Por: Irene Adad
Coralie Fargeat, la directora y escritora de The Substance (2024) se caracteriza por su afán al horror corporal y, en su caso, por explorarlo desde una perspectiva femenina y personal; pues, qué sería de las historias sin nuestras propias vivencias.
Fargeat nació y creció en París en una época en la que, de acuerdo con ella, había roles de género sumamente marcados por la sociedad tales como el tipo de películas que las niñas podían ver o no ver, lo cual representó un punto fundamental para su formación. Recuerda ver en secreto Star Wars o películas de John Carpenter y David Cronenberg, ambos reconocidos por su cine de horror. La cinematografía de estos directores hizo que desarrollara un interés particular por explorar los territorios ocultos que podemos tener dentro de nosotros. Incluso, de adolescente, hacía cortometrajes donde recreaba escenas de las famosas películas de George Lucas.

Más adelante decidió estudiar Ciencias Políticas para, eventualmente, dejarlo de lado y retomar el cine. Consiguió un trabajo como asistente dentro de la filmación de Passion of Mind (2000), donde participaba Demi Moore –Fargeat no imaginaba que muchos años después trabajarían juntas en su película más reconocida hasta el momento–. Llevaba café, hacía copias y veía lo sucedía en el set día con día; de cierta forma, fue su acercamiento a la industria del cine en Francia.
Como nadie quería financiar el tipo de películas que a la directora le interesaba crear, decidió, junto con seis amigos, hacer un grupo donde unos con otros se apoyaban para realizar cortos con la esperanza de abrirse camino dentro de la profesión.
Unos de sus primeros cortometrajes, Reality + (2014), es una antesala a lo que veríamos diez años después con The Substance. En veintidós minutos nos cuenta su propia versión de Cenicienta donde los personajes pueden comprar un servicio que les permite mejorar su aspecto físico. Sin embargo, la versión “aumentada” de ellos únicamente dura un tiempo limitado y pronto tienen que regresar a su yo original. El personaje principal experimenta un ciclo donde anhela permanecer en su “mejor versión”, hasta que finalmente es desenmascarado y concluye que puede ser visto y amado sin la necesidad de re-hacerse. Desde Reality +, Fargeat explora la idea de los dobles, una idea que David Lynch, uno de sus cineastas favoritos, también ha examinado en su filmografía.

Es 2018 la directora francesa realizó su primer largometraje, Revenge, donde seguimos a una heroína en busca de vengar el abuso y violencia sexual que tres hombres cometieron hacia ella. Sin duda, hay tintes de Rambo (1982) y Kill Bill (2003) con la clara diferencia de haber sido escrita y dirigida por una mujer. Si bien el hecho de que haya sido creada por una mujer no implica que tenga una agenda política feminista, Revenge deja traslucir a través de los encuadres, el diálogo y las actuaciones un discurso que reivindica lo femenino.

Además, en este primer largometraje, el tema de los dobles está presente pues hay un antes y un después en Jennifer, el personaje principal, tras el abuso sexual que vivió. Por otra parte, hay una inspección en los temas de la fama y el reconocimiento que esta puede traer: “The posibility to change your life. To fill your dreams”, le dice uno de los hombres a Jennifer mientras le ofrece dinero a cambio de su silencio. Los encuadres corporales son simlares a los que vemos con Sue, Margaret Qualley, en The Substance que, por el tipo de historia, no se sienten gratuitos. E incluso, en Revenge, hay otra versión de la repulsiva escena de The Substance en la que Harvey, Dennis Quaid, come camarones. En este proyecto de mayor aliento Coralie Fargeat nos muestra su versión de la venganza, de violencia justificada –al menos desde su punto de vista– y de la complicidad masculina.
Revenge le abrió las puertas del circuito de festivales a la directora. Así, dándole un espacio dentro de la industria cinematográfica con el que, en 2024, tomó por sorpresa a la audiencia de Cannes cuando ganó en la categoría de Mejor Guion.
“Cuando una mujer supera los cuarenta años, todo cambia, la forma en que la ven, el hecho de que ya no va a ser útil, ya no va a ser sexy y ya no puede tener hijos”. Después de pasar esta edad, Fargeat pensó que su vida había acabado, no volvería a ser interesante y nadie la miraría otra vez. “Tuve esos pensamientos enormes y violentos que eran tan poderosos que dije: Ahora es el momento de hacer algo con esto”, comentó sobre los inicios de The Substance.
En su segundo largometraje seguimos a Elisabeth, Demi Moore, una estrella de Hollywood en decadencia que, a sus cincuenta años, se somete a un tratamiento que le permite ser su mejor versión: más joven, más bella, más perfecta, más. Así, es como nace Sue, su otro yo, su doble –o, en realidad, ella misma– con quien cambia de cuerpo cada semana.

“La película trata sobre el cuerpo de la mujer: cómo se ve, las expectativas que la sociedad proyecta sobre él, la mirada externa y su forma de moldear nuestra relación con el cuerpo”, comenta la directora; incluso, confiesa que ella llegó a usar una faja con la esperanza de tener un cuerpo de Barbie. “Es tan absurdo y representa un patrón del que es imposible escapar. Yo lo sentí desde muy joven”.

En esta ocasión, sin temor, se adentra en el horror corporal de la mano de Demi Moore, quien también ha luchado contra las expectativas que conlleva, inevitablemente, la edad y el género. Asimismo, Margaret Qualley comentó que la película la hizo estar más consciente de su cuerpo por los prostéticos que utilizó. “No podía encontrar una mejor manera que el horror corporal para mostrar la violencia que podemos infligirnos a nosotras mismas”, reflexiona Coralie Fargeat.
The Substance no le tiene miedo al exceso. Fargeat admite que nos podemos sentir como el monstruo más allá de nuestra apariencia y así, busca crear su propio retatro de Dorian Grey, donde el deseo por el reconocimiento y la belleza permanece a pesar de las consecuencias. Y siempre, desde la experiencia personal.


Irene Adad
Colaboradora










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