se justifica, que se reescribe según la versión de nosotros mismos que necesitamos sostener. Y en ese proceso, la empatía —tan celebrada en el discurso contemporáneo— también se vuelve sospechosa. ¿Es siempre un acto de comprensión genuina, o a veces funciona como una forma de acomodar lo incómodo?

Lejos de ofrecer respuestas, Borgli deja abiertas estas grietas. The Drama no busca resolverlas, sino habitarlas. Y es ahí donde encuentra su fuerza: en la incomodidad sostenida, en la ambigüedad, en la conversación que inevitablemente se genera después.

Porque si algo queda claro, es que su cine no nos pide empatizar sin cuestionar —nos pide, más bien, preguntarnos por qué lo hacemos… y con quién.





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