Por: Jessica Angel | @JessAM_21
Para comenzar a hablar de «El agente secreto», es importante conocer primero el contexto político, histórico y social en el que se desarrolla la historia, principalmente porque se relaciona con el periodo de la dictadura militar brasileña (1964–1985). Durante esos años hubo una fuerte persecución de opositores políticos, censura a la prensa y al arte, desapariciones forzadas, y el pueblo vivía bajo una vigilancia constante. Además, al Estado no le interesaba que hubiera avances tecnológicos. Tal como lo muestra la película, aunque la historia no es un documental ni Armando es una figura histórica real, sí se centra en uno de los periodos más duros de la dictadura y se sitúa en el año 1977.
Al inicio de la película podemos ver que Armando, interpretado por Wagner Moura, se estaciona en una gasolinera donde hay un cadáver que lleva días en estado de putrefacción, lleno de moscas, pero al parecer a nadie le importa. Esa escena dice más de lo que parece, ya que desde los primeros minutos el director nos anticipa de qué tratará toda la película. Utiliza la podredumbre como una metáfora: el cadáver en descomposición no solo anuncia el tono oscuro, sino que funciona como símbolo del Estado y de sus instituciones, nadie reacciona porque la corrupción ya está normalizada.

Hay una sensación constante de persecución y encierro, como si el protagonista nunca pudiera estar realmente a salvo. La fotografía es fundamental para transmitir esa sensación de ser observado a través del uso del zoom, el grano y la imagen “descuidada” refuerzan también la memoria histórica, –inspirada en el cine brasileño de los años 70–. La imagen en sí misma se siente como un objeto que ha sobrevivido al paso del tiempo y que tiene imperfecciones.
Por otra parte, los perseguidos o refugiados se juntan para formar sus propias comunidades, sobrevivir y tener apoyo emocional para lidiar con un régimen que les ha quitado la paz. Tal como dice Arthur C. Helton: “Los refugiados son testigos de las cosas más terribles que la gente puede hacerse entre sí, y se convierten en narradores simplemente por existir”.

Eso le sucede a Armando, quien tiene que usar el nombre de Marcelo para intentar pasar desapercibido. Su principal “delito” es ser innovador y buscar desarrollar tecnología de autos eléctricos, pero bajo un régimen dictatorial, cualquier actividad intelectual que no esté bajo control estatal se considera subversiva o peligrosa. Armando no es el típico héroe del cine de espionaje; más bien es un hombre víctima de las circunstancias, atrapado por un sistema que lo supera y que, de un día para otro, le cambia la vida y pierde todo.
Algo que siempre me gusta es el metacine, es decir, cine dentro del cine. En la historia, ir al cine funciona como escape, pero también como refugio emocional, es el único espacio donde parece haber una pausa y donde el protagonista puede sentirse a salvo e incluso mantener conversaciones importantes que serán grabadas y servirán como testimonio.

La cinta juega entre el pasado y el presente; es aquí donde entran las investigadoras reconstruyendo los hechos. Para mí, ellas representan a las nuevas generaciones de Brasil, que deben escuchar para no olvidar su propia historia como país.
En la película importa mucho el fuera de campo, lo que no se ve. No se nos muestra explícitamente el final de Armando; nos enteramos por el periódico, esa decisión le da una gran carga emocional y nos obliga como espectadores a completar la pieza del rompecabezas que falta. El recurso subraya cómo la violencia política muchas veces se convierte en una nota más en los medios, deshumanizada y distante.
En definitiva, «El agente secreto» es más que una historia de espionaje, es un recordatorio que nos obliga a mirar la historia con atención, a recordar que sin memoria histórica, estamos condenados a repetir los mismos errores…






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