Women We Love: Marianela Vega, directora de “El archivo bastardo” – Competencia Latinoamericana Documental del 28 Festival de Cine de Lima

Por: María Alejandra Bernedo

Durante el festival de cine de Lima, entrevistamos a Marianela Vega, que realizó un documental muy bonito sobre la relación con su padre usando solo videoarchivos.

A continuación, la entrevista completa con la directora.

Foto: Natalia Grande para El Comercio Perú

ALEJANDRA: Tu documental es muy, muy íntimo y no solo por el uso del videoarchivo, sino por cómo vas contando las cosas de manera muy paulatina. No hay una especie de orden o desenlace de esta historia, sino que, al contrario, los pensamientos se van construyendo como si estuviéramos realmente explorando ese archivo. ¿Cómo lo exploraste tú? ¿Cómo revisitaste esos videos para luego hacer la película?

MARIANELA VEGA: Hubo varios momentos en el proceso. El resultado final refleja un poco ese viaje al que me llevaron esos archivos, que fue, efectivamente, primero revisarlos, verlos, tomar nota de lo que yo estaba sintiendo, de lo que generaba en mí el mirar esas imágenes y las preguntas que se generaban, los cuestionamientos que se generaban, sobre todo sobre la mirada de mi padre, que es quien ha grabado la mayor parte de esas imágenes, tratando un poco de entender, de ponerme en sus ojos, si quieres, y entender qué era lo que estaba intentando hacer al crear todos estos relatos. 

Luego de eso vino, ya un momento de ir reaccionando a ellos cinematográficamente. Ahí es cuando empieza la transformación de los archivos, que fue una transformación, digamos, bastante plástica, pero que creo que refleja mucho el proceso emocional que yo estaba atravesando. El cine es forma también, la forma también narra, y ese es un poco el reto de lo que quisimos hacer con esta peli. Digo “hicimos” porque este trabajo ha sido hecho de a tres, con Sofía Velázquez, que es la coguionista y editora, y con Lali Madueño, la productora creativa. Al inicio, las tres nos vimos las 50 horas de archivo, porque además era importante para mí, y para la película creo yo, encontrar en estos archivos que son tan personales y míos cómo resuenan no solamente conmigo, sino con otras personas. En ese sentido, la mirada de Sofía y la mirada de Lali me ayudaban a tomar distancia y a ver cosas que quizás no eran tan fáciles de ver, o incluso a hacerme preguntas, experimentar, jugar, probar ciertas cosas. Yo estaba en ese momento haciendo un máster en Archivo en Elías Crepeta Cinezcola en San Sebastián, que es una escuela que te empuja mucho hacia la experimentación. También trabajé con piezas cortas, experimentando con la forma, para permitir que el espectador, así como yo, se acerque a esta mirada de un padre que tenía ciertos anhelos, esta necesidad de mostrar un tipo de familia que era la que él imaginaba, anhelaba, la que quería tener. Esas imágenes que están en video, que es un formato analógico, ya obsoleto, fueron digitalizadas, pero luego esos archivos digitales fueron pasados a 16mm mediante un proceso que se llama Digital to Film, que lo que permitió, más allá de la experimentación en sí y el cambio de soportes, fue acercarme a ese archivo, incluso en distintos tiempos, porque una cosa es mirar una imagen digital y otra cosa es, por ejemplo, en este proceso Digital to Film, lo que haces es filmar con la Volex, la cámara 16, filmas el monitor digital y eso va cuadro por cuadro. Me pasé varios días en un cuarto oscuro filmando cuadro por cuadro ciertas imágenes que me parecían más relevantes o con las que yo no conectaba más, y claro, no es lo mismo ver una imagen que va en tiempo real, si quieres, a verla cuadro por cuadro en ciertos momentos. Ahí también surgieron las ideas de trabajar las imágenes, de jugar con el tiempo fílmico. Luego, el revelado lo hice yo en el laboratorio. Esos colores, esas manchas que se ven en la peli, son de un proceso bastante artesanal de experimentación con la materialidad. Al final, esos errores, si quieres, de revelado, donde el químico se derramó, donde los colores, o sea, tenían mucho que ver con transformar esas imágenes y sacarlas de este registro casi perfecto, si quieres, de una narrativa cerrada y buscarles otras cosas. Entonces terminó siendo ese trabajo plástico una forma de narrar ese viaje emocional. Hasta que la película en un momento se anuncia como “la mujer de un solo ojo se cansa de archivar”. Cuando inicia este intercambio de material del presente con mi padre, entre el padre cineasta y la hija cineasta, se generan imágenes en el presente que ya le dan otro momento a la película.

ALEJANDRA: En la película, se habla mucho de la visión, o sea, la visión en el sentido de la perspectiva que yo tengo sobre la vida, pero también está la visión como sentido y el problema ocular que tú tuviste, y luego también está qué es lo que hacemos cuando realizamos este ejercicio de recordar, que es como volver a ver algo… pero es diferente volverlo a ver en mente, que volverlo a ver en una imagen, que además esa imagen no la has grabado necesariamente tú, sino otra persona…

MARIANELA: Lo de la visión, lo del ojo, como era algo que me pasó en el proceso de hacer la peli -y que, efectivamente tenía un ojo que veía totalmente borroso- fue como reflejo de la reacción a todo este proceso emocional. En algún momento quisimos probar usarlo como dispositivo, pero no de la manera metafórica como se usa en la película, sino más bien explícita, en cuanto al diagnóstico médico. Probamos con que yo leía en un momento el diagnóstico, grabábamos imágenes con el ojo en parte, pero finalmente nos dimos cuenta que elevándolo a una metáfora era mucho más potente. En realidad, no importa tanto qué es exactamente lo que tuve. Trascender la anécdota permitía que más personas pudieran conectar. Es la imposibilidad de ver y la idea de que el cuerpo mismo no quiera ver. Tú intentas ver y tu cuerpo reacciona y te lo evita. Como la película habla mucho del no querer ver o no saber cómo mirarse unos a otros en la familia, o cómo mirar las emociones que no entiendes, no mirar mucho dolor y simplemente ponerte como una vez en los ojos, nos pareció bien interesante eso y nos permitió jugar con ese nivel más de fábula de esos personajes, de la mujer de un solo ojo y el jardinero. De alguna manera, nos ayudaron a llevar la historia hacia un cierre bastante más honesto, emotivo y bastante fiel a lo que realmente es ese vínculo presente, esa posibilidad de un encuentro, que es un encuentro también contenido y es posible gracias al cine.

ALEJANDRA: Puede que también te hayan mencionado cómo se relaciona esto con otras películas, específicamente Aftersun, que también usa material de archivos familiares, y es una persona adulta recordando a su padre, revisitando a su padre cuando está revisionando las cintas. Es como una especie de empatía intergeneracional, que cruza el tiempo. Todas las personas tendemos a recordar nuestras infancias, pero tener un recuerdo material de la infancia y conectarlo con un pensamiento de hoy, este tipo de empatía que yo noto con tu padre, ¿cómo surgió en ti?

MARIANELA:  A mí también me gustó mucho Aftersun. Creo que la diferencia con Aftersun, más allá de muchas otras, es que esa mujer que vemos hacia el final de la película, que nos sitúa en un presente de alguien que observa el pasado, está recordando el pasado con un padre que ya no está, da a entender que el padre ha muerto. En mi caso, mi padre está vivo, es un hombre de 78, casi 79 años ya, y había esta necesidad narrativa y mía también, más allá de que nuestro vínculo sea distante… Hay algo interesante en haber hecho esta película a los 44 en vez de a los 30, la edad en la que hice mis cortos autobiográficos, porque ya la experiencia de vida, mirar desde esta edad, en este presente, te da otra posibilidad de entendimiento. Nosotros miramos la vida de distintas maneras, dependiendo de la experiencia de vida en la que estemos. Yo creo que eso, que esa empatía que mencionas, esa aceptación de un vínculo que durante mucho tiempo ha sido muy tenso, y aceptar lo que hay y también lo que no hay, y tratar de encontrar una manera de cultivar lo que hay, tiene que ver con ese momento que en la película está reflejado con este intercambio de correspondencias audiovisuales, y también con el final… y con encontrarse con que eso de lo que yo muchas veces renegaba de mi padre, lo he encontrado en mí también. Cuando uno usa archivos para crear algo, estás también construyendo memoria en el presente. Esa memoria del presente te lleva a mirarte un poco en un espejo también a ti, y decir “a ver, ¿qué cosas de ese dolor en él, de ese dolor contenido, qué cosas reconozco en mí?” Eso me permite tender un puente en un lenguaje en el que nos sea posible a ambos acercarnos, que no va a ser posible de otra manera, pero que felizmente existe, y que tiene mucho que ver con el cine en realidad. Creo que surge de ahí, de esa posibilidad de decir “esto es lo que es”. Y por más que se sienta más ficticio -no sé si ficticio es la palabra-, pero hay ciertas cosas que nunca se van a decir. Eso carga mucha verdad, también, esta voluntad de cercanía, a pesar de la distancia emocional.

ALEJANDRA: A través de hacer cine, te has podido conectar con tu padre de una forma diferente, en la que no habías conectado antes. El momento en el que él lee lo que tú has escrito sobre él es muy muy emotivo. Esto es como lo que tú dijiste de las palabras que tal vez no nos decimos en un momento cotidiano, en donde estamos más hablando del día a día, a pesar de que alrededor pueden estar las emociones, pero como es muy interno, puedes sacar eso con el cine. ¿Tú escribiste esa carta pensando de frente en que tu padre la lea?

MARIANELA: Sí, para mí ese es uno de los momentos que más me conmueven de la película. creo que en esa secuencia se refleja mi intento de decirle muchas cosas pendientes, y también se refleja la imposibilidad de que él las entienda, o en todo caso, de que me responda, que hablemos de eso. Él lee mis palabras y yo siento que fue la mejor forma de que lleguen a él. Al poner su voz a mis palabras, de alguna manera lo atraviesa, y él está sintiendo cosas cuando lee. Termina esa lectura y él dice “qué lindo todo», cuando en realidad lo que le he dicho es bien fuerte, pero lo que queda es “qué bonito, qué bonitos recuerdos”, etc. Se reflejan totalmente estos intentos de ser escuchada, y la aceptación. Que él haya leído esas palabras, me parece un acto de amor bien grande, y yo siento que lo han atravesado. Luego de eso, que sea capaz de enunciar realmente qué sintió con ellas, no creo que sea posible para él… Por eso su respuesta refleja mucho esa imposibilidad de romper ese molde en el que ha crecido. Yo estaba buscando de alguna manera que mirara estas emociones de las que le hablo, y creo que al leerlas lo hace, aunque sea por un breve momento. Así se olvide, así no quiera decirlo. Por eso me gusta mucho esa escena, porque está muy llena de verdad. A partir de ahí, la peli pasa a un siguiente momento: “Esa es la respuesta que yo voy a tener, no hay más. ¿Qué puedo construir con eso? ¿Qué oportunidad hay a partir de esto?” Esa escena final donde la palabra dicha entre nosotros no es la que carga el significado para un vínculo que está muy basado en la palabra -pero en hablar del clima, de las noticias, de cualquier cosa que no sean las emociones- me parece bien importante. Quizás es la única forma en la que él pueda escucharlas realmente: porque las está leyendo. Realmente ahí siento que él responde a su manera. Obviamente, no es lo que yo esperaba, pero es la manera en la que tiene. Por eso, creo que funciona mucho, porque es él poniendo su voz a mis palabras y pasándolas por su cuerpo aunque sea un momento.

ALEJANDRA: En mi caso, yo no sólo no tengo ningún vídeo familiar, no tengo nada material de mi familia. Mi madre murió hace muchos años y el escuchar esto, al padre hablando pero con las palabras de la hija y sintiéndolo, es súper fuerte. En cierta forma, a algunos nos puede remitir a una especie de emoción sanadora de quizás mi padre, quizás mi madre, en su silencio, puede entenderme o podría haberme entendido. Esa posibilidad existe. Hay como una especie de esperanza, de poner un parchecito así en la distancia, decir hay un padre aquí que está siendo interpelado y está reconociendo emociones de su hija a su manera, desde su propia experiencia de vida, sus propias dificultades… No sé si tú habías notado esta especie de dimensión sanadora que tiene la película para el espectador. Ese padre de la película se vuelve por un ratito el nuestro también, que nos puede entender más allá de las dificultades que hayan habido por su formación o por las diferencias generacionales. Se extendió tu deseo de comprensión hacia quienes hemos visto la película.

MARIANELA: Creo que el sistema patriarcal nos ha educado así, ha educado a la generación de mi padre y a muchas que vienen, pero esa generación está muy marcada por esos mandatos. Mi padre además vivió en un internado que pasó por una educación cuasi militar religiosa, en la que además se reprimía mucho más aún. Esa experiencia es común a muchísimos hombres de su generación, de otras generaciones y a la vivencia de muchos hijos, hijas que fueron criadas de esa manera y que también cargamos con eso… Reconocer en ese silencio al que tanto he reclamado, reconocerlo en mí y decir “bueno, también está en mí, ¿qué hacemos con esto?”, tú ya en tu proceso de vida puedes aprender otras cosas, desaprender algunas. Con una persona de 78 años que es tu padre ya es el vínculo más real que podemos tener, el más cercano. Va a sonar un poco cursi, pero ¿cómo hacer que el amor prevalezca sobre otras cosas? Por eso me parece lindo lo que dices, porque uno de los objetivos de la peli para mí, y que ha sido el mismo objetivo siempre que hago cine, es conectar. Cuando he hecho esas otras historias autobiográficas siempre ha sido un poco la idea de que cada quien tenga su propio viaje y lo haga referir a su experiencia y por eso también hay pocas palabras, hay poco contexto, solo el necesario. No se da mucha información ni se explica demasiado. Eso, creo yo, ayuda a que cada quien lo pueda llevar y lo lea por donde necesite, por donde conecte o por su experiencia, trascendiendo la mía, o mi vínculo con mi padre. Eso me parece muy bonito. Me gusta mucho que me digas eso, y creo que a él le gustaría escuchar eso también.

Luego del corto “El maldito bastardo” que aparece en un momento de la peli [historia ficticia], sale una frase que dice algo así como “de todas las películas, esta es la que más me gusta, quizás porque no éramos nosotros realmente”. Ese no ser nosotros, jugar a ser otros, nos permitió hacer un corto de una manera muy divertida y muy como lúdica. De ahí viene un poco lo de “ahora somos el jardinero y la mujer con un solo ojo”. De esa manera nos encontramos. No somos nosotros, pero sí somos nosotros. Esa dimensión de la ficción del cine para juntarnos me ha gustado mucho lograrla. Yo creo que eso lo ha permitido el cine.


Alejandra Bernedo

Historiadora del arte, crítica de cine e investigadora cultural.


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