Por: Lily Droeven | @lilydroeven
El cine siempre se ha destacado por adaptar obras literarias, desde las novelas clásicas hasta las contemporáneas y en la mayoría de estas adaptaciones se les suele dar un giro moderno al tomar libertades creativas a fin de que las audiencias actuales logren conectar con mayor facilidad con las historias y los personajes. Al mismo tiempo esto aporta un toque de frescura a la trama, pero sin dejar a un lado el enfoque emocional y las temáticas que se exploran.

Este año una de las adaptaciones cinematográficas más esperadas para mí ha sido el estreno de Bonjour Tristesse, la ópera prima de Durga Chew-Bose. El guion, también escrito por la directora, es una adaptación a partir de la novela homónima de la escritora Françoise Sagan que publicó a los 18 años, en 1954 y que se convirtió en la obra más emblemática de la literatura contemporánea francesa al ser un sofisticado estudio de la inconciencia de la clase burguesa, así como las consecuencias ocasionadas por el maquiavelismo adolescente. Sagan también destaca la manera en que se retrataba la sexualidad femenina juvenil, ya que a pesar de que la historia se desarrolla durante la segunda mitad del siglo XX, la protagonista disfruta su vida sexual de una manera natural, por lo que Sagan evitó reificar la vida íntima de su protagonista adolescente y al final no era castigada por tener autoridad sobre su propio cuerpo.

Bajo una mirada precisa y sofisticada que le proporciona a la narrativa un maravilloso equilibrio tonal, Chew-Bose emerge con una nueva perspectiva al reimaginar la novela actualizando las dinámicas de relaciones entre individuos y sus conflictos logrando condensar bajo el uso de su lenguaje fílmico y que junto con su narrativa difuminan la delgada línea ante la visión de un mundo superficial en plena época digital, al abordar conflictos en cuanto a las cuestiones éticas y morales mientras cuestiona subjetivamente el comportamiento de los personajes, así como la manera en que las relaciones humanas se fracturan. A través de diversos cambios de tono y juegos con la cámara en el que enfoca un conjunto rutinario de interacciones materiales, la directora explora las emociones complejas que siente la protagonista, cuyos pensamientos sombríos se yuxtaponen con el paisaje estival bañado por un radiante cielo azul.

En los primeros minutos conocemos a Cécile (Lily McInerny) una adolescente de 18 años que vive un estilo de vida acomodado. Cécile pasa sus vacaciones veraniegas bajo el embriagante sol de la Riviera Francesa junto a su padre, el viudo y playboy Raymond (Claes Bang) y su amante Elsa (Nailia Harzoune). Los tres llevan un estilo de vida despreocupado y se divierten frecuentando fiestas con sus amigos en los lugares más refinados de la costa. Es muy notorio que Cécile, Raymond y Elsa tienen una relación bastante cercana, pese a ello, siento que Raymond es más una figura paterna ausente, puesto que carece de responsabilidad y autoridad como padre hacía Cécile, dando la impresión de ser un amigo suyo además de que es obvio que Raymond no es capaz de estar solo. El personaje de Elsa figura como una confidente para la joven y es que, a pesar de ser la amante o novia en turno de Raymond, no pretende ni intenta retratar a la figura materna ausente.

Todo transcurre de manera normal hasta que reciben la visita de Anne (Chloe Sevigny), amiga de Raymond y de la difunta madre de Cécil, quien planea hospedarse con ellos un tiempo. Anne es una destacada diseñadora de modas que bajo su elegancia esconde una actitud bastante autoritaria. La presencia de Anne irrumpe constantemente en la burbuja de aparente felicidad que vive Cécile, ya que siempre están en desacuerdo una de la otra en su forma de pensar. La constante convivencia hace que Raymond y Anne se enamoren desencadenando en Cécile un sentimiento de profundo rencor hacia Anne, ya que esta noticia no solo amenaza su estilo de vida, sino que termina por llevarla hacia una inevitable catarsis emocional.

Chew-Bose construye la estructura del montaje junto con una fotografía de ensueño en un escenario perfecto, evocando lo que parece ser un verano inolvidable bajo el sol abrasador de la Riviera Francesa, haciendo que en este aspecto la película sea una experiencia visualmente cautivadora. Además de su embriagadora atmósfera, la directora utiliza un impecable y meticuloso trabajo de cámara en el que el tiempo se siente tenso pero delicado, con detalles y gestos que anticiparán lo que irá sucediendo.

A medida que avanza, la película pasa de un tono suave que va acentuándose a una atmósfera más sombría para darnos la impresión de que algo podría ocurrir en cualquier momento ante el desarrollo emocional de Cécile, en especial debido a los cambios que empiezan a moldear su personalidad frente a la presencia de Anne. Chew-Bose sigue con su cámara a Cécile en su inevitable desesperación ante las circunstancias que la obligan a buscar una manera de mantener su estilo de vida, sin importarle lo que pueda suceder y que la orillará a tomar decisiones de las que más tarde se arrepentirá.

Si bien el desarrollo del tercer acto se siente demasiado apresurado, la cinta consigue impulsarse con la deslumbrante actuación matizada de la joven Lily McInerny que junto con la presencia de la multitalentosa Chloé Sevigny destacan al interpretar a dos mujeres completamente opuestas que representan la moral estricta de la gente adulta y el hedonismo juvenil. Al final, la película es una fábula oscura que nos sirve como un frío recordatorio de que la juventud tiende a corromperse ante la amenaza del fin de su vida idílica de placeres.






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