Por: Jimena Luna
Tuve la oportunidad de ver el nuevo largometraje de Nathan Ambrosioni, Les Enfants vont bien, en el Festival du Film Francophone à Angoulême este agosto de 2025. La película fue presentada por el propio director junto a Camille Cottin, Manoâ Varvat y Nina Birman. El filme se llevó el gran premio del FFA, el Valois de diamant y una Mención especial del jurado por la interpretación de los dos niños actores.

Ambrosioni, que apenas tiene 25 años, nos ofrece una historia sencilla pero muy precisa. La trama gira en torno a una madre, Suzanne (Juliette Armanet), que una tarde en pleno verano, pasa a saludar a su hermana Jeanne (Camille Cottin) con sus dos hijos (Manoâ Varvat y Nina Birman) y a la mañana siguiente, desaparece sin explicación sólo dejando una nota. Desde esa escena inicial —la más dura y crucial de toda la película—, el director teje un relato sobre las repercusiones de esa ausencia. Me pareció interesante que el drama comienza justo ahí, a diferencia de lo que suele hacerse: no vemos la ruptura, sino lo que queda después.

El guión se basa en gran medida en los silencios, y la dirección lo refuerza con tomas largas y estáticas. La cámara se queda en los espacios vacíos, en las pausas de los personajes, en los gestos pequeños que marcan la convivencia entre Jeanne y los niños. Esta elección visual logra transmitir de manera efectiva la sensación de espera y desorientación que provoca la desaparición de la madre.

Camille Cottin es el corazón de la película; su interpretación de Jeanne es increíblemente natural, sin buscar la empatía inmediata ni grandes escenas de llanto. Su personaje está confundido, cansado, pero trata de hacerse cargo de la situación. Hay una honestidad muy poderosa en la forma en que Cottin retrata a una mujer que no está segura de querer ser madre, pero que no tiene otra opción. Es una actuación contenida y muy física, sosteniendo la tensión emocional sin necesidad de palabras.

Les Enfants vont bien aborda el tema de la familia, pero no desde la perspectiva de la unidad o la redención. Habla de responsabilidades, de afectos complicados y de los límites del cuidado. Su mayor logro radica en la mirada honesta que ofrece sobre estas dinámicas.

En un panorama de dramas familiares que suelen cerrar con reconciliaciones forzadas, Ambrosioni apuesta por algo más sobrio y realista. No hay redención total, sólo la aceptación de que seguir adelante, a veces, es suficiente.










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