Film Review #Cannes2025: Colours of Time- Un coming-of-age desde 2024 hasta 1895

Por: Natalia Albin | @_nataliaalbin

La nueva entrega de Cédric Klapish, tras la aclamada «En Corps” (nominada a 8 Césars en 2023), es un ambicioso juego con el tiempo. Creando un puente entre 2024 y 1895, “Colours of Time” es una historia sobre la importancia de la familia, la herencia cultural y la atemporalidad del amor. 

Klapish abre la historia en un mundo inconfundiblemente contemporáneo: “Los nenúfares” de Monet en el museo Orangerie en París, una mujer que cumple cada estándar de belleza posando frente el lienzo, una mujer que cumple con cada estándar de belleza posando frente al lienzo. Nunca voltea a ver la pintura, solo repite la pose, una y otra vez, es una modelo. Una imagen que hemos visto mil veces en redes. Seb (Abraham Wapler), el fotógrafo, se convierte en nuestro protagonista cuando, comentando el bajo contraste entre la ropa de su novia (la modelo) y la pintura, ella responde sin pensar: “podemos cambiar los colores de la pintura en Photoshop”. Y él, resignado al mundo que le toca, asiente.

Ahí comienza una historia sobre la importancia del pasado, el error de intentar corregir la herencia que nos toca, y la idea de que las tecnologías no deben reemplazar, sino conversar entre sí. Si bien estos temas a veces se abordan de forma más superficial de lo que parecería la intención de Klapisch, el hilo que más brilla es el de la familia (ya sea de sangre o elegida) como ancla contra la soledad.

Cuando Seb y su abuelo van a una reunión familiar con primos y tíos lejanos (que nunca habían conocido), les informan que encontraron la casa ancestral de la familia, la de su bisabuela Adèle, y necesitan su permiso para desarrollar el terreno. Cuatro voluntarios, entre ellos Seb, se ofrecen para visitar la casa, rescatar lo que quede y tomar una decisión. Un maestro a punto de retirarse, una empresaria en proceso de divorcio, un excéntrico amante de la tierra que busca conexión, y Seb, un fotógrafo que no encuentra su rumbo, llegan a una casa abandonada llena de artefactos cotidianos del siglo diecinueve. Y ese se convierte en nuestro portal.

Entramos entonces en la historia de Adèle (Suzanne Lindon), en esa misma casa, empacando para irse a París a buscar a su madre, a quien no ha visto desde que era bebé. Se despide de su novio, una relación claramente inocente, casi infantil, y parte hacia una ciudad nueva, donde se encuentra con un mundo de artistas e innovación, de fotógrafos y pintores. Dos de ellos, en particular, se vuelven su familia elegida: uno románticamente y el otro platónicamente. Estas son las partes donde la película realmente cobra vida, gracias sobre todo a la actuación magnética de Lindon, que ilumina la pantalla con una mezcla de inocencia y determinación: una actuación perfecta para un coming-of-age.

Porque eso es, finalmente, lo que es “Colours of Time”: un coming-of-age sobre la importancia de la familia y la manera (siempre presente) en que buscamos y encontramos amor. Donde la película se tambalea un poco es en sus intentos de decir algo más grande sobre el arte o los cambios culturales. Hay momentos casi cómicos que juegan con esas ideas, pero no alcanzan mayor profundidad.

Los paralelismos entre las vidas de Seb y Adèle no son obvios, pero están ahí, trazando un hilo de crecimiento compartido. Él, con las libertades de nuestro siglo; ella, empujando los límites de su época, aprovechando las pequeñas libertades que le ofrecía el nacimiento de un mundo artístico. Y si alguna vez has caminado por una ciudad llena de historia y pensado “¿Cómo se habrá visto esto hace 200 años?”, hay muchas escenas aquí que rascan esa curiosidad.


Natalia Albin

Es una escritora y emprendedora mexicana viviendo en Londres. Sus escritos generalmente examinan las conexiones entre justicia social, inmigración y feminismos con cine, arte y cultura.


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