Film Review: Una batalla tras otra – La madurez creativa de Paul Thomas Anderson 

Por: Begoña Iturribarría | @Begostereo

Una persecución serpentea por carreteras que ondulan como dunas infinitas. Puertas que abren otras puertas, habitaciones que se pliegan sobre sí mismas formando un laberinto. Escapes por los techos, pasajes subterráneos convertidos en refugios y salones ocultos. 

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A ese compás avanza la nueva película de Paul Thomas Anderson, un director brillante que en esta ocasión adapta Vineland, la obra de Thomas Pynchon, uno de los novelistas vivos más célebres de nuestros tiempos que expone en esta novela la contracultura y contrarrevolución en una sátira política estadounidense y una resistencia disparatada que se interpone en los diferentes dilemas morales.

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Afrontar un texto así exige una lectura profunda, casi reverente, y Anderson lo hace sin titubeos. Quienes conocen su cine reconocerán de inmediato su rigor, su humor y la sensibilidad emocional con que aborda cada historia.

Desde Magnolia (1999), donde el caos humano se vuelve tormenta colectiva, hasta There Will Be Blood (2007), con su monumental exploración del poder y la codicia, el director ha demostrado una capacidad excepcional para construir universos donde lo íntimo y lo épico se entrelazan con naturalidad. En Phantom Thread (2017) esa mirada se volvió más sofisticada, donde propone un duelo perverso entre el control y la entrega, filmado con precisión estética y narrativa.

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Por su dominio de los estilos narrativos y su excepcional dirección de actores, Anderson confirma su madurez al convertir una novela en un desafío cinematográfico que, tras casi dos décadas de trabajo, logra una consistencia poco común.

En Una Batalla tras otra (One Battle After Another), Anderson lleva su madurez a otro nivel: no adapta Vineland, la reimagina. Actualiza sus conflictos, resignifica a sus personajes y, tras casi dos décadas de trabajo, encuentra un equilibrio entre fidelidad literaria y libertad cinematográfica.

El director no deja nada al azar. Su mirada coquetea con Un lugar en ninguna parte (1988) de Sidney Lumet, La batalla de Argel (1966) de Gillo Pontecorvo; Huida a medianoche (1988) de Martin Brest; Contacto en Francia (1971) de William Friedkin, y Centauros del desierto (1956) de John Ford, clásicos donde la acción y la política se dan la mano sin perder humanidad.

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La historia sigue a Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio), un ex revolucionario que en su juventud soñó con cambiar el mundo, pero que ahora vive recluido junto a su hija adolescente, Willa (Chase Infiniti). Su existencia transcurre entre la paranoia y el aislamiento, atrapado en el mismo sistema al que alguna vez combatió. Su aparente tranquilidad se rompe después de dieciséis años, cuando reaparece el coronel Steven Lockjaw (Sean Penn), un militar corrupto y obstinado en ajustar cuentas.

La desaparición de Willa desencadena una huida física y moral: Bob se ve obligado a reunir a sus viejos camaradas y enfrentar no solo a su perseguidor, sino a sus propias contradicciones.

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Lockjaw encarna el poder absoluto, la violencia institucional, la autoridad militar. Su figura representa la autoridad que todo lo devora, pero también la fragilidad de quien busca ser aceptado por un sistema que lo excluye, aquella hegemonía poderosa basada en la racialidad que también excluye al mismo Lockjaw por sus errores del pasado, un recordatorio de  you do not belong here. Frente a él aparece el Sensei (Benicio del Toro), un personaje luminoso y enigmático, cómplice en la huida de Bob, cuya solidaridad auténtica nace del reconocimiento del otro, de saberse ambos desplazados por una estructura social que los margina.

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Por otro lado, como en gran parte de la filmografía de Anderson, los espacios funcionan como un recurso central para coreografiar la tensión. Evita la tentación de una fotografía pulcra, quizá, porque la fuerza visual radica en la luz, los símbolos y la tensión social. Cada persecución, desde los migrantes que patinan por las calles para escapar de las redadas, las sombras de la huida en las azoteas hasta las fugas en automóvil están coreografiadas con precisión casi musical, reforzadas por la hipnótica banda sonora de Jonny Greenwood (Radiohead). 

Con sutileza, utiliza un tono satírico que emerge con naturalidad sin caer en el absurdo. Los personajes son más arquetipos que individuos en transformación y funcionan como espejos de un sistema que se descompone. Si en obras anteriores exploraba el desarrollo psicológico de sus protagonistas, aquí el foco está en el entorno, introduciendo a personajes extravagantes envueltos en situaciones inverosímiles sin romper la coherencia del relato. 

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Finalmente, en One Battle After Another, Paul Thomas Anderson expone los mecanismos que revelan las grietas del poder y las fisuras morales de una nación, pero también plantea preguntas sobre la igualdad, la persecución de los migrantes y la militarización del Estado, pero lo hace sin moralismos. Entre el caos, sobreviven la amistad, la solidaridad y la lealtad, aunque siempre bajo sospecha. Anderson propone que los ideales pueden persistir, pero nunca indemnes pues el tiempo, la culpa y la violencia los erosionan.

Por ello la película confirma la madurez de un cineasta que ha aprendido a dialogar con la literatura sin someterse a ella. En manos de Thomas Anderson, la adaptación deja de ser una traslación y se convierte en una interpretación: un territorio nuevo donde la emoción y la crítica conviven en equilibrio. One Battle After Another no solo demuestra su evolución como narrador, sino su convicción de que el cine aún puede ser un espacio de riesgo y de verdad, un reto aventurado que bien ejecutado puede ser muy poderoso. 


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