Por: Valentina Ramírez | @val_filomata
En junio del 2025 se estrenó la adaptación en formato de serie del musical mexicano Mentiras, con la participación de Mariana Treviño como Lupita, Regina Blandón como Yuri, Diana Bovio como Dulce y Belinda como Daniela; además de Luis Gerardo Mendez, quien interpretó a Emmanuel y fue productor de la serie junto con Gabriel Ripstein. La serie estuvo en todos lados gracias a la popularidad de su cast, la nostalgia por el repertorio musical, la fama de la obra de teatro y el boca en boca de aprecio ante la calidad de la serie.
Sin embargo, no se salvó de críticas, y algunas de las más fuertes llegaron directamente de parte de los fans de la versión teatral, pues el guión pasó por una buena cantidad de cambios al ser adaptado para televisión. Más allá del cast o la escenografía, creo que es interesante la comparación en el argumento y el repertorio musical de ambas versiones, ya que en las diferencias más sutiles podemos profundizar en el sentido de la trama, los personajes y su relación con el público. La serie tuvo varios ajustes positivos, como el hecho de que ahora queda más clara la diferencia entre Dulce y Daniela, las dos esposas de Emmanuel, enfatizando cómo (aunque ambas representan a la “esposa tradicional”) sus arquetipos difieren en su clase social, sus valores y hasta sus religiones. En general las personalidades de las cuatro quedan nítidamente definidas, y esto es apoyado por la escenografía y el vestuario. Daniela quizás aparece desde un principio más emancipada que su versión teatral, más perra, más retadora, y quizás, más Belinda, algo genial para unos… y criticado por otros. Las actuaciones de las cuatro protagonistas fueron de lo más valorado, en parte por su excelente delivery cómico y a que el formato de serie les permite expresar las emociones de los personajes de manera más lenta e íntima. Mientras que las cuatro actrices destacan vocalmente, la química que comparten lleva la serie un paso más allá y hace que el desarrollo del cuarteto se sienta natural y lógico. La actuación más criticada resultó ser la de Luis Gerardo Mendez, quizás justamente como consecuencia de algunos de los cambios que sufrió el guión al adaptarse.

La serie se distingue bastante de la trama original, un poco para bien, y otro no tanto. Uno de los cambios que más se ha comentado es el final, ya que cambia las motivaciones y el subtexto de Emmanuel, adaptandose más a la versión contemporanea de la obra y reduciendo el nivel de camp del personaje. Donde antiguamente Emmanuel era motivado a escapar de su vida previa y poner a prueba a sus antiguas amantes por lo que se podía interpretar como un arco en la búsqueda de su identidad sexual y de género, en la serie el personaje decide fingir su muerte para simplemente intentar escapar de la culpa que lo acosa. Muchos fans de la versión original de la obra de teatro criticaron el cambio, pues se perdió un elemento clásico y querido por la comunidad LGBT que era la revelación de que Emmanuel y Manoela, la supuesta hermana de éste (y que no aparece en la serie), eran en realidad la misma persona, algo que se revela cuando se emancipa de sus mentiras. Esto presentaba al personaje como una mujer trans, un hombre travestí, o drag queen. Sin embargo, la verdad es que Emmanuel está plagado de defectos y actúa de maneras imperdonables ante las protagonistas, y aunque no toda la representación de minorías tiene que ser idealizada, hay quien podría interpretar las motivaciones de Emmanuel/Manoela como clichés pasados de moda o incluso basados en el prejuicio.
Aunque algunos detalles sobre la interioridad de Emmanuel se quedaban en el subtexto de la obra, se podía interpretar que saltaba de una relación a otra con tal de evitar salir del clóset. Al final, el debate de si fue buena decisión hacer este cambio queda abierto, después de todo el cambió también se dio en la versión actualizada de la versión teatral, pero para mi una gran pérdida que sufrió la serie en relación a esto fue la desaparición del icónico número final: una alegre y brillante celebración del año nuevo donde las 5 (las 4 amantes y Manoela) cantaban “Mudanzas” (que aunque sí aparece en la serie es en un tono completamente distinto), además del popurrí final que incluía varias canciones que quedaron fuera de la nueva adaptación como «Prometes», “Bella” o «Maldita primavera».

Los cambios del personaje de Emmanuel se han criticado bastante, en especial porque la serie le da más canciones pero explora menos su sexualidad. Hay quien ha criticado que se le den más números musicales a él, quitándole centralidad a las protagonistas mujeres, y al mismo tiempo, al quitarle su aspecto más camp y femenino se siente como un personaje más monótono. Sin embargo, una gran fortaleza que tiene la serie es que hace más explícito el aspecto camaleónico del personaje, siendo el típico hombre que “le roba su identidad a sus novias”, hasta el punto que él mismo no sabe quién es cuando está lejos de ellas. Quizás esto mismo lo hace más odiable, un resultado no tan malo para el que se puede interpretar, después de todo, como el antagonista de la historia. También cambia el personaje de Yuri que, al igual que hacía Emmanuel, esconde un secreto sobre su sexualidad; pero la serie hace su revelación un poco menos traicionera y menos ambigua que la obra, al presentarla explícitamente como bisexual. Quizás la versión original tenía un aire más trágico y melodramático, pero se agradece que su orientación sexual incluso sea celebrada en vez de villanizada, aunque sea en un pequeño gag.
Sin embargo, para mí el peor cambio lo sufrió el personaje de Daniela. Para explicar a qué me refiero creo que primero es importante hablar de cómo cada uno de los personajes de la historia esconde una o varias mentiras, exploradas y representadas a través de las canciones. Emmanuel, el principal mentiroso, esconde a sus amantes y su propia interioridad. Dulce esconde el secreto de haber engañado a Emmanuel y el hecho de no ser tan santa como se pinta. Lupita esconde el hecho de que ella sabe los secretos de los demás y que ella catalizó el conflicto del bar. Yuri esconde su amorío con Emmanuel y su enamoramiento con Daniela. Daniela miente sobre su embarazo para evitar que termine su relación con Emmanuel y así ayudar a sus padres con sus dificultades financieras con el dinero de él. Aparentemente son las mismas motivaciones entre la serie y la puesta en escena, pero las canciones que fueron eliminadas en la adaptación eran justamente las que desarrollaban un subtexto muy interesante en Daniela: su otra mentira, una que se decía a sí misma… y era la de su propio enamoramiento hacia Emmanuel, dandose cuenta conforme se desarrolla la trama que ya no siente nada por él, aunque quiera guardar las apariencias. En la serie también tiene una mentira internalizada, pero distinta: la idea de que tiene que ser perfecta; algo que reconoce gracias a las demás y se da permiso a sí misma de ser libre. Aunque es un mensaje lindo, y con el cual quizás sea más fácil empatizar hoy en día, la idea de que Daniela se libere de un falso amor era poderosa y, hasta cierto punto, muy simbólica.

Las canciones que perdió el personaje de Daniela son algunas de las más icónicas del romanticismo empedernido de la mujer romántica de los 80s, resignada a seguir amando al hombre de sus sueños, incluso a pesar de sí misma. Daniela es la mujer tradicionalista, la que más se tarda en reconocer lo tóxico que era Emmanuel, la que más tarde en empoderarse, y la que más representa una mentalidad cerrada y dependiente del amor masculino. Canciones eliminadas como “La pareja ideal” y “Celos” hacían énfasis en esto, pero uno de los momentos más emocionantes de este aspecto del personaje es cuando cantan el popurrí “Tu muñeca” (cantada por Daniela) y “No soy una muñeca” (cantada por las otras chicas), dos canciones que se contradicen, donde una hablaba sobre la obligación de ser fiel, y la otra sobre el dejar atrás los clichés del romanticismo. Daniela se rehúsa a unirse a las otras, hasta que en el climax de la canción cambia y canta lo mismo que ellas en un momento emocionante de la obra de teatro en que se entrelazan el desarrollo de personaje con la música de la escena.
Además de ser una lástima habernos perdido de algunas de estas canciones interpretadas por el genial elenco de la serie, creo que también hay un aspecto temático de la narrativa que es afectado por este cambio. Mentiras sucede en 1989 y es un musical de Jukebox de los éxitos de los 80s, una época en la que se dieron algunos de los más grandes cambios para la conciencia femenina y el movimiento de liberación de la mujer en México. Pero al mismo tiempo, aún estaban arraigadas ideas, prejuicios y clichés de la mujer sumisa. Al igual que las protagonistas inician en un estado de negación, sin haberse emancipado aún y todavía enamoradas de un mentiroso, el orden original de las canciones se relacionaba con este proceso, presentando primero clásicos del amor romántico que van siendo retados y burlados conforme avanza la historia, y van apareciendo más y más canciones sobre empoderamiento femenino. El momento en que Daniela pasa de cantar “Tu muñeca” a “No soy una muñeca” era el icono del devenir feminista de la obra. Igualmente, la revelación de Manoela terminaba de servir como giro de tuerca cuando este personaje, en su burla a los roles de género tradicionales, cantaba “dejar de ser niña, para ser mujer” en su versión de “Mudanzas”.

Mentiras, tanto la nueva serie como la obra, siempre ha estado acompañada por un sabor nostálgico que acogió a las mujeres que vivieron su adolescencia y juventud en la misma época que sus protagonistas. Pero Mentiras no fue escrita en 1989, sino en 2009. Mucho después de los sucesos que retrata y en una época en que, quizás, muchas de las personas que vivieron los 80s y 90s ya habían tenido hijos propios. Así, desde su concepción en el teatro, se convirtió en una oportunidad excelente para que las madres boomers compartieran una visión romántica de su juventud con sus hijas. Y justamente, la herramienta narrativa de la serie de introducir a una narradora millenial, aunque con sus defectos, refleja ese aspecto de las memorias vivas, contadas de boca en boca entre madres e hijas. El diseño de producción, que juega con la imagen previamente establecida por la escenografía de la obra de teatro, explota a la máxima potencia gracias a las herramientas que el formato televisivo permite. En esta versión, sus escenarios monocromáticos, vintage y neones flotan en un vacío onírico, pero que no es una fantasía surreal, sino los recuerdos de vida filtrados por la imaginación de una nueva generación que romantiza e idealiza una época que no vivió.

Mentiras: La serie, no es lo mismo que su contraparte teatral, está claro, pero cómo toda adaptación es difícil que se desprenda por completo de la sombra de su fuente original. Aún así, aunque podemos extrañar lo que quedó fuera, esta versión es consciente de su propio legado, y aparece como una carta de amor para la franquicia original de la cual proviene. Con su narradora millenial, sus personajes actualizados, su elenco al mismo tiempo juvenil y que retoma integrantes que estuvieron presentes desde el teatro como Mariana Treviño, no parece querer sustituir la puesta en escena como la “versión definitiva de Mentiras” o presentarse como una mejor versión de la misma historia, sino como una nueva interpretación suficientemente distinta como para motivar al público a ver ambas y conocer más de este mundo nostálgico. Quizás una versión tiene lo que la otra no tuvo o tendría oportunidad de hacer.





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