Por: María Alejandra Bernedo
Es cierto (y bastante evidente) que Babygirl de Halina Reijn nos remite a ciertas tramas y personajes de los thrillers de Michael Haneke o de Paul Verhoeven, con la sexualidad fuertemente presente en la tensión narrativa. Pero la cineasta Halina Reijn no ha creado precisamente un thriller erótico, ni sigue esta estructura popularizada por sus pares masculinos en años anteriores. Perturbar al espectador no es tan relevante aquí, sino que la historia busca abrir la conversación y el pensamiento, proponer escenarios que nos encaran con el deseo y el poder de la mujer sobre la expresión de su propia sexualidad.

Lo primero que conocemos de Romy (Nicole Kidman) no es su profesión o su imagen externa, sino un aspecto muy íntimo: la carencia del orgasmo, la necesidad de fingir uno mientras su esposo Jacob (Antonio Banderas) sí alcanza uno. Y ella se va enseguida a ver un video para adultos con el que pueda alcanzar el éxtasis que tuvo que actuar. Ella es la CEO de una empresa líder en la “modernización” de procesos laborales mediante la automatización con IA y uso de robots. Es la figura arquetípica de la girlboss que rompió el techo de cristal, fuerte, decidida, poderosa, esposa ideal y madre de dos adolescentes, una líder que le abre el camino a otras mujeres en su industria.
Pero algo que se encuentra cerrado para ella es el autoconocimiento de su propio goce sexual. Romy conoce a un nuevo pasante en la empresa, Samuel (Harris Dickinson), quien no solo le resulta atractivo físicamente, sino que conecta con el erotismo de Romy al lograr controlar y calmar a una perra iracunda en la calle. No llegamos a conocer muy a fondo a Samuel como personaje, quizás porque estamos siguiendo la mirada de Romy y ella no lo conoce a profundidad, a pesar de que comparten una serie de encuentros sexuales con dinámicas de sumisión, en los que Romy disfruta plenamente siendo la babygirl. Samuel es el personaje que facilita que quienes no hablaban debido a ciertos prejuicios puedan verbalizar sus ideas claramente.
En Babygirl, no hay un juicio binario o limitado sobre las prácticas de sumisión, ni se cae en el discurso anticuado de que una mujer realizada no puede ser receptora de juegos masculinos, como si eso atentara contra los espacios “ganados” (para algunas, no para todas) y disminuyera su valor. Sin embargo, el factor de las relaciones de poder en ambientes laborales sigue siendo relevante, y no es menor el hecho de que Romy es la jefa y Samuel es su empleado. El consentimiento mutuo y expreso es una pieza fundamental de la discusión y es aquello que no le resta agencia a ningún personaje.
Puede sentirse un poco clásico o esquemático como relato que tengamos a una CEO con deseos de ser sumisa, pero más allá de la historia individual, esto también le habla a las mujeres occidentales de espacios académicos y corporativos en los que, para “merecer” seguir creciendo, deben desear replicar los valores asociados a la masculinidad: el liderazgo, ser estoico, dar órdenes para no recibirlas. Romy nunca se había atrevido ni a admitir, ni a solicitar, y mucho menos a experimentar el erotismo que despertaba en ella un especial placer. La clave del poder sobre nuestra propia sexualidad está en el autoconocimiento, en conocer nuestros límites y con quiénes podemos llevarlos al borde. Nicole Kidman brilla en una película que, dada la temporada de premios, entra en diálogo con The substance o The last showgirl, películas dirigidas por mujeres protagonizadas por una generación de actrices en sus cincuentas con historias sobre el valor femenino en una sociedad apabullante.


Alejandra Bernedo
Historiadora del arte, crítica de cine e investigadora cultural.









Una respuesta a “Film Review: Babygirl”
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