Por: Pamela Muñoz
“Todos somos hijos de Pedro Páramo”, Alma Delia Murillo lo replantea en su libro La cabeza de mi padre. Y es que un papá siempre está ausente incluso cuando está presente. “Según los números oficiales, en México hay doce millones de hogares sin padre” escribe Alma, y eso sin contar todo el espectro fantasmal de los padres “presentes”. Lo que es real con la presencia de un padre (si eres hija) es el posible y desgastante trabajo de estar en constante sanación. Mientras el complejo de Electra hizo lo suyo, la lucha por matar al padre (psicoanalíticamente), abandonar el hogar paterno y callar su voz interna, se vuelve parte de la cotidianidad. La relación de un padre (por ser hombre) y una hija (por ser mujer) es compleja.

Considero que las carencias psicológicas de un padre se tienen que suturar, y aunque no nos corresponde, como hijas, lo acabamos haciendo por supervivencia. Por supuesto es un constante viaje de contradicciones y espejos, y claro que detrás de toda sombra hay luz, pero la constante fantasía de tener un padre con inteligencia emocional y sin carencias psicológicas, depende más de los límites que (como hijas) tenemos que imponer. Renunciar a las expectativas que un padre tiene sobre ti, se vuelve el mejor bálsamo contra una terrible autoestima.
En un ejercicio de cinefilia, pensé en tres películas que abordan la relación entre padre e hija, sus pesares y satisfacciones. Tres películas que en su momento me hicieron muy feliz:
Aftersun (Charlotte Wells) es una película que me quiebra. Verla cada vez es recordar esa relación que tenia con mi papá y que ya no es, como si todo se hubiera fragmentado en la infancia: los fines de semana que pasábamos juntos en Blockbuster, los ratos de silencio que despertaban la curiosidad por conocernos, los temas incomodos que se tocaban sobre amor y sexo, o las vacaciones en las que hubo una pelea porque él no se soportaba. En fin, intentar congeniar a través de la mirada del otro se vuelve la aceptación que ambos necesitamos (padre e hija). En Aftersun, Sophie (Frankie Corio) y Calum (Paul Mescal), a través de la videocámara se narran encontrando un puente de comunicación. Usan la cámara de una forma tan digna en beneficio a su relación, que se genera una voz narrativa intermedia entre ambos para conocerse sin lastimarse (en las grabaciones Sophie menciona lo que opina de su papá sin tener que contárselo, mientras Calum, menos verbal, graba a Sophie despidiéndose en el aeropuerto). El punto de vista de la cámara pareciera ser lo que todas necesitaríamos: una comprensión más humana que paternalista. La relación entre Sophie y Calum más que padre e hija, se vuelve una especie de comprensión humana.

Mucho entendimiento sobre el mundo y las relaciones inunda a Sophie a través de las experiencias de Calum. Al notar que sus padres se siguen diciendo ´te amo’ aunque estén separados, Sophie se cuestiona la idea del amor más allá de identificarse con un compromiso. Y entonces nos cuestionamos muchas de nosotras ¿Qué es el amor?
Callum, siendo un papá joven, es conmovedor, al igual que de fondo escuchar el gran himno de Blur: Tender. Todo eso mientras Calum le deja claro a Sophie: “puedes vivir donde quieras, ser quien quieras ser, tienes tiempo”. Me pongo a pensar que, si más padres tuvieran esa misma idiosincrasia, seguramente habríamos mujeres más plenas y sin tantos cautiverios introyectados.
Volviendo a La cabeza de mi padre, Alma Delia se pregunta: “¿Qué es estar exactamente en deuda con los padres y cómo y cuándo se cubre ese saldo pendiente? ¿Hay forma de liquidar semejante cuenta por pagar?” Dilucidando una relación jerárquica, donde a veces la cultura enfatiza el poder de los padres sobre las hijas, y nuestra falta de autonomía como mujeres recae en crearnos un adeudo por deberle la existencia a nuestro padre, se vuelve un poco necesario el hecho de parirnos a nosotras mismas. En el libro Fierce Attachments, Vivian Gornick escribe: “I’m saying that now a days love has to be earned. Even by mothers and sons”, a lo que yo agregaría: los padres también deberían ganarse nuestro amor sin creer que les debemos la vida.

Sentimental Value (Joachim Trier) por otro lado es una de las películas que mejor explican el comportamiento de un padre ególatra inmerso en su trabajo, esperando la aceptación de su ausencia. Daddy issues en su epítome. La relación entre Gustav Borg (Stellan Skarsgard) y Nora (Renate Reinsve) es una relación muy pasional y a la vez tóxica, el narcisismo los lleva a profundizar. Nora se niega a participar como actriz (interpretando a su abuela, mamá de su papá) en la nueva película de su padre. El mundo sentimental de Nora ya parece estar sellado, hasta que llega Gustav y lo quiebra. Las esporádicas presencias de Gustav solo abren heridas que ya estaban cerradas. ¿Qué pasa cuando la ausencia es mejor que la presencia? ¿Qué pasa cuando es mejor no tener un padre a tenerlo? El intento de Nora y su hermana Agnes por entender la naturaleza de su padre solo genera remordimientos. El regreso de Gustav en una posible etapa de retiro sigue siendo lo mismo: su “yo” más importante es ser director de cine. Sentimental Value me hizo reflexionar sobre la materialidad, utilidad, y los intereses personales que conlleva la relación padre-hija. La moraleja: saldar deudas no es opción cuando ya generaste un mundo en el que eres suficiente.

Al parecer La cabeza de mi padre me pego. Lo sigo citando: “Rara, anormal, perturbada, histérica. La cordura es elegir a un hombre, el que sea; la insensatez más incomprendida es elegirte a ti misma”. No hay forma de escapar, el primer hombre de nuestras vidas es nuestro padre; sin embargo, a veces romper con esa cordura congénita y biológica se vuelve el acto más valiente que podemos hacer.

Por ultimo, Tengo sueños eléctricos (Valentina Maurel) es una película que genera emociones sobre la contención. Es una historia sobre la idealización del padre, sobre creernos una narrativa que inventamos de él, y que no resulta ser sana. ¿El resultado? nos crea la responsabilidad de cuidar a nuestro padre por su falta de realidad. Eva (Daniela Marín) es una adolescente que desea vivir con Martin (Reinaldo Amien), su padre, a quien admira por ser bohemio, poeta, y gozar de una libertad (que no tiene con su madre). El vínculo entre Eva y Martin es una frustración, hay una inalcanzable idea del deseo como acto de libertad que no se concreta. Eva termina aterrizando a su padre con una dolorosa conciencia sobre el deseo. Darnos cuenta de que inventamos un personaje para nuestro padre es una manera de crecer, un golpe de realidad que, si bien nos toco en la adolescencia, fue un parteaguas para la constitución de nuestra rebeldía. Y ya siendo una mujer la rebeldía debe seguir.

Hablar de la relación perfecta entre padre e hija es insondable, una incógnita. Lo que sí es predecible y teórico es nuestra cabeza suplicando aclarar y distinguir las voces. Hace poco escuché una frase que entendí perfectamente: “el sistema nervioso de las mujeres se regula por el placer y no por las autoexigencias”. Me ha costado mucho tiempo y psicoanálisis haberme dado cuenta que mis autoexigencias no venían de mi, sino de cumplir la voz de mi padre; llegar a esa conciencia les puedo asegurar que libera.






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