Film Diary #FICM2025: Primera mitad del festival

Este año tengo nuevamente la oportunidad de acompañar a la revista durante el Festival Internacional de Cine de Morelia, y aunque quisiera poder ver todas las películas, estar en todos los eventos y conocer a todas las personas, la lógica de la física nos obliga a tener que hacer una selección. Por mi parte comencé estos primeros días con una diversidad de dramas, thrillers y animación que ha resultado fantásticamente llena de sincronías y sentidos que se construyen entre múltiples películas de manera compartida, gracias en gran medida al proyecto curatorial que como cada año hace el festival. Aquí vamos a hablar de algunas de ellas. 

Arco

Esta película de animación de los directores Ugo Bienvenu y Félix De Givry, y producida por Natalie Portman, es una fantasía visual cuyo corazón es un mensaje ecológico sobre el deseo de construir un mejor futuro. Arco, un niño que vive en un futuro lejano donde la tecnología ha logrado avanzar sin dañar el planeta, tiene un accidente en su primer viaje con su manto arcoiris, que lo hace aparecer en el año 2075, donde una pequeña de su misma edad, Iris, lo encuentra y decide ayudarlo a volver a casa. 

La película está fuertemente influenciada por el estudio Ghibli y las películas de su fundador, Hayao Miyazaki, tanto en estilo visual como en la narrativa. Sin embargo, logra crear su propia identidad estilística al combinar la influencia más nippona con el estilo de animación francés propio de sus creadores. Con escenas meditativas y un ritmo contemplativo, la relación entre tecnología, infancia y naturaleza se desarrolla con mucha fuerza a través de sus imágenes, que además logran capturar una energía caricaturesca y expresiva en los movimientos más exagerados de sus personajes sin, a pesar de esto, romper con el realismo de la dirección de arte. No conocemos mucho de ninguna de las dos épocas, pero vemos atisbos de su tecnología, sus problemáticas y su cultura a través de las interacciones de los niños. 

La película es conmovedora, pero quedan algunas preguntas abiertas con respecto a las motivaciones de los personajes, en particular: ¿cuál es la relación que Iris tiene con la crisis climática y cómo se relaciona esto con el deseo que pide al principio de la trama? La película parece querer insinuar que ella desea cambiar la crisis climática, pero en realidad lo que nos muestra es más un dolor personal relacionado con su familia. Aún así, la mitad de la sala terminó en lágrimas y muy satisfecha con la experiencia. 

Once Upon a Time in Gaza 

La película de los hermanos Nasser parece prometer una reflexión profunda sobre la relación entre arte, medios de comunicación y la resistencia palestina en contra del asedio zionista, al mismo tiempo que presenta un thriller de crimen y venganza muy al estilo del cine negro. Nos cuenta la relación de Yahya, un estudiante universitario, con Osama, un vendedor de falafel y traficante de drogas que a pesar de esto se muestra como un hombre noble con quien el joven desarrolla un vínculo casi familiar al estar encerrado en Gaza sin poder salir a visitar a su familia que vive a sólo una hora de distancia en Cisjordania. 

Un punto de inflexión a mitad de la película cambia las cosas y lleva a Yahya a involucrarse con un director de cine que está filmando la historia de vida de un rebelde que murió luchando contra el ejército israelita, y que lo escoge a él como el protagonista por su parecido físico. La película plantea una relación simbiótica entre el desarrollo de Yahya como persona y su desarrollo como actor, donde convertirse en un héroe de ficción le permite actuar con una valentía de la que era incapaz antes. El asedio sionista, el colonialismo occidental y la frustración palestina aparecen como telón de fondo ante el thriller dramático que viven los personajes al enfrentarse a los riesgos del tráfico de drogas y policías corruptos. En las noticias de una televisión de fondo, y en el papel periodico con el que envuelven el falafel, se ven sombras de política, ocupación y militarismo.  

Sin embargo, la película parece concentrarse demasiado en sus aspectos de thriller y las acciones de Yahya son un poco ambiguas, a tal punto que es difícil describirlo como un personaje “noble”, tal vez propio para una película tan inspirada en el cine noir como lo es esta, pero en momentos parece algo desvinculada con la situación que la enmarca. 

Es una película muy cinéfila, con claras referencias al cine que habla sobre cine y la metatextualidad. Termina (spoiler) con las típicas letras de “The end” cambiadas para ser “It will end”, refiriéndose al final de la ocupación de Palestina, pero a pesar de lo conmovedor que podría ser este final, se siente algo gratuito. 

Mirrors No. 3

Esta película alemana de Christian Petzold puede ser que sea mi película favorita de las vistas en estos primeros días, a pesar de ser una de las más simples. Laura, una joven estudiante universitaria de música que vive en Berlín, sobrevive a un accidente de auto durante un viaje al campo. Betty, una mujer de la zona que presenció el choque, la acoge con la intención de verla recuperarse del trauma, pero lentamente comienzan a adoptar una rutina extrañamente familiar, con un parentesco que no tienen.

La vida idílica del campo y la amabilidad de esta mujer junto con su esposo e hijo adulto, con quien Laura tiene una química que extrañamente parece causarle incomodidad a la familia, parece atraparle. Aunque la película es absolutamente realista y naturalista, esa sensación de hipnosis y de misterio parece la de un cuento de hadas donde la protagonista corre riesgo de nunca volver a su mundo si no presta atención a los trucos de unos duendes. Pero no, Betty y su familia sólo son gente del campo que cargan con un profundo dolor y trauma.

Amé el final, y sin decir mucho sólo puedo quedarme con la última sonrisa de Laura, que hace un balance excelente entre el suspenso de la realidad que vivió, y la parte más noble y hasta ingenua de su experiencia. 

Además de estas tres, los primeros días del festival estuvieron enmarcados por la película inaugural “El agente secreto” de Kleber Mendonça Filho, un thriller situado en los últimos años de la dictadura de Brasil en los años 70s. Más allá del suspense de la trama, Mendonça la describió como un intento de capturar la memoria de una época, construyendola a través de imágenes, referencias culturales, y atmósferas, características compartidas por algunas de las otras películas que hemos visto este año en el festival. Otro ejemplo es “The Mastermind”, de Kelly Reichardt y protagonizada por Josh O’Connor que, al igual que la película de Mendonça, retrata un thriller atmosferico, enmarcado por los paisajes de la época y la cultura de los 70s. Además, este año uno de los programas que trae el festival es uno de Cine Negro presentado por el periodista y escritor Eddie Muller, con algunos de los clásicos de la historia del thriller.

Varias de estas películas nos han mostrado el tema de un mundo caótico que va más allá del límite del cuadro y que se cuela a través de las pantallas que los personajes miran, la música que escucha, o los periódicos que leen (y quizás cabe mencionar que de igual manera, el festival ha estado enmarcado por posicionamientos políticos, manifestaciones y marchas que quedan más allá de los límites de la sala de cine). Algunas de estas películas nos invitan a reflexionar sobre nuestra presencia ante la historia, pues si no somos capaces de posicionarnos ante los horrores del mundo, el mundo lo hará por nosotros. 


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