Film Review: The Zone of Interest – El silencio cómplice o el amor al poder

Por: Daniela García Juárez | @danigcjrz

Zona de Interés (2023), dirigida por Jonathan Glazer y acreedora a Mejor Película Internacional en la última edición de los Premios de la Academia, pone el peso discursivo en el contraste. La película carece de una trama secuencial en acciones dramáticas, tratándose más bien de una exposición de circunstancias que se modifican con el tiempo pero se narran en presente, como un vistazo al desarrollo natural de las acciones en la cotidianidad, importando más en el instante, en cada acto deliberado que ocurre, que es atravesado por distintas fuerzas y es puesto en acción.

El impacto del planteamiento recae en un recurso que se repite durante toda la película: la comparación entre un afable hogar de alemanes que existen –tan simple como eso–, siembran, crían y disfrutan de su vida siendo vecinos del campo de concentración de Auschwitz, decidiendo habitar(se) en disociación de la abyección contigüa, expresando, no sólo indiferencia ante el terror ajeno pero también amor al poder que les otorga el privilegio de no ser parte de la subordinación. Mientras tanto, las atrocidades se asoman en forma de humo, fotografiado constantemente desde el punto de vista de la casa alemana, como si se tratara de un simple daño colateral, encuadrado en el último tercio del plano, acentuado por una construcción sonora irreductible y amorfa donde lamentos, gritos y musicalidad son una misma cosa. Mientras en la casa alemana las imágenes son frías y directas, inescapables, para referirse al campo de concentración Glazer elige la alusividad, en el fondo más tenebrosa y arrolladora. 

La puesta en escena de la película recuerda a un montaje teatral: la cámara, creando una distancia brechtiana, observa un escenario que da la sensación de haber sido construido para que los hechos se desenvuelvan con el fin de ser observados, analizados minuciosamente por el espectador, donde no parece haber mundo más allá del micro-universo habitado por los alemanes de la casa. El contexto histórico, la guerra, parece estar sucediendo muy lejos o no estar pasando en absoluto. La falta de crudeza visual en la película habla de otras posibilidades para escribir la Historia, desde lo personal y cotidiano más que a partir de los grandes sucesos y la representación gráfica de la violencia. A diferencia de otras recientes y aclamadas películas de guerra como 1917 (2020, Sam Mendes) y Sin novedad en el frente (Edward Berger, 2022), que para contar historias de guerra calcan los grandes acontecimientos y dramatizan las masacres, en Zona de interés, las acciones y sentimientos son los que conforman la muestra de una ideología y de los comportamientos que la sostienen y respaldan. Desde este recurso, la película se convierte en una hipérbole que crece al dialogar con las imágenes que se suman dntro la misma, tejiendo ideas distintas a medida que avanza. 

La búsqueda que los alemanes tienen por la belleza, el amor y la dignidad, punza ante la incongruencia de existir a lado –y a costa– de la tortura ajena. La imagen preciosista y pulcra de Glazer resalta por su exceso, mostrando con parsimonia y detalle una burbuja de prosperidad exagerada. A todas luces, la vida de los alemanes es la definición de plenitud humana: familia abundante, hijos felices que crecen entre jardines y paisajes boscosos, rodeados de lujos y alegría. Fácilmente romantizable, sobre todo en estos tiempos, como el sueño Occidental de bienestar. De no ser por el humo –¡ese maldito último tercio del plano!–, la ceniza que ensucia el jardín y el sonido que de vez en cuand hace evidente la presencia de una masacre a unos cuantos metros de distancia, el espectador podría desear esa vida. Incluso, la estética de-saturada y minimalista de las imágenes se une a tendencias visuales asociadas a la re-idealización de una vida burguesa campirana y clásica. El sueño europeo.

El contraste es, sin embargo, el que modifica la perspectiva, obligando al espectador no solo a des-romantizar el privilegio que tiene delante sino a cuestionar las raíces opresoras del mismo, orillando a pensar en el indisoluble enlace entre un grupo en el poder y un grupo en desventaja. Esto último se representa de manera muy literal en la película: el padre de familia, Rudolf Höss, interpretado por Christian Friedel, es el director del campo de Auschwitz. Literalmente el Holocausto sostiene y financia sus vidas, todo lo que tocan está manchado de sangre. No obstante, la asociación, incrustada en una representación tan descontextualizada y libre de signos que generen una relación  inequívoca entre hechos históricos, puede expandirse fuera del universo de la película, invitando a pensar en los sistemas de opresión que se han repetido a lo largo de la Historia y que continúan sucediendo hasta nuestros días. Más importante: al ser una exploración psico-social, la película invita a reflexionar sobre el comportamiento y la conducta colectivos que fomentan esta forma de relacionarse con la opresión ajena: a través del silencio cómplice, a través del placer de sabernos distantes, y por ende, poderosos. 

Lo que Hedwig Hoss siente es un deseo de seguridad. Por más inconcebible que parezca su deseo elegido de ignorar el horror, –incluso difícil para algunos de sus hijos o para su madre, para quien se vuelve intolerable–, no parecemos estar ante una mujer abominable. En una discusión con Rudolf ella menciona su deseo de ver a sus hijos crecer en un lugar de tal belleza, bien educados y sin carencias. En su trato cotidiano, parece ser una persona que disfruta de la rutina, aprecia a la belleza y le enseña a sus hijos a hacerlo también, atesora a la familia y muestra una conducta armoniosa. ¿Cómo puede, tanto amor por la vida, coexistir con la insensibilidad ante el dolor y la muerte de otros? O ¿Cómo tanto amor propio puede coexistir con negarle a los demás la misma dignidad, el mismo derecho a buscar la plenitud? Una respuesta, al menos pertinente a la comparación previa de los tiempos actuales, es el individualismo. 

El contraste dibujado por Glazer en la Zona de Interés no solo es la extrema representación de la crueldad del Nazismo, también es el silencio cómplice ante un genocidio documentado en vivo frente a nuestras narices, el consumo indiscriminado de prendas y objetos realizados a base de la explotación de poblaciones vulnerables, la idealización y romantización de sueños “blancos” que promueven estilos de vida alineados al pensamiento capitalista e imperialista, y continúan vulnerando a las comunidades que no se benefician de él. El contraste de Zona de interés es el narcisismo y la banalidad de las redes sociales, las discusiones circulares centradas en temáticas de farándula, polémicas y problemáticas individuales enraizadas en contextos de privilegio. Es la lucha por vetos de ley que afectan, sobre todo, a personas marginadas; es el “emprendimiento” y la acumulación de riqueza que son posibles a partir de la falta de salarios dignos y derechos laborales. Es el aspiracionismo global mientras se hace oídos sordos a las problemáticas del territorio latinoamericano: la migración, el desplazamiento, el despojo de tierras, entre otros. 

Es también nuestro enfoque en el entretenimiento y la superficialidad: mirar los Oscar mientras un país bombardea a otro, mientras decenas de niños palestinos mueren heridos y de hambre, mientras países sufren de colonialismo genocida y ecocida, o mientras en México los lujos de moda son sostenidos en el trabajo asalariado, insuficiente e injusto. El contraste en Zona de Interés es girar la mirada ante el que sufre, no porque nos incomode, no porque no podamos ayudarle, sino porque nos conviene que siga ahí para que nosotros continuemos arriba. La película no es una condena del extremo fascismo de personajes desdeñables, sino una exposición del pequeño fascista que todos llevamos dentro, en el aparente impulso de proteger nuestros intereses. 

En una escena de la película Hedwig Höss dice con orgullo: “Me llaman la Reina de Auschwitz” y lo que en realidad quiere decir es “Estoy a salvo”. La opresión como supervivencia, raíz del nacionalismo, pero también de los comportamientos cotidianos que alimentan la insaciable, inmoral y mordaz búsqueda por el poder y la conveniencia. 

Lo peor es que estamos tan adoctrinados a soñar con la blanquitud –con las imágenes, los conceptos, las estéticas, los líderes, los lujos, los modelos institucionales de la blanquitud–, y auto-percibirnos y reflexionar como seres individuales cuyos gozos y pesares son más importantes que los de cualquier otro, que empezar a hacer un repaso sobre las elecciones que nos “empoderan” pero oprimen a otros es una tarea complicada. Sin embargo, es urgente, ya que como Glazer elabora con su observación micro-social dela familia alemana: puede ser la conducta más minúscula, cotidiana y personal la que sostenga una realidad política de violencia, o al contrario, –eso lo agrego yo– que lo cotidiano también nos lleve hacia la paz.


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